Clic final

Nunca llegué a odiarlo del todo. Reconozco que resbalé cerca del acantilado del rencor. Él me lanceó el pecho, y mi vida se desmoronó en salmuera reseca. ¿Qué culpa tenía él? ¿O era la culpa de ella? Todas las preguntas las he formulado tarde, y la más interesante fue la última: ¿qué culpa tenía yo?

¿Toda? Si hay un único culpable, ese soy yo. Por creer que lo mío era mío. Por negarme a ser libre. Por negar a ella la libertad. Por permitir que me hagan sufrir. Por confundir amor con apego. Por no querer abandonar mi dependencia. Por engancharme como un drogadicto. Por pensar que todo tiene solución. Por negarme a aceptar que las cosas son como son. Por no querer aprender. Por no querer aprender eso. Por asumir que se aprende sufriendo. Por mi analfabetismo emocional.

La persona que me empujó, en realidad vino para sacarme. Ya estaba narcotizado y taquicárdico en la ciénaga que yo mismo había cavado. Necesité cientos de noches con insomnio salado; y miles de días con el aturdimiento de un estúpido adolescente.

Me hirvió la sangre derramada por dentro. Sufrí sin saber por qué. Lo pasé muy mal, pero algo me enseñó y, aunque no fue su pretensión, es justo estarle agradecido. No soporto a los ingratos con la vida. Si eres tan estúpido como para no valorar lo que tienes, al menos sé lo suficientemente inteligente para buscar aquello que sepas apreciar. La gran lección de la vida es reconocer lo que la vida nos regala.

Tenía que escribir una carta de sincero agradecimiento, breve y en papel. Un mail es algo intangible y se borra con un clic. Una carta la puedes tocar y arrugar. Aún en la basura, mantiene su mensaje, sus sentimientos, y seguro que hasta su aroma. Puedes quemar el papel, pero no con un simple movimiento del dedo sobre el ratón.

Estimado maestro,

Es posible que al ver el remite hayas pensado en una carta insultante, con amenazas o plagada de indignación. Nada de eso. Aquello ya pasó. Ninguno de los tres tuvimos la culpa.

Solo quiero darle las gracias por liberarme; por enseñarme que no necesitaba a esa persona; por guiarme al amor sin narcóticos, sin esperar a que la otra persona cambie y sin pretender manipularla; sin necesidad de sufrir porque el otro no es como a mí me gustaría que fuese, como si yo tuviese derecho a exigir cómo tienen que ser los demás cuando ni siquiera puedo exigírmelo a mí.

Me ha enseñado algunos de los fundamentos de la felicidad y solo quería agradecerle su persistencia.

Gracias. Os deseo felicidad plena.

Sin más, un cordial saludo.

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