Antes de suicidarme

Antes de suicidarme quiero dejar algo escrito, por si alguien quiere leerlo, aunque me importa una mierda si alguien lo lee o no. Este tema quieren que sea tabú. A mí me da igual lo que quieran.

He pensado mucho sobre la muerte. He visualizado mi fin y mi entierro, detalle a detalle. Los estoicos lo hacían —lo hacen— para tener claro que todos morimos. Muchos viven sin pensar que van a morir. Yo he vivido deseando morir. Deseando bajarme de la montaña rusa emocional de una vida sin sentido. Si hay algo que odie más que la soledad, es la compañía insulsa.

He regalado mis pertenencias más valiosas. Me ha gustado ver las caras de felicidad e incredulidad, al cincuenta por ciento. Me he despedido de la gente que quiero y que me quiere, o más bien, que creo que me quiere. Ellos ni se han enterado.

Supongo que si habéis llegado leyendo hasta aquí es porque sois muy curiosos y queréis saber el porqué. Lo siento, pero solo diré que no hay un porqué. Hay muchos extraños porqués y no tengo ganas de pensar en ellos. Me sentiría peor aún.

Pensaréis que soy un cobarde. ¡Me importa una mierda lo que penséis! Tal vez, tengáis razón. No hay forma de medirlo. Alguien me dijo una vez que era cobarde y manipulador, como si mis sentimientos fueran ilegítimos y sus opiniones la verdad absoluta.

¿Me preocupan los que se quedan aquí? Claro. Ya no tendré que preocuparme por ellos, ni ellos de mí. No me carguéis con los sentimientos de los demás. Yo tengo los míos y los resuelvo yo. La muerte es la solución, no el problema. El problema es el vacío, la tristeza, el dolor.

La vida es un drama constante con errores de felicidad.

Hubo momentos más felices en mi vida. De niño jugando, haciendo manualidades. De mayor en la playa con mis amigos, enterrado en arena, riendo al atardecer. Sus colores, las olas cantando y la suavidad de las piedras mojadas. Cada piedra, por vulgar que sea tiene una belleza natural intrínseca. Siempre lo he pensado. Por eso pintaba piedras. Pintaba piedras en mis cuadros y pintaba en las piedras de la playa. Empecé pintando una con otra y luego me pasé al acrílico y de ahí al lienzo. Pintar con música fue el placer menos efímero de mi vida. Cuadros de mierda que no gustan a nadie, salvo a mí, el único que los entiende ligeramente.

Si no me importan sus vidas, ni la mía, ¿por qué me importan sus opiniones?

Tal vez debería pintar y escuchar música de nuevo. El dolor y la felicidad coexisten en la vida y cada uno tiene que aprender a mezclarlos en la paleta hasta conseguir el tono adecuado.

Y si no sale el color ideal, puedes aceptarlo, puedes seguir mezclando. O bien, puedes pedir ayuda a un maestro de pintura.

Está bien. Llamaré al Teléfono de la Esperanza para ver qué me dicen del suicidio. Demos una oportunidad al lienzo.

♦ Tal vez te arrepientas de leer esto:

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