«El descarao» (parte 2)

Tras el incidente en el funeral de Leopoldo, decidí dejar de ver a Felipe. Era un buen amigo, pero conseguía que su presencia llenara mi vida de momentos incómodos. Demasiado incómodos. A mi edad, valoro la tranquilidad, la vida sin sobresaltos. Nuestros otros amigos tampoco toleran bien sus bromas y salidas de tono.

Sin embargo, debo de reconocer que, de algún modo, lo echaba de menos. Aunque Felipe es un especialista en gastar bromas, no es un bromista clásico. En realidad, Felipe es un descarado, una de esas personas que dicen lo que piensan cuando les apetece, sin medir las consecuencias. Él dice y hace lo que se le pasa por la cabeza, bien porque lo considera la verdad, o bien porque le parece ocurrente el contraste. Felipe no pretende ser gracioso, ni reírse de los demás ni, menos aún, influir en sus opiniones. Tampoco pretende agradar o molestar a nadie. Solo desea ser él mismo.

La verdad —como la mentira— pueden causar daño en quien las oye. Molestan las palabras que uno no quiere oír, las que uno no quiere que nadie piense… o las que uno no quiere que sean verdad, aunque lo sean. Pero a veces hay magia y la gente se ríe. La misma delgada línea entre el amor y el odio está también entre el enojo y la risa.

La risa —como el enfado— suelen pillar a Felipe por sorpresa. Él no imagina que alguien pueda reírse, y mucho menos enfadarse, por sus ocurrencias. Felipe es una persona natural que deja salir a su niño interior posiblemente más de lo que debería. En su defensa diré que los adultos dejamos salir a ese nuestro niño interior menos de lo que sería deseable. Ese niño nos haría disfrutar de la vida un poco más.

Lo de Felipe no son solo las palabras. A Felipe también le fascina la acción. Le gusta actuar; interactuar con el mundo y provocar efectos. Raras veces busca beneficiarse a sí mismo. Siempre piensa que nadie se perjudica, aunque la realidad es que, a veces, alguien sale perjudicado. Cuando se lo digo, se lamenta, se entristece y se propone tener más cuidado, pero dudo que lo consiga alguna vez. Su impulso gana a su reflexión. Como si fuera un niño.

En el probador

Recuerdo que un día entramos en una tienda para comprarme unos pantalones. Felipe no dejaba de hablar de cómo le gustan a él los pantalones. No entiendo por qué habla siempre tan fuerte. Yo buscaba algo simple. Repentinamente, se calló y la tienda quedó en silencio. Vio a una vecina suya que se estaba probando un vestido. Sin decirme nada, se acercó a ella y empezó a decirle que ese vestido rojo no le sentaba bien, que se probara mejor otro azul.

Yo los miraba de lejos. Parecía obvio que la mujer no quería probarse el azul, pero tanto insistió que al final la mujer no supo cómo decirle que no, y se metió en el probador con el vestido azul. La mujer corrió las cortinas del probador y Felipe se quedó fuera sin dejar de hablar con ella, resaltando lo bien que le sentaba el color azul que iluminaba sus ojos y otras cursiladas.

Felipe se apoyó entre los dos probadores y siguió hablando sin parar, elevando un poco el tono y gesticulando con su típica vehemencia.

Yo estaba a cierta distancia buscando unos pantalones y bajo la cortina del probador veía los pies de la mujer. De repente, noté algo extraño. Aunque no veía bien, parecía el pelo de la mujer bajo la cortina. Lo primero que pensé fue que se había desmayado del tostón de sermón que le estaba soltando Felipe. Cuando iba a reaccionar, me di cuenta de que en realidad la mujer estaba mirando por debajo de la cortina. Reptando como una serpiente se pasó al probador de al lado, que estaba libre. Yo no imaginaba lo qué pretendía.

Cuando finalmente se incorporó, se arregló un poco la ropa, se alborotó el pelo y, con cuidado, salió del probador sin que Felipe se diera cuenta. Abandonó la tienda acelerando el paso mientras Felipe seguía hablando, con sus voces, a la cortina del probador.

Me quedé mirando a Felipe unos segundos hasta que él me devolvió la mirada. Se acercó y me dijo en voz baja:

—Es mi vecina. Me tiene mucho cariño. Tarda mucho en el probador, ¿verdad?

—Felipe —dije—, se ha ido.

—¿Quién se ha ido?

—Tu vecina.

Él puso cara de incredulidad. Se volvió al probador y siguió hablando a buen volumen. Como veía que no le respondía nadie desde el probador, tímidamente se asomó por una rendija. Cuando vio que no había nadie dentro, descorrió con brío la cortina. Allí estaban solos el vestido azul y el rojo, colgados en la percha. Felipe abrió los ojos y dijo:

—¡Estaba aquí! ¿Cómo ha desaparecido?

La conferencia

Creo que Felipe notó que estaba intentando no quedar con él. Entonces, utilizó sus armas de persuasión masiva. Un día Felipe me pidió que lo acompañara a una charla sobre políticas urbanas y sostenibilidad. Yo no quería ir, principalmente por no ir con él, pero al final no supe ponerle ninguna excusa. Yo creo que él usó la conferencia para que volviéramos a vernos y, con habilidad, buscó un tema que sabía que me gustaría.

El conferenciante era una persona amena y entusiasta que animaba a la gente a participar, tanto durante la charla, como en la vida en sociedad. «Cuando actuamos, algo cambiamos», era su lema.

Felipe y yo nos sentamos en la última fila en unas sillas de hierro bastante incómodas. Justo delante de nosotros había un individuo que preguntaba mucho. Era un hombre de mediana edad, pelo gris y muy repeinado. A pesar de que su voz salía con dificultad, él efectuaba largas disertaciones con las que parecía que, más que preguntar, lo que pretendía era dar su opinión sobre cualquier tema que saliera.

—En todas las charlas hay un charlatán —me susurró Felipe.

Al principio, el conferenciante animaba a preguntar a todos, pero ante la excesiva participación de este hombre, el orador se vio obligado a cortarle varias veces para ceder la palabra a otras personas del público, e incluso para poder avanzar él mismo con su charla. El hombre parecía incómodo, pero no perdió sus ansias por aprender, o por ganar protagonismo. Seguía preguntando con largas disertaciones o experiencias personales que, en general, no venían muy a cuento.

A mitad de la charla, el conferenciante nos propuso un ejercicio. Teníamos que reunirnos en grupos de varias personas para debatir un problema ambiental de nuestra ciudad. Debíamos elegir un problema, anotar 3 o 4 causas, 3 o 4 soluciones viables, 3 o 4 socios o entes con los que colaborar para solucionarlo y, por último, 3 o 4 formas de medir el avance o retroceso. «Medir si el problema mejora o no, es esencial», insistió.

Los grupos se hicieron por filas. La gente empezó hablando bajo. Poco a poco, lo cierto es que el volumen general fue subiendo pero, sinceramente, tampoco demasiado. Sin embargo, cuando el hombre del pelo gris quería hablar en su grupo, no encontraba el silencio suficiente. Tal vez no se escuchaba bien a sí mismo. Entonces, se levantaba y a voces pedía a todos que moderáramos el volumen:

—¡Por favor! ¡Por favor! —repetía el hombre una y otra vez—. Así no podemos trabajar. ¡Hablad más bajo!

Nuestro grupo estaba trabajando bien. Escogimos el objetivo de aumentar el uso de la bicicleta en la ciudad. Todos estábamos concentrados en la tarea y Felipe iba anotando las conclusiones. Solo nos distraían las constantes llamadas al silencio del hombre del pelo gris, incluso cuando apenas había un susurro. Sus voces nos desconcentraban más que el murmullo natural en la sala. La gente de mi grupo nos mirábamos extrañados y nos sonreíamos por lo cómico de la situación. Felipe me miraba diciendo: «A este hombre… ¿qué le pasa?». Yo me encogía de hombros y continuaba pensando en nuestra tarea.

En un momento, a Felipe se le cayó el bolígrafo y fue a parar cerca del pie del hombre del pelo gris. Este se levantó airado dirigiendo a Felipe una mirada de ogro mientras le decía a grandes voces:

—¡Con tanto ruido no se puede trabajar! Tened cuidado con el ruido.

Tímidamente, Felipe le pidió perdón y se quedó esperando a que el hombre se agachara y le diera el bolígrafo. Pero el hombre se sentó, inclinó su silla sobre las dos patas traseras y siguió hablando con su grupo. Felipe arqueó las cejas y se tiró al suelo para coger su bolígrafo. Como tardaba en incorporarse más de lo razonable, me giré para ver qué pasaba. Para mi sorpresa, vi que Felipe aprovechó que el hombre tenía desatado un cordón del zapato para atarlo a una de las dos patas de su silla que sostenían el peso.

Además, la mujer que se sentaba al lado del hombre del pelo gris había puesto una botella de agua metálica en el suelo. Estratégicamente, Felipe abrió la botella y puso el tapón encima sin cerrar. Luego dejó la botella junto a la silla inclinada del cascarrabias, a solo unos centímetros de su ubicación original.

Como si nada hubiera ocurrido, Felipe se incorporó, me dedicó una mirada cómplice y preguntó:

—Bien… ¿Por dónde íbamos?

Para mí fue ya imposible concentrarme en la tarea. No pasaron ni cinco minutos cuando el hombre se volvió a levantar exigiendo silencio a voces. Entonces, el cordón atado a la pata de la silla hizo que esta volcara, armando un estrépito mayúsculo. Al caer la silla, la botella de agua se tumbó y salió rodando, chirriando y esparciendo agua por la sala.

Toda la clase enmudeció. Los segundos se hacían eternos y el pobre hombre no sabía donde meterse ni qué decir, mientras el agua seguía derramándose. De pronto, las risas estallaron.

Alguien se atrevió a decirle al hombre del pelo gris que él era el que más voces y más ruido estaba haciendo de toda la clase. El hombre se sonrojó, miró al suelo, y se tocó los cordones con gesto de extrañeza. Sin decir nada, recogió su silla, se sentó y desde ese momento no volvió a reclamar silencio ni una sola vez. Felipe se acercó a mi oído para susurrarme:

—Necesitaba un pequeño escarmiento.

El padre de Felipe

Al salir de la conferencia me pidió que lo acompañara a ver a su padre a la residencia. Su padre tenía ochenta y pocos años y según Felipe era una persona sencillamente inaguantable. Por el camino me fue explicando:

—Es mi padre y lo quiero, pero se pasa el día quejándose por todo. Nada le parece bien y siempre hay mil cosas que le molestan. Yo intento visitarlo todo lo que puedo, pero como no me pille con fuerzas, mejor no voy, porque le suelto todo lo que pienso y acabamos discutiendo.

—Es normal que con su edad se vuelva más delicado —repuse yo en tono comprensivo.

—No. Mi padre ha sido así toda la vida, pero cuando él podía hacerse sus cosas, pues sus quejas me importaban poco, pero ahora quiere que todo se lo resuelva yo. Y tiene muchas tonterías.

Cuando llegamos a la residencia pude comprobar que estaba muy limpia y ordenada. En la entrada una monja nos dio la bienvenida con una apacible sonrisa. Subimos a la habitación de su padre y al vernos aparecer, lo primero que dijo es:

—¡Qué bien que vengáis dos! Así me ayudáis a hacer de vientre. Has traído a tu amigo para esto ¿No?

—No, papá. No he traído a mi amigo para esto.

—Bueno, pues da igual, ya que estáis aquí, llevadme al servicio.

—¿Te lo presento primero? ¿O mejor después de llevarte a hacer tus necesidades? —fue la respuesta de Felipe.

No hubo tiempo de presentaciones. Durante la maniobra de evacuación pude oler que la petición era urgente y que efectivamente, su padre era muy quisquilloso. No le parecía bien ninguna de las posturas en las que lo colocábamos. Al subirle los pantalones del pijama quería que la parte de arriba estuviera por dentro de los calzoncillos, pero sin ninguna arruga, como si tal cosa fuera posible:

—Es que luego las arrugas me hacen daño al sentarme en la silla de ruedas. Y estira bien el cojín, que siempre lo dejas fatal.

Felipe me echó una mirada de resignación. Su padre podía andar, pero con dificultad. Peor aún movía los brazos. Cuando por fin conseguimos entre los dos sentarlo en su silla quise presentarme. Él no se interesó mucho por mi nombre. Lo entendí. Felipe me dijo que él se llamaba Matías.

Estirándose el cuello de su pijama, Matías dijo:

—Hace mucho calor. Ayúdame a ponerme manga corta.

—Papá —dijo Felipe—, tú eres friolero y no hace tanto calor.

—¡Anda ya! ¡Trae esa camiseta!

Conseguimos vestirle la camiseta siguiendo el protocolo: volver a ponerse de pie y meter la camiseta dentro de los calzoncillos y sin arrugas.

Estuvimos dos minutos hablando distendidamente cuando el pobre hombre empezó a tener frío y le dijo a Felipe:

—Hace frío. Ya te dije yo que no hacía tiempo para manga corta.

—¡Pero papá…! —exclamó Felipe mordiéndose la lengua para no decir todo lo que pensaba.

Felipe se levantó e hizo el gesto de tirarse de los pelos. Su padre insistió varias veces:

—Ayúdame a ponerme el jersey ese, pero antes córtale la etiqueta, que luego me roza.

Cuando terminamos de ponerle el jersey, dijo que ese jersey le picaba mucho. Pidió cambiarlo por otro. La paciencia de Felipe menguaba y su desesperación aumentaba. Cuando ya por fin tuvo el jersey que quería, se empezó a quejar de la silla de ruedas:

—Esta silla tiene los apoyabrazos mal. Si tiras para arriba se mueven mucho.

—Papá, los apoyabrazos están para apoyar los brazos, no para tirar para arriba.

—Ya, pero si tiras para arriba se mueven mucho —repitió Matías.

—¡Pues no tires! —exclamó Felipe medio gritando.

—Yo no tiro, pero si tiras para arriba se mueven mucho.

Felipe estaba ya un poco nervioso y fue al servicio a beber agua. Mientras, Matías seguía hablando elevando el tono de voz para que su hijo lo oyera:

—¿Ves esta bolsa de ciruelas secas? Pues hay que cortarla porque las del fondo ya no se cogen bien.

—Papá —dijo Felipe—, ¿Has probado a volcar la bolsa con cuidado?

El padre no pareció querer escuchar lo que decía su hijo y siguió con su queja:

—Las ciruelas están al fondo y no se cogen bien. No me llegan los dedos.

Felipe cogió la bolsa de ciruelas y le mostró que si volcaba la bolsa, las ciruelas caían. Pero el padre seguía insistiendo en que había que cortar la bolsa, como si fuera una operación de vida o muerte. Tras varias réplicas y contrarréplicas, Felipe no convenció a su padre. Mirándome a mí, dijo con resignación:

—Vale papá, vamos a resolver lo de las ciruelas.

Los dos fuimos a recepción y Felipe no pidió unas tijeras, sino una grapadora. Bajo mi atónita mirada, hizo caer al fondo de la bolsa las tres o cuatro ciruelas que quedaban y grapó la bolsa justo por encima de las ciruelas, de forma que ya era imposible sacarlas normalmente. Luego, volvimos a la habitación de su padre y le dijo:

—Aquí te dejo la bolsa de ciruelas. Nos tenemos que ir. Adiós, papá.

Por el pasillo, oímos al pobre Matías gritar:

—¡Hace calor! ¡Ayudadme a quitarme el jersey!

Felipe aceleró el paso y me preguntó:

—¿Ves a qué me refiero? Mi padre me saca de quicio. Si no se queja por una cosa se queja por la contraria. Necesita darse cuenta de que todos los problemas tienen soluciones o alternativas. ¿Tú crees que no se va a comer las ciruelas? ¡Seguro que se las come! Tendrá que pensar algo y eso es lo que yo quiero, hacerle pensar. Si se acomoda y se lo damos todo hecho, entonces irá a peor.

—Te entiendo, pero al ser una persona mayor me da un poco de pena —afirmé como contrapunto.

—¿Pena? Bueno, te entiendo… puede que un poco, pero no te preocupes, seguro que él se ríe por lo de las grapas. Lo conozco bien y primero se va a enfadar y luego se va a reír. Yo quiero que la gente se ría y reflexione. Es algo básico en la vida.

La noche iba cayendo por las alcantarillas y Felipe me terminaba de contar su teoría sobre la risa:

—Si quieres un buen consejo, es este: ¡Ríete! Ya sabes: ríete, que es gratis. Si reír costara dinero la gente reiría más. Reirían de contrabando. Aprovecharían para reír, cuando nadie los viera. Como es gratis, la gente ríe poco. No valoramos la suerte que tenemos al poder reír gratis.

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