Todo estaba antes

—¿De verdad quieres ser camarero? Definitivamente, estás loco.

—Papá, no voy a dejar los estudios. Solo voy a sacarme un dinerillo extra.

—Estás para encerrarte —sentenció sin mirarme.

Mi padre no entendió mi decisión. En aquel momento, yo tampoco estaba seguro. Solo seguí un instinto. Me gustaba la idea de trabajar por primera vez, de tener contacto con los clientes, de sentirme bien haciendo algo útil. El dinero extra era un aliciente. No lo niego, aunque no fue algo decisivo. La paga semanal de mis padres era suficiente para mí.

No recuerdo bien a ese chaval joven que era yo cuando decidí ser camarero a tiempo parcial. Tal vez buscaba sentirme importante ante las chicas, impresionarlas detrás de la barra, o sentirme maduro por trabajar. Fueron años muy felices. Conforme crecían mis horas de trabajo me iba ganando el respeto de mi jefe y el derecho a escoger horarios. Cubría los desayunos por la mañana, luego estudiaba y me iba a clase por la tarde. Los fines de semana, dominaba las noches, salvo en época de exámenes que me tomaba las vacaciones más inútiles de mi vida. Solo aprobaba una, o máximo dos, por convocatoria.

Mi padre me lo advirtió. Y miles de veces me repitió que ya me lo había advertido.

—Papá… tal vez lo mío no es ser economista, como tú. Tal vez lo mío es ser camarero en una taberna de barrio obrero.

—¿Tú te estás escuchando? ¿Has perdido la cabeza? De camarero no llegarás a nada en la vida.

«De camarero no llegarás a nada en la vida». Esa frase se tatuó en mi cerebro y retumbó durante años en mis tímpanos, mareándome desde dentro.

Mi jefe me subió el sueldo a cambio de unas cuantas horas más. Estuve a punto de no aceptar, para no dejar los estudios. Al final, ganó lo que yo pensaba que era «vocación natural de camarero». El único que me entendía era mi jefe:

—Tú has nacido para esto. Ser camarero es fácil, pero ser buen camarero solo está al alcance de muy pocos. Y tú eres fantástico.

Me lo decía para congraciarse conmigo, aunque algo de verdad sí había. Yo recordaba lo que querían nuestros clientes, antes de que lo pensaran. Les servía sin preguntar quién había pedido cada cosa. Les preparaba la cuenta antes de que la pidieran, pero solo se la ponía en cuanto levantaban la mano. Cobraba diligentemente y sin errores. Desde la atalaya de mi barra, oteaba el paisaje buscando clientes que me necesitaran, como un águila hambrienta y sonriente busca su presa en la espesura de un abarrotado bar en hora punta.

Me sabía de memoria los más exclusivos cócteles y algunos los había mejorado con recetas que me inventaba. Me reía con mis clientes, porque mis amigos se convirtieron en clientes y los clientes se convirtieron en amigos.

Ir a trabajar era un placer y, así, los estudios se fueron aparcando en un rincón bajo la mirada oscura de mi padre. Mi vida se amargaba cuando pensaba en él y en aquellos apuntes aburridos, esperándome bajo el flexo apagado.

Corría para los exámenes y no llegaba a tiempo. Harto de sentirme un traidor, decidí dejar la carrera. Mi padre me gritó apasionado durante una Semana Santa. Resignado, aguanté mi calvario encerrándome, y pensando dejar la casa de mis padres lo antes posible.

Tres meses después me fui a vivir con mi novia, Luisa, cajera de supermercado. «Una chica sin futuro y sin ambiciones», según mi padre. Nos conocimos porque en sus descansos de media mañana ella iba al bar a desayunar, siempre lo mismo: café con leche vegetal y una tostada con aceite. Hacíamos buena pareja. Ninguno de los dos teníamos ambiciones y compartíamos el mismo futuro incierto de cualquier ser vivo con el agravante de ser libremente elegido.

Lo único que atormentaba mi vida era mi padre. Me distancié para sobrevivir. Nadie tiene derecho a intoxicar vidas ajenas. A él lo expulsé, pero sus palabras estaban allí, conmigo:

«De camarero no llegarás a nada en la vida»

Entonces, un restaurante de lujo me hizo una oferta espectacular: trabajar menos horas, cobrando casi el doble. Cuando se lo dije a mi jefe, me deseó lo mejor, llorando como si me hubiera muerto:

—Siento mucho que yo no pueda ofrecerte algo así. Solo quiero que seas feliz y que te vaya bien en tu vida. Aquí tienes tu casa, tu bar y tu atalaya de águila.

Con mi nuevo empleo empecé a ahorrar. Mis gastos apenas aumentaron. Siempre he sido bastante austero. También empecé a conocer a la gente más estirada de la ciudad: banqueros, empresarios, políticos municipales, senadores, artistas y periodistas. El restaurante en el que trabajaba era un punto de encuentro sociocultural, y todos me llamaban por mi nombre.

Allí conocí a Laura, la hija del director de una oficina bancaria. Le encantaban mis cócteles. Y a mí, su sonrisa sobre hombros desnudos en palabra de honor. A los pocos meses nos casamos, ungidos por las lágrimas de Luisa. En diez meses y diez días nació nuestro hijo Rubén, un remolino de rizos rubios. Lo quería tanto que mi meta era conseguir que él hiciera en la vida lo que quisiera, sin que yo ni nadie impusiera su criterio.

Con la ayuda de mis suegros conseguí montar mi propio restaurante. El trabajo me amortajaba. No tenía tiempo para mi mujer ni para mi hijo. No podía dejar el restaurante en manos de nadie. Todo dependía de mí. Aquella libertad que deseaba para Rubén estaba en juego en mis manos y no podía perderla.

En un año, abrimos otro restaurante y luego un tercero. Al abrir el cuarto, mi padre accedió a venir a comer. Comió un buen cocido, pero se atragantó con sus palabras: «De camarero no llegarás a nada en la vida». Pensé que sería feliz viendo a mi padre comer en mis manos. En cambio, no lo era. Estaba obsesionado con abrir el quinto restaurante y conseguir una estrella Michelín. El dinero me llovía. Yo lo donaba y lo quemaba a partes iguales. Mi vida era trabajar y acudir a eventos en los que no me divertía. Solo iba porque era parte de mi trabajo, para figurar, para dar publicidad a mi marca, para visibilizar la opulencia forzando la sonrisa.

Entonces, cuando me creía el hombre más envidiable de la ciudad, me estampé contra la primera gran roca de mi vida, el primer palo de los tres que me esperaban. Mi mujer me dejó por uno de mis peores camareros. Por supuesto, lo despedí. No contento con despedirlo, cerré el restaurante en el que trabajaba porque cada vez que iba allí, veía sus espectros hablando en la barra, mirándome con desprecio, riéndose de mi cornudo éxito.

Gracias a mi divorcio empecé a pasar más tiempo con mi hijo. Cuando estaba conmigo, lo abandonaba todo. Buscaba la calidad, dado que el injusto convenio me había asignado poco tiempo con él. Mis negocios empezaron a ir peor. Yo no podía estar en todo y en ese momento, Rubén era lo más importante, tal vez para no repetir el mismo error que cometí con Laura; o el que mi padre cometió conmigo. Todo fue inútil. La vida me apaleó con el segundo gran golpe: Rubén tenía leucemia. Era una situación desesperada que requería moverse rápido y buscar tratamientos urgentes. Y caros. En pocos meses, Rubén falleció entre mis brazos, llevándose lo más valioso que me quedaba.

Fue otra situación desesperada. Aceptar la muerte de alguien a quien quieres es algo que todos debemos aprender en la vida. Tanto si te gusta como si no, tanto si quieres como si no, es un túnel por el que hay que bajar la cabeza y pasar. En medio de ese túnel, entendí que la enfermedad y la muerte de Rubén no habían sido «situaciones desesperadas». El que había estado desesperado era yo. Los hechos son hechos. Somos los humanos los que los interpretamos como buenos o malos según nuestros deseos. Rubén había muerto. Todos moriremos. Y daba igual lo desesperado que yo estuviera. Él no iba a volver por mucho que yo sufriera, por mucho que fuera a su tumba a regar flores de plástico con lágrimas.

Antes de recibir el tercer gran porrazo de la vida, me refugié en mis negocios y en alguna copa de más. Por duro que fuera lo de Laura, lo de Rubén fue peor. Aun así, me levanté para seguir, ayudado por el bastón de mi padre.

Estaba pensando abrir otro restaurante junto a la playa, tal vez para irme a vivir cerca del mar. Y entonces, llegó la pandemia del COVID-19. Si hay un sector que ha sufrido la pandemia duramente, ese ha sido la hostelería. Tuve que despedir a muchos de mis empleados y a otros ponerlos en ERTE. Los restaurantes se abrían parcialmente, la gente iba solo a los sitios más baratos… Uno a uno, la vida fue cerrándome las puertas de mis restaurantes. Solo quedó abierto el primero, donde tantas veces había comido con Laura y Rubén antes de que se fueran.

Económicamente, todo fue un crack bestial. Tuve que pagar muchas indemnizaciones, deudas… Aquello lo viví como otra «situación desesperada». Entonces, recordé el túnel de Rubén. ¿Qué aprendí en medio de aquel túnel? Que las situaciones nunca son desesperadas. Era yo el que me empeñaba en ver desesperación donde solo había un restaurante en horas bajas y unas cuantas deudas insostenibles. ¿Qué era lo peor que podía pasarme? Si iba a la cárcel allí podría estar tranquilo. Si tenía que vivir bajo un puente, allí aprendería algo importante.

Si la situación no era desesperada, entonces no había motivo para que yo no volviera a ser feliz como antes. ¿Como antes? ¿Como antes de qué? Entonces me hice la pregunta más importante de mi vida: ¿Cuándo había sido yo auténticamente feliz? ¿Cuándo había sido yo auténticamente feliz?

¿Cuándo?

Cuando tenía todos mis restaurantes abiertos y funcionando bien, yo estaba esclavizado por ellos. Cuando vivía con Laura tampoco éramos felices, especialmente ella, que huyó sin avisar. ¿Y cuándo empecé a trabajar de camarero en aquel restaurante de lujo? Tampoco. Estaba ilusionado, pero no era feliz. Más bien, ahí fue donde empecé a perder mi felicidad. A veces, buscamos el éxito donde no está la felicidad.

Auténticamente feliz yo había sido en mi primer trabajo en aquella taberna, humilde y escandalosa. Casi diez años después, volví allí un sábado por la mañana, cuando aún se escuchaba algún grillo en el parque. Mi antiguo jefe estaba allí, detrás de la barra, sin reconocerme las arrugas de la mitad superior de la cara:

—¿Qué va a tomar?

—Lo de siempre —respondí con naturalidad.

—¿Lo de siempre? Perdone, pero usted no es cliente habitual. Conozco bien a mis clientes y…

Entonces, sus ojos se entrecerraron y reflejaron su sonrisa. Y gritó:

—¿Eres tú? ¡Eres tú!

Nos abrazamos sin guardar la distancia de seguridad que una pandemia exigía legalmente. Nos pusimos al día de nuestras vidas y me dijo algo que me dejó mareado:

—Te dije que aquí tienes tu casa, y así sigue siendo. Si no eres feliz con tu vida y quieres volver, aquí tienes tu atalaya de águila. Y por cierto, Luisa sigue viniendo a desayunar cada mañana en su descanso.

Cuando la vi entrar por la puerta, me escondí detrás de la barra. Ella se sentó en su mesa de siempre y yo le preparé su desayuno de siempre, suponiendo que no había cambiado.

—Aquí tiene su café con leche vegetal y una tostada con aceite.

—Pero… Aún no he pedido. Usted es nuevo. ¿Cómo supo lo que iba a pedir?

—No soy nuevo. Soy bastante viejo.

Su cuello se retorció hacia mí. Sus ojos también se entrecerraron y subiendo el tono de voz de susurro a chillido dijo:

—¿Eres tú? ¡Eres tú!

Cuando vi su sonrisa, de nuevo, supe que no podría vivir sin ella. Quería contagiarme de ella. Vendí mi restaurante para pagar casi todas mis deudas. No os imagináis la cantidad de deudas que tienen los ricos. Deudas cuyos intereses muchas veces pagan otros. Os lo aseguro.

Mi padre venía a mi taberna y también allí aprendió, con Luisa, a reírse de la vida.

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