Una red de mariposas

—Mi corazón está petado de mariposas.

—Ana, querrás decir tu estómago —le corrigió ella mientras recolocaba a su amiga el piercing de la nariz.

—Mi estómago, mi corazón, mi hígado… Estoy embotada de mariposas. ¿Será esto auténtico amor?

—El amor siempre es auténtico. Si no, no es amor.

—Pues esto es amor. Te lo digo yo. Él es… es… es… ¿qué es? No sé, ¡Ay! Es taaaan maravilloso. ¡Estoy tan nerviosa como mojada! ¿Sabes?

—No seas ordinaria, ¡tía! Por cierto, ¿no será el viejo ese que conocimos la otra noche que estuvo rondándote?

—Sí. Es él. Y no es viejo. ¡No te pases! Es un poco más mayor que yo. Es madurito. Cuando lo conocí me pareció el típico salido que solo busca lo que busca, pero luego, nos hemos ido conociendo y somos almas mellizas.

—Se dice “almas gemelas” —volvió a corregirle.

—Somos media naranja.

—Será, más bien, que él es tu media naranja. No te líes. Pero tú… ¿cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan segura?

—Pues porque congeniamos perfectamente y él adivina todo lo que me gusta. Dice que le gusta dar masajes en las verticales… por aquí —apuntó señalando a la parte trasera de su cuello.

—Será en las cer-vi-ca-les, Anita querida —le advirtió con evidente tono sarcástico rememorando una escena de los 101 dálmatas.

—También le gustan, como a mí, las películas románticas y el reguetón.

—Mira tú… ¡qué casualidad! —soltó con desgana desmedida—. ¿No será que lo que le gusta es el restregón?

—Tú es que no sabes lo que es el amor. Escucha: a los dos nos gusta ir a la playa de noche. ¿Cómo te quedas? ¿Tengo o no tengo razón?

—Por supuesto. Llevas toda tu vida cambiando de pareja cada cinco minutos y ahora resulta que eres una experta en amor auténtico.

—No te pases. Te juro que lo que siento ahora es especial. He visto muchas señales.

—Señales, ¿no?

—¡Sí! ¡Señales! ¡Coño! Por ejemplo me dijo que su libro favorito es Como agua para chocolate, como el mío. Y también quiso hacer las recetas. Y su película favorita es Pretty Woman. ¿No son señales de que hacemos buena pareja? Y también le gustó el libro de los cuentos Ecoanimalistas, que ya te dije que me volvió loca hasta que lo terminé. Y le gusta comer verduras, como a mí. También adora los animales y odia que los maltraten. Y le gusta mucho Milán y las esculturas de su cementerio. Y es muy comprensivo con mi psoriasis. Y sabe mucho de esa enfermedad. Dice que su madre sufre lo mismo.

—Su madre… ¿no?

—Sí. Su madre. ¿Qué pasa? —preguntó con tono desafiante.

—Pues que todos esos datos, hasta lo de las películas románticas y el reguetón, lo tienes publicado en tu perfil de Facebook. Él me preguntó por tu cuenta y yo le dije que eras “Ana Palíndromo”.

—¿Le diste tú mi cuenta de Facebook?

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