Mente blanca

El estrés pulía sus muelas. No soportaba más la presión de escribir por escribir, de publicar por publicar. “Todo llega cuando llega”, repetía y repetía, ante el acoso de su editor. En todas sus llamadas insistía en que cada obra nace cuando nace y que no se puede aplicar una cesárea para adelantar a la luz.

El editor estaba sin nada que publicar y presionaba a nuestro escritor de tercera para que terminara el libro con un final urgente e impactante. Los escritores de renombre no se dejan avasallar, y a los desconocidos es mejor no presionarles. Solo quedan los mediocres para que sigan publicando obras vulgares con portadas grises y críticas exiguas. Nuestro escritor no estaba dispuesto a publicar otro libro insulso que le permitiera continuar con su anodina vida. No buscaba la fama, sino la gloria. No quería dinero para comer, sino conmover a un puñado de lectores selectos.

—Te he dicho que te llamaré cuando termine el borrador. Deja de agobiarme, porque solo consigues apagarme.

—¡No me vengas con excusas! —gritó el editor—. Si necesitas inspirarte, vete de viaje o deja de beber, pero si no terminas el libro en una semana tendrás que buscar otro editor.

El zumbido dejó claro que había cortado la llamada sin esperar ni réplica ni despido. Se arañó los parietales llenando de rojo una uña. El teléfono explotó en el suelo y allí quedó vanamente esperando unos primeros auxilios. Escaleras abajo, el escritor escapó de aquellas paredes que le cerraban su tráquea.

Deambulando con su resuello y con la mirada en sus zapatos, llegó al barrio más desigual de la ciudad, “el bazar de la droga”. Primero se asustó. Luego, se conmovió al ver a un hombre más bien joven tirado en la agrietada acera, roncando y con los ojos extraviados.

Escuchó las voces de una banda juvenil que parecía querer bronca. Deseaba salir corriendo, pero sus piernas le pesaban. Aunque le pareció estúpida, solo se le ocurrió una idea. Se sacó la camisa de los pantalones, se desabrochó unos botones y se tiró al suelo junto al intoxicado dormilón.

La mara miró con desprecio a los dos presuntos drogadictos. El escritor entreabrió los ojos para ver venir una fuerte patada en su estómago. Se encorvó como una cochinilla esperando otro golpe. Solo tembló su oído:

—¡El barrio es nuestro y mataremos a quien se atreva a venir aquí! —gritó uno ensanchando el tatuaje de su cuello.

El escritor tembló de dolor y rabia, sintiendo cómo arriesgaba su vida por un despiste de estrés blanco. Tal vez aquello tan negro inspiraría su mente para terminar el libro.

Los chavales estaban organizando un asesinato simulando un accidente. Esparcido en el suelo, vio claro cómo acabar con la angustia que le perseguía. Su editor debía morir.

⇒ Nota: Este relato es parte de la Trilogía blanca de un escritor, junto con Sudor blanco y Rascacielos blanco (aún sin publicar). Suscríbete a nuestro blog para recibir todas nuestras publicaciones. Te agradecemos también que las difundas en tus redes.

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