Final feliz

—Tom, ¿por qué tienes que estropear la felicidad de cada momento?

—Me tienes harto, María de las Mercedes. La vida no es una película. Sabes que… ¡vomito tus cursiladas de niñata pija!

—Recuerdo cuando me endulzabas cada día solo con una sonrisa.

—Y yo recuerdo cuando me dejabas tomarme un café tranquilamente. Estás dando el espectáculo. Me das asco, como siempre.

—Ya ni me miras. Ya no disfrutas del reflejo del amanecer en mis ojos.

Él empuñó el cuchillo con fuerza. Casi blandiéndolo, restregó la mantequilla en la tostada con gesto cansado y gritando:

—¡Coño! Intento disfrutar de una tostada al sol, tranquilamente en silencio.

Ella miró al cliente de la mesa de al lado, un obrero al que ya había visto otros días. Con su mono de albañil y sus músculos bien resaltados, notó que ella lo estaba mirando, otra vez. Él le dedicó una pequeña mueca de sonrisa. María miró al suelo.

—¿Cómo hemos llegado aquí?

Tom, mordiendo la tostada y masticando sonoramente, contestó:

—Andando por la calle.

—Me refiero a cómo hemos podido acabar juntos.

—Fuiste tú la que querías que nos casáramos. Déjalo ya.

—Yo pensaba que éramos la pareja ideal y que seríamos felices hasta en las amarguras.

—Somos felices, salvo cuando te pones pesada. ¿Por qué no puedes disfrutar de un desayuno? ¿Sabes cuántos millones de personas no pueden desayunar?

—Yo, la verdad, no puedo. No soy feliz. No soy feliz contigo. Me asfixias.

El albañil se levantó y fue a la barra a pagar. Al volver, Tom estaba otra vez elevando su tono de voz:

—¿Que yo te asfixio, dices? Eres tú la que no para de agobiarme.

Tiró la tostada sobre la mesa y enfiló el cuchillo hacia ella. El albañil se acercó a la mesa y medió:

—Si algo está claro es que no hacen buena pareja. ¿Por qué no sale un rato a la calle y se tranquiliza al aire?

—¿Qué no hacemos buena pareja? —chilló Tom, levantándose bruscamente haciendo caer su silla hacia atrás.

—Por supuesto que no. Ella tiene sensibilidad e inteligencia.

El cuchillo manchado de mantequilla se mezcló con el rojo mermelada del albañil. Sus ojos se abrieron al techo y sus manos se taparon el pecho. Otra silla cayó al suelo. Luego sus rodillas. Luego todo. María se abalanzó al albañil y tapó el agujero con su mano, mientras sus labios rozaron el hilo rojo que brotaba de la boca del obrero.

—¿Cómo hemos llegado aquí? —susurró para ella, sintiendo cómo el cuchillo de la mantequilla rompía su yugular al entrar también en su delicado cuello.

Ante una escena teñida de brillante burdeos, Tom recogió su silla para sentarse y seguir con su tostada, en silencio, al sol.

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