Alegría metalizada en gris

Era un coche entrado en años, del 2003. Algunos pedían que lo jubilara tras varias averías consecutivas, pero a mí me gusta apurar las cosas hasta el final. No entiendo a la gente que se deja el último sorbo de las bebidas. Un milímetro tiene pase; dos es el doble.

Peugeot 307 SW, el coche protagonista de esta nano odisea.En el 2018, se le fue el embrague y nos dejó tirados en Dos Hermanas (Sevilla). Fueron 630 euros, con el disco motor incluido. Ni dos mecánicos distintos consiguieron quitarle el redoble de batería al pisar el embrague en punto muerto. Sonaba mal, pero tiraba bien. Poco más tarde explotó el turbo subiendo el puerto de las Pedrizas. Recuerdo el humo negro por el retrovisor que me obligó a parar en el arcén entre montañas para pintar al óleo. Costó más de 1.700 euros. Una estafa. Todo por llevarlo al taller que me recomendó el de la grúa. Nunca lo llevéis al que recomienda el gruista, porque tendrás que pagar su comisión camuflada en una factura de infarto.

Lo penúltimo fue que no pasó la ITV porque los humos superaban alguna décima el límite establecido. También por una bombilla fundida de la matrícula trasera. No pude arreglarlo. Nos encerraron a todos en casa por la pandemia de COVID-19. A los que tenían que pasar la ITV durante el confinamiento, les ampliaron el plazo, pero no a los que no habían pasado alguna prueba y tenían que volver para una revisión puntual. Os adelanto que tuve que pagar otra vez la ITV más una penalización por retraso.

En todo caso, el retraso fue inevitable porque, antes de poder arreglarlo, el motor perdió potencia sin encender ningún aviso. Las revoluciones solo superaban por poco las 2000 al minuto con el acelerador a fondo en punto muerto. La aguja del cuentarrevoluciones se atascaba y el pobre vehículo se asfixiaba y no podía con su alma de color gris metálico. El diagnóstico del mecánico fue muy gráfico: “Es como si le hubieran metido un dedo en el culo”. La cosa se pintaba más gris aún. No merecía la pena echar mucho dinero en un coche con sus diecisiete años a punto de cumplirse y tantos achaques. Tampoco se había ganado la jubilación, aunque sí mi determinación de hacerle cada vez menos kilómetros, más por no contaminar que por miedo a que se negara a rodar otra vez (como siempre en el peor momento).

Había que arreglarlo y darle algunos años más de vida. Pero el depósito de cerina estaba roto. Es un aditivo que algunos coches diésel usan para limpiar el filtro antipartículas. Los diseñadores de Peugeot tuvieron la ocurrencia de poner el depósito debajo del coche, donde una mala piedra o un inesperado bache pudiera romperlo. Justo eso debió pasar años atrás, y un mecánico con más buena voluntad que maña me dijo que había arreglado la fuga con un pegamento, o algo similar. Pero parece que no fue así, o se volvió a romper. Sin cerina, el coche no hacía sus limpiezas y el filtro antipartículas se colmató. También puede ocurrir si el coche se usa solo por ciudad o si cuando sales a carretera solo usas marchas largas que no revolucionan lo suficiente al motor como para hacer la limpieza. Es absurdo, pero yo no he diseñado ese sistema y nadie te avisa que debes revolucionar el coche durante un tiempo largo de vez en cuando para provocar su autolimpieza. Y esta autolimpieza se inicia y tienes que frenar, el proceso se detiene sin terminar, habiendo perdido cerina (que no es barata) y quedándote con tu filtro antipartículas sucio.

Resumiendo, había que cambiar el depósito de cerina, llenarlo con el aditivo y limpiar el filtro antipartículas. Para que fuera a un precio asequible tendría que buscar el depósito de cerina entre los desguaces de la ciudad. El mecánico me dijo que lo intentaría cuando tuviera tiempo o cuando pasara por algún desguace, pero el tiempo pasaba y aquello no se resolvía. Decidí preguntar en otros desguaces y para mi sorpresa tras varios intentos lo encontré. Por 60 euros le llevé el depósito al mecánico. Al día siguiente, me llamó para decirme que el que me habían vendido también estaba roto. De hecho, no es raro que se rompan, como ya he dicho.

Tuve que volver al desguace donde, muy amables, me dieron un vale por 60 euros. “Mire Vd., es que yo no soy mecánico y no voy a usar el vale nunca”, le dije. “Pues lo siento, pero es que aquí no devolvemos dinero en efectivo”, me contestó.

Tras varias semanas de búsqueda infructuosa, al coche se le puso un depósito nuevo y el vale por 60 euros se lo dejé al mecánico con la esperanza de que me rebajara algo, aunque fuera la mitad y así ambos ganábamos 30 euros. “Es que nosotros no vamos nunca a ese desguace”, fue su argumento. La factura fue de casi 600 euros sin contar los 60 euros del desguace. A eso sumé la mencionada ITV con su penalización, más casi 90 euros por la bombilla fundida, el cambio de aceite y del filtro, que ya tocaba. Por fin, ya tenía el carromato arreglado y legalizado.

Cinco o seis meses más tarde, me llamaron del taller. Lo primero que pensé fue que faltaba algo por pagar, o bien, que habían detectado una pieza defectuosa. Pero no. Me informaron de que habían conseguido utilizar el vale de 60 euros del desguace y que podía pasarme a recoger el dinero cuando quisiera. ¡Qué alegría da recuperar algo que dabas por perdido!

Esa misma tarde, me pasé por el taller, les dejé 10 euros de propina y me fui a comprar comida para celebrarlo. Me pregunté si debía haber sido más generoso con la propina. ¿Qué opinas?

♦ Nota final: Actualmente el vehículo araña los 180.000 kilómetros y sigue dando problemas.

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