Perdido en el bosque

Eres como el agua, siempre cuesta abajo, nunca te esfuerzas”. Constantemente me lo repetía mi madre. Yo, para mis adentros, veía lógico buscar el camino más fácil. Hay que ser muy idiota para elegir el camino más difícil. Nunca he sido partidario del esfuerzo excesivo. Si algo cuesta mucho, no merece la pena. La vida es para disfrutarla a cada momento y no para amargarse persiguiendo con esfuerzo metas encadenadas, una tras otra, hasta que las conviertes en tus inseparables grilletes. Por eso estudié lo que me gustaba y escogí una profesión que me hace disfrutar. Así no tengo que esforzarme nunca.

Soy organizador de eventos: bodas, congresos, charlas, cumpleaños… y todo tipo de fiestas. Me divierto preparando sorpresas que nadie imagina. A veces salen bien y la gente me felicita, y otras veces… la gente se enfada, pero yo tengo claro que no se puede contentar a todo el mundo. Si no me dejan hacer las cosas a mi estilo, rechazo el encargo. Tengo la obligación de contentar a una persona muy especial: yo mismo.

Un tórrido mes de julio, tuve que organizar un congreso regional sobre pediatría. Por alguna razón, yo imaginé que asistirían jóvenes médicos y médicas; disfrutones y divertidos como niños. Para mí era obvio que si eran pediatras, tenían que gustarle los niños y jugar como ellos. Me equivoqué. Todos eran mayores, rozando o esquivando la jubilación, aburridos hasta para saludar.

La sorpresa del congreso estaba programada para el viernes: una excursión guiada a un río; para bañarse y relajarse. Por supuesto, yo me sumé a la caminata con entusiasmo, pero pronto me infectó el espíritu de indiferencia y bochorno del grupo. Tenía que huir antes de que me contagiaran también sus arrugas y su paso achacoso. Me despedí del grupo diciendo que me había surgido algo importante y los dejé en manos del paciente guía.

Durante el camino de vuelta quise tomar un atajo y me metí entre los pinos, por un sendero casi secreto. Caminé a mi aire, respirando felicidad de coníferas.

Cuando salí de mi estúpida ensoñación, estaba perdido. Todo eran pinos, que ya no me parecían tan felices. El cielo de ramas me impedía usar el sol para orientarme. Sediento, me ahogaba en un mar verde. Imaginé a mi grupo de ancianos disfrutando de la buena comilona que les había preparado, mientras yo no tenía agua, ni cobertura.

Caminé y caminé intentando no dar vueltas. Pensaba que en línea recta llegaría a algún sitio, pero todo eran pinos y alguna zarza que aprovechaba mi paso para arañarme, queriendo expulsarme de su bosque. El viernes se fue poniendo más y más negro. La noche me cazó con ampollas en los pies y magullado por todo el cuerpo.

Cegado por la luna nueva, me senté. Tiritando cabeceé de cansancio un instante. Los misteriosos sonidos del bosque me despertaron. Una rama que crujía. Unos pasos oscuros sobre las hojas secas. Un viento repentino que removía el corazón de las hojas. Un susurro en mi oído. Era imposible descansar. Hambre, sed, sueño, dolor, desesperación… miedo.

Soledad. Nadie me echaría de menos hasta el lunes por la tarde, y eran solo las 4 de la mañana. Diez por ciento de batería y aún nada de cobertura. Para cuando me encontraran, mi vida se habría esfumado entre las ramas… de mis dedos.

El sol renqueó su salida, solo para fastidiarme. Cuando por fin pude ver mis pies, me incorporé y me puse a andar. Andar por andar, sin plan ni destino, buscando una salida. Un sabor a óxido me recordaba mi sed a cada paso. Mi ropa estaba sucia, rota, sudada. Ella me habría regañado y me habría pedido que me esforzara más.

Entonces se me ocurrió un plan. Si yo voy cuesta abajo aumento mis posibilidades de encontrarme con el agua. Flui buscando el camino más empinado hacia abajo. Tras varias horas encontré un fino arroyo que calmó mi sed con más barro que agua.

Si yo era como el agua, tenía que seguir ese hilo de Ariadna líquido que me salvaría de mi laberinto. Paulatinamente me iba fundiendo en el bosque, sintiéndome uno más de su fauna salvaje, sangre de sus venas. A nuestro cauce se iban sumando otros arroyos hasta que formamos un pequeño riachuelo. Fuimos creciendo alimentados con la savia de las montañas. Sorteando piedras, setos y zanjas, fui siguiendo el caudal hasta llegar a divisar un pueblo diminuto.

—“¿Ves hijo? Eres como el agua, siempre cuesta abajo”.

Gracias mamá por hacerme ver que soy como el agua: flexible, vital, tranquilo y turbulento.

♠ Más sobre árboles:

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s