El anillo caducado

Mi hermano y mi rabia. Amigos inseparables.

Mi madre me concedió su anillo familiar. Y no pude usarlo. Mi hermano se escapó con mi novia el día de mi boda. No he dejado de romper a llorar, a pesar de apretarme con fuerza las lágrimas. La seguía amando en secreto. Yo quería odiarla. Nadie lo imaginaba, salvo mi amiga Amanda. Ella sabía que mi corazón vomitaba cólera cuando los veía juntos. Y me hundía, buceando en mi bilis.

Con las cenizas de mi madre aún calientes y presentes en mi nariz, él huyó llevándose de nuevo todo lo que quiso: la televisión y los libros de nuestra madre, los cuadros de nuestro padre, la vajilla de la abuela, las rancias fotos de la familia… No me importaba nada. Pero el anillo era mío. Lo necesitaba para colocar el amor en su dedo cuando volviera conmigo. Pensé ir a su casa y exigírselo aunque fuese con un arma contra su tiranía de prepotente hermano mayor.

Amanda me vio tan alterado que no me prestó su coche. Insistió en conducir ella los trescientos kilómetros de desierto emocional. Su serenidad conducía mejor que mi irrefrenable furia.

Por el camino le iba contando las pocas anécdotas de mi hermano que ella aún no conocía o que decía, por compasión, haber olvidado. Recordé cuando él tiró mis deberes a la chimenea o cuando convenció a nuestros padres de que yo había quitado el freno de mano del coche mientras los dos esperábamos dentro. El Ford Fiesta se despeñó marcha atrás por la empinada calle. Asomados por el parabrisas trasero gritamos a un niño esquivar la tragedia. Nuestro miedo terminó con un piñazo, estampados en la cristalería de la esquina.

Con Amanda, los kilómetros corrían, los devorábamos, recordando que nunca supimos lo que mi hermano le hizo al pobre perrito que adopté tras ser abandonado por un cazador. El perro desapareció y solo quedó un rastro de sangre de caza. Él simuló como si fuera suya, arañándose el brazo con su navaja ya ensangrentada. “Inhumano sanguinario desalmado”… se me escapó rechinando los dientes.

Esperando en la gasolinera le conté cómo envenenó a mi tortuga bañándola en lejía. En la cola para pagar, me entretuve mirando chocolatinas, como las que me quitaba siempre mi hermano. Se las comía de un bocado entre risas escupiendo el chocolate a dos metros.

Un hombre se volcó en el escote de Amanda y le arañó una bordería. Como un resorte, se me disparó un puñetazo dirigido en realidad a la nariz de mi hermano. “Amanda, ¡vamos!”, grité. Corrimos de la mano al coche mientras el acosador se incorporaba y nos perseguía. Amanda aceleró con las ruedas gritando. Yo me zambullí de cabeza por la ventanilla. A lo lejos vimos al payaso aullar agarrándose su nariz de rojo.

—¿Por qué le has pegado? ¡No puedes boxear con todos los idiotas del mundo! —me regañó cargada de razón.

—El idiota ese me recordó cómo mi hermano miraba a mi novia antes de quitármela. Le he zumbado como me hubiera gustado pegarle a él. Nunca he tenido valor.

—Y ahora… ¿te sientes mejor después de destrozarle la nariz al imbécil ese?

—No. El imbécil soy yo —confesé con calentura de vergüenza en mis encolerizados ojos.

—¿Qué plan tienes cuando lleguemos? —preguntó ella para cambiar de tema.

—No lo sé —reconocí frotándome la vista mojada—. Mi hermano no va a darme el anillo. Siempre pensó, como yo, que el anillo estaba predestinado para ella. Mi madre se negó a dárselo para evitar que me humillara una vez más.

Con el traqueteo, cerré los ojos, pero no paré de hablar de él. Le repetí a Amanda la historia de cuando mi hermano me recortó dos agujeros en el culo de los pantalones. Yo me vestí deprisa y no me di cuenta, hasta la hora del recreo. Ahora nos reímos, pero aquel día derramé espesos lagrimones de odio.

—¡Deja ya de hablar de tu hermano! —me suplicó, o me recriminó—. Háblame algo de ti, de tus sentimientos.

Faltaba poco para llegar al casoplón de madera de mi hermano y yo seguía enrabietado y sin ningún plan. Mi vida siempre ha sido improvisar cimientos que, irremediablemente, se convierten en escombros. Amanda siempre estaba allí… para rescatarme y reconstruirme.

Inteligente como siempre, ella detuvo el vehículo a una distancia razonable, y lo aparcó oblicuo sobre la acera, preparado para salir pitando sin maniobrar. Nos acercamos a la casa mientras Amanda me susurraba mil preguntas cuyas respuestas se mareaban en un bombo de lotería.

La casa estaba oscura. La puerta cerrada. Nadie abrió al llamar. Amanda me cargó una piedra en la mano. La miré incrédulo y aceptando su invitación rompí una ventana para colarme dentro. Las cajas de mi madre aún estaban embaladas. Las volqué y rebusqué en sus tripas, hasta encontrar el anillo. Encarcelé el rubí en mi mano y lo acerqué al corazón. Al salir por la puerta, ella me sorprendió. Sí, era ella.

Me quedé paralizado, inmóvil frente a la sorpresa azul de sus ojos. Seguía tan guapa como siempre. En cambio, mi corazón no latía igual. Entendí entonces que mi amor había caducado. Se había extinguido por inanición. El dolor, aquel rabioso dolor, no me había dejado sentirlo.

—Dile a mi hermano que he venido a por mi anillo —le dije remarcando la palabra “mi”.

En el camino de vuelta respiré una paz silenciosa, sin que él se entremetiera en cada una de mis frases. Amanda canturreaba con la mirada al horizonte y el pelo al viento de la ventanilla. Observándola feliz, me estaba dando cuenta dónde estaba la única mujer que respetaba mis inseguridades, mis fracasos, mis improvisaciones, mis derrumbes.

—Amanda, quiero que este anillo sea para ti.

Ella, sin dejar de cantar, lo cogió con indiferencia y lo tiró al salpicadero. Yo la miré embelesado. En un semáforo, un inmigrante nos pidió una limosna y Amanda se lo puso en la mano diciéndole:

—Véndelo bien, que es bueno.

Me quedé atónito, pasmado, y ella, que lee mis pensamientos, me aclaró que si era suyo podía hacer lo que quisiera, y que lo único que quería de mí era un beso. Nuestras bocas avanzaron hacia delante hasta el encontronazo. El tráfico pitaba alrededor, más de envidia que de estrés.

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