Soy una niña secuestrada

No estoy atada, pero no soy libre. Nadie pagaría el precio de mi vida. Nadie pide un rescate por un rapto inconsciente.

Valen más las alhajas que llevo puestas… y que me quitan cuando les apetece. Las malvenden por nimios caprichos, por un instante de placer. Me desnudan al esclavizarme por intereses inconfesables de los poderosos, de las industrias, de todas las industrias.

Mi infancia fue feliz, hasta que llegaron ellos. Parecían divertidos; humildes al final de la cadena, pero ocultaban monstruos crueles e insensibles. De carroñeros a criminales. Demasiadas veces hubo ignorancia infantil y atrevimiento adolescente, pero también egoísmo maduro y brutalidad consciente.

Y yo, que creía saberlo todo, descubro que no sé nada. En mi corta vida he vivido muchas vidas. Me he reído con las hienas, y he jugado a ser olas entre los delfines. Bailé con las tormentas, canté con las ballenas y lloré de alegría, nieve. Susurré a los árboles y troté por las rayas de las cebras. Me avergoncé por mis granos de fuego y mi piel arrugada. He sufrido infecciones, heridas, cicatrices… pero aún soy muy niña, aunque me ven como madre. He podido sobrevivir, aprendiendo, mutando mi ADN y adaptándome con mis venas abiertas.

Entendí que era parte de mi evolución y acepté mi destino con paciencia, intentando ser divertida, creativa y diversa, pero no dispersa. Me centré en mi arte, el arte de vivir y durante eones fui feliz.

Al crecer yo, crecieron ellos, y en el holoceno de mi vida fui consciente de mi cautiverio. Me estaban envenenando para que sucumbiese a sus deseos. Torturaban mi piel para enriquecerse con mi sangre. Intoxicaron mi aire para asfixiar mis pulmones. Vueltas y vueltas; y el martirio sigue, se repite, se aumenta, se perfecciona. Emponzoñan mi agua para asquear mi mirada. Ahogan mis gritos con mordazas de plástico. Disfrutan haciendo sufrir a todo lo que pueda sufrir, a mis seres sintientes, que para ellos son solo materias primas, presas cosificadas, trofeos ensangrentados, cornudos adornos. Recursos.

Los que creen ser mis amos son gentes raras, dementes, inestables y desalmadas. Unos me llaman madre y otros no me ven ni siquiera cuando me miran. Están perdidos, escherizados entre el PIB y el IPC, creyendo que todo se compra con un trozo de plástico inalámbrico. Son mi infección, mi plaga y mi desconsuelo. Yo me defiendo vanamente y sin necesidad. Ellos son también mi antídoto, mi antibiótico, mis queridos suicidas. Al dañarme a mí, se dañan más a ellos mismos. Lo saben y lo asumen, lo estudian y lo olvidan, lo sufren y se justifican, lo asumen y se divierten.

Yo no soy el barro, ni el agua, ni la Tierra. No soy Gea, ni la madre de nadie. No soy la biosfera, ni Pachamama, ni Gaia, ni una diosa omnipotente. Yo no soy eso, sino junto, todo, todo eso. Y ellos solo son el último mono.

♥ Más relatos sobre la Tierra:

Comenta algo:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s