La vida de una miga

PanInvestigamos lo inmaterial y lo sobrenatural, pero ignoramos lo más elemental del mundo tangible. Fue un completo viaje de tres o cuatro segundos mientras disfrutaba justo antes del almuerzo de un trozo de pan más o menos recién horneado.

Una atrevida miga cayó en mi regazo. Nos miramos a los ojos y nuestras cuencas se encontraron. Aquella crujiente miga tostada había viajado conmigo desde la tienda. Y yo no me había percatado de ella como individuo. Abrazada a sus amigas se las trató como una barra y ni el tendero me advirtió de su singular presencia. Varias barras más habían madrugado para emprender su viaje en furgoneta recorriendo tiendas de aquí y de allí. Algunas migas sin duda se desprendieron durante el trayecto, pero no aquella amiga.

Un poco antes, todas las barras estaban enfriándose en las bandejas recién salidas del horno. Mi miga tuvo suerte y se enfrió rápido al estar en el exterior. Peor lo había pasado en el horno durante largos y angustiosos minutos. El calor apretaba cada célula y su piel se fue tostando y endureciendo con el crepitar del fuego como banda sonora.

El panadero había separado cada pegote de masa para darle la forma alargada característica. Cientos de barras salieron ese día de sus manos, pero solo en una estuvo aquella miga en masa. Esperando tranquilamente su turno para el horneado, la miga tuvo que recordar el ajetreo de instantes anteriores. La máquina amasadora era inclemente mezclando ingredientes sencillos. Harina, agua, levadura y casi nada de sal se mezclaron para dar cuerpo a nuestra miga protagonista. Sus moléculas bailaron en la amasadora arriba y abajo, adentro y afuera, hasta que el panadero, compasivo, hizo descansar a la máquina.

¿De dónde vino el agua de su cuerpo? Del grifo es la respuesta más vacía y que deberíamos rellenar. ¿Y la harina como ingrediente principal? Del saco es la respuesta más inmediata, pero la vamos a completar. Varias decenas de sacos habían sido descargados la semana anterior. El de nuestra amiga había descansado aplastado bajo otros similares hasta aquel día en el que le tocó por azar ser inaugurado. Cientos de kilómetros viajaron los sacos desde el molino hasta un almacén intermediario y desde allí a la tahona donde nació ella.

En el molino entraron unos cuantos millones de granos de trigo que fueron partidos una y otra vez hasta que sus partículas eran capaces de volar en el aire. Harina más fina que la arena más fina. Harina más blanca que la nieve más blanca. Harina del trigo que un buen agricultor sembró en primavera. Granos humildes como individuos, padres de plantas monocotiledóneas verdes brillantes con hojas paralelinervias, tallos huecos e inflorescencias en espigas incontables.

No pocas florecillas en la espiga fracasaron como norma pero, por supuesto, algunas fructificaron. Algunas de las motas que se hermanaron en aquella mítica miga, seguro que crecieron en granos separados por decenas de kilómetros, pero todos disfrutaron del sol, del viento y de la lluvia; y también de la compañía de otras plantas que incomprensiblemente algunos las llamaron “malas hierbas“, cuando su compañía fue muy valiosa para no aburrirse aquellas tardes donde ya el calor apretaba con ganas estivales. También fueron buen alimento para abejas y otros himenópteros, así como algún lepidóptero de vuelo aparentemente errático. Por no hablar de su contribución a colorear el paisaje y la biodiversidad.

Llegando el verano la planta se secó lentamente de abajo arriba, hasta morir. No fue algo triste: dejó herederos, además de suficientes hidratos de carbono, razón principal de su existencia, de su cultivo.

Agradezco al agricultor su trabajo y pido que no envenene el campo con fitosanitarios, costosos más en vidas, en todo tipo de vidas, que en dinero. Agradezco el trabajo de todos los intermediarios que consiguen que lleguen a mi boca cada bocado o cada migaja de pan. Gracias aire, gracias sol, gracias nubes, gracias a todo.

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