La boca del metro

—Saltar, reptar o volar —os juro que fue lo que me dijo el mendigo al repicar mi moneda en su lata.

—¿Tres opciones? —musité más sorprendido que intrigado.

—Así es. Tendrás tres opciones —afirmó con voz de carraspera retumbando en aquella estrecha y abovedada boca de metro.

Mi mirada se posó en un tetrabrik de vino barato. Asentí con la cabeza y me zambullí en el bullicio de la hora punta.

Al llegar a la redacción ya me estaban esperando unos cuantos fuegos. Ser periodista de actualidad municipal es lo que tiene. Me llegan los avisos —todos urgentes— y tengo que seleccionar a dónde acudir para explorar la noticia. Ese es el primer sesgo informativo. Hay noticias que no salen nunca, porque al periodista de turno no le gustan. El segundo está en la investigación y en las desganas para contrastar los datos. El siguiente sesgo está al redactar la noticia. Os juro que intento ser objetivo, pero no se puede evitar que los ojos, el corazón y la tinta del reportero se fijen más en unos detalles que en otros. No es manipulación —o tal vez inconsciente—. Hay que comprender que no todo cabe en media columna, que es lo único que me dejan por noticia. Rara vez consigo colocar más de tres o cuatro piezas. El cuarto sesgo es el del lector, que lee como quiere, entiende la mitad, interpreta libremente, y generalmente solo le sirve para reforzar lo que ya sabía (si está de acuerdo) o para concluir que la noticia está manipulada (si no le gusta).

En uno de los avisos olfateé un notición de portada y me centré en ella. Al rato tenía que salir a entrevistar a un sujeto y a sondear una fuente. Justo despidiéndome en la puerta, el jefe me llama y me suelta fríamente: “Estás despedido. Te dije que dos noticias seguidas contra el alcalde sería tu muerte. Recoge tus cosas y limpia tu rastro antes de irte de fin de semana eterno”.

Era viernes mientras la espalda del jefe se alejaba. Aproveché para robarle un pitillo de su mesa y me salí al balcón, para suspirar las vistas de la ciudad por última vez. Un décimo piso ofrece otras muchas posibilidades. Si acabas de perder tu trabajo —que era lo único que alimentaba mi vida— puedes saltar y olvidarte de todo. Prefería suicidarme a volver a fumar. Tiré el cigarrillo al abismo y lo vi alejarse, como mis sueños. Quería seguirlo. Era mi destino. Salté la barandilla y me agarré por fuera con una mano mientras la otra sobrevolaba la ciudad. Solo tenía que saltar. Saltar.

Entonces me aferré a un plan alternativo. Le rogaría a mi jefe que me devolviera el puesto. Le prometería hablar bien del corrupto del alcalde. Me arrastraría si hiciera falta. Solo tenía que reptar. Reptar.

¿Saltar o reptar? Esa era la cuestión… Y entonces, y solo entonces, recordé al mendigo borracho al que nunca he vuelto a ver en la boca de aquel metro. ¿Qué fue lo que dijo? Dijo que tendría tres opciones: “Saltar, reptar o volar”. La boca del oráculo me había dado la respuesta. Yo no quería saltar, ni reptar… solo me quedaba volar. Volar.

Volar significó vivir sin traicionar mis principios periodísticos. A la semana siguiente encontré trabajo en un periódico de prensa independiente. Y volé. Dos semanas más tarde dimitió el alcalde por saltar sus escándalos desde mis dedos a todos los medios de comunicación. A mi antiguo jefe solo le quedó mendigar reptando bajo la mesa del nuevo edil.

♠ Para seguir volando:

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