La casa temporal

Estaba asfixiado en aquella casa, pero no tenía a dónde ir. Había sido un impulso irracional, como toda mi vida. Ahora estaba atado. Lejos de todo. En ningún sitio.

Mi primer día en la casa estuve maldiciendo la hora en que me hipotequé por ella, una casa en las afueras de un pueblo casi abandonado. Me había parecido una ganga que se vendía con muebles y todo, aunque estuviera en un estado lamentable. En algún momento pensé que sería el lugar ideal para alejarme de un mundo que me había maltratado, pero del que yo no quería prescindir. Ese es el espíritu de la contradicción que ha gobernado mi vida.

El segundo día estuve asqueado con la casa, sus achaques y sus chirriantes maderas quejándose de mis pisadas. El tercer día, me maldije a mí mismo, por mi mala cabeza y por cómo mi calvicie avanzaba sin piedad por la coronilla. También descubrí, al final de un pasillo, dos habitaciones enfrentadas, simétricas en su construcción y decoradas de forma desigual. Mientras una tenía muebles viejos, roídos por la edad, cuadros decadentes y candelabros de hierro oxidado, en la otra los pocos muebles eran nuevos o estaban más o menos bien conservados, aunque su estilo no era moderno. Eso seguro.

En la habitación vieja puse mi estudio, aprovechando el cómodo, aunque maltrecho, sofá. Mi trabajo de revisor de textos y traductor requiere leer mucho y pensé que sería un buen lugar para ello. En la habitación nueva llevé unas sillas de la otra para aprovechar su luminosidad como cuarto de estar y comedor. En la estantería del fondo puse mi vieja radio, mi teléfono de segunda mano con su pantalla rajada, su cargador y poco más. Odio la televisión y solo escucho la radio, de vez en cuando.

Al cuarto día noté que allí ocurrían cosas extrañas. Una casa no está completa sin unas macetas que limpien el aire y aporten vitalidad. Aquella mañana compré en el pueblo varias plantas y las repartí por la casa. Puse macetas en la cocina, en el dormitorio, en las escaleras, en mi despacho de trabajo y en el comedor. Por la tarde, la maceta de mi despacho en la habitación lúgubre estaba mustia y alicaída. Pensé que el dependiente del vivero me había engañado y yo, despistado, no me había fijado bien en que la planta no estaba lustrosa. Cuando me asomé a la habitación comedor mi sorpresa fue aún mayor. La planta que había comprado por la mañana había desaparecido. Se había esfumado la planta. El macetero estaba exactamente donde lo había dejado. No había hojas secas, ni la tierra estaba removida. No entendía nada. ¿Tal vez algún animal salvaje había entrado y se la había comido, despreciando la otra por estar marchita?

Hubo más cosas raras esa misma tarde, pero no quise darles importancia. Por ejemplo, alguien se había molestado en limpiar mi vieja radio, a conciencia. Se lo achaqué al servicio de reparación, limpieza y acondicionamiento que había contratado para que me ayudara con la casa. Habíamos acordado que vendrían dentro de dos días y dado que yo no estaría en la casa ese día, les había dejado las llaves. ¿Quién se había molestado en limpiar la radio e incluso restaurar las viejas sillas? Era obvio que el servicio de limpieza se había equivocado de día y al darse cuenta del error se habían marchado. Yo había estado varias horas arreglando cosas en el piso superior y no me percaté de su presencia.

A media tarde sentí el impulso de trabajar. Yo trabajo así, por impulsos. Puedo estar dos días sin trabajar y luego estar veinte horas sin parar ni para comer ni para dormir. Me senté en el decrépito y mullido sofá de mi habitación vieja y me puse a leer. Estuve varias horas concentrado, hasta que noté cierto dolor en las lumbares. “Será la postura y esta penetrante humedad”, pensé, y continué leyendo. Algo más tarde el dolor me iba subiendo por la espalda, pero quería terminar de leer aquellos folios, por lo que me resistí a detenerme. Un rato después ya no podía más, se me nublaba la mirada y me levanté. Casi no podía tenerme en pie. Estaba terriblemente atrofiado. Mi espalda estaba arqueada siguiendo la curvatura del sofá y me resultaba imposible ponerme recto. Me temblaban las piernas, me dolían las articulaciones y sentía una lumbalgia horrorosa. Por si fuera poco, brazos y manos tiritaban como si padeciera parkinson.

Los folios se me cayeron de las manos. Había perdido la fuerza en ellas. Me las miré y no podía creer lo que estaba viendo. Mis manos estaban arrugadas, como si acabara de salir de un baño con agua caliente. La luz de la tarde iba apagándose y no podía ver con nitidez. Me picaban los ojos. No sin dificultad, conseguí coger los folios del suelo y quería ir a beber agua, pero apenas podía andar. Estaba anquilosado. Nunca me había pasado algo así. Parecía un viejo andando por la habitación rumbo a la puerta, la cual parecía alejarse cada vez más.

Apenas podía dar un paso sin pensarlo varias veces. Caminaba tan lentamente que era como si el tiempo transcurriera más despacio, pero mi cuerpo me dolía. Mi espalda estaba tronchada. Estuve a punto de rendirme y dejarme caer al suelo, con la esperanza de que alguien me encontrara pronto. Nadie vendría hasta dentro de dos días, que era cuando estaban citados los del servicio de restauración. Por fortuna, ellos tenían llaves, pero yo no podía estar esperándolos dos días. Tenía que llegar a la otra habitación y llamar por teléfono. Mi única posibilidad era raspar el suelo con mis pasos para intentar avanzar.

A paso de tortuga lisiada fui avanzando lentamente por la habitación. Al llegar a una silla, la suerte quiso que mi paraguas descansara allí colgado. Lo usé como bastón y todo fue más fácil. Al llegar a la puerta, la mitad de los folios se me cayeron otra vez. Mi teléfono sonó en la soledad de la habitación comedor, con la impotencia de no poder contestar. Estaba apenas a diez metros, pero mi cuerpo estaba casi inmovilizado del todo, oxidado. Sería mi cliente para preguntarme cómo llevaba su encargo. Yo siempre contesto mis llamadas incluso cuando estoy enfermo, pero la rigidez me impedía avanzar. Poco a poco, atravesé la puerta, crucé el pasillo y, al fondo de mi comedor, vi mi teléfono sonando de nuevo sobre la estantería.

“¡Qué lejos está!”, exclamé. Tengo que llegar al teléfono y llamar a urgencias. Tal vez estuviera sufriendo un infarto. Con gran dolor de piernas avancé por la penumbra de la habitación. Mi inestabilidad la superaba gracias al paraguas que no dejaba de vibrar en mis manos. Paré un momento para frotarme los ojos. Me rasqué la cabeza y, sin querer, me arranqué un mechón de pelos encanecidos. Mi calva estaba apoderándose de mi cabeza más rápido de lo que yo pensaba. Fue horroroso, pero me centré en llegar al teléfono como fuera.

Cuando llegué a la mesa que estaba en medio de la habitación, no pude más. Me estaba ahogando del esfuerzo y me senté a respirar. Varias bocanadas me dieron la vida. Sentado pude descansar y, poco a poco, empecé a encontrarme mejor. Me sentí aliviado. En unos quince minutos, mi espalda ya no me dolía y mis brazos ya no temblaban. Miré mis manos y estaban bien, como siempre, sin temblores. Me levanté, me senté otra vez, y estaba perfectamente. Nunca me había pasado algo así, por lo que todo había sido de una mala postura y de la recalcitrante humedad de la otra habitación.

En mi mano tenía los folios que tenía que terminar de leer. Debía devolver la llamada a mi cliente, pero antes quería terminar de leer todo para darle una valoración más precisa. Me puse a leer y el tiempo pasó volando. Estaba entretenido y en aquella silla no me dolía nada. Por cambiar de postura me puse de rodillas en la silla, recordando mi niñez en el colegio. Sentado sobre mis talones, leí con avidez. Me sentí extrañamente cómodo en esa inusual postura y seguí leyendo hasta que terminé el último folio. Cuando lo acabé, noté como si los folios fueran más grandes. La mesa estaba más alta y todo a mi alrededor parecía más grande. Miré mis manos y eran más pequeñas. Recordé las manos arrugadas que había visto en la otra habitación y entonces relacioné todo, incluyendo el misterio de las macetas y de la radio.

La maceta vacía aún descansaba sobre la mesa. Me incorporé y miré dentro de la tierra. Allí solo había una semilla, lo cual confirmó mi teoría, por extraordinaria e imposible que me pareciera. En la habitación vieja el tiempo pasaba más deprisa y todo envejecía a gran velocidad. Allí todo envejecía prematura y presurosamente. En cambio, en la habitación comedor en la que estaba, el tiempo estaba pasando hacia atrás y yo había llegado a ser un chaval de unos diez años. Por eso me parecía todo tan grande. Por eso la planta se había convertido en semilla. Salté de la silla y noté que mi ropa me estaba muy grande, aunque era ropa totalmente nueva.

Tenía que salir de aquella habitación. Me puse nervioso, como un chaval de ocho años ante algo inesperado. Intentando correr, me tropecé con mis enormes vestimentas. Intenté arremangarme los ropajes de brazos y piernas. Fue imposible, por lo que decidí quitarme toda la ropa menos mi camiseta interior de manga corta que se me quedó como un camisón en el cuerpo de un niño de seis años.

Antes de salir, me acordé de mi teléfono y me volví a cogerlo. Incomprensiblemente se enredó el cargador. El tiempo pasaba hacia atrás a tirones. Yo tenía entonces ya unos cuatro años y me costó desconectar el teléfono. Para mi sorpresa, la pantalla estaba restaurada, era nueva. El tiempo se me echaba encima. La habitación estaba absorbiendo mi tiempo como lo había hecho antes con la planta. ¿Qué pasaría conmigo? No quería descubrirlo. Cuando iba por mitad de la habitación ya era un niño de dos años con un teléfono que pesaba demasiado y que se me cayó entre mis dos manitas. Cometí el error de intentar cogerlo y cuando me levanté ya apenas tenía un año. El teléfono volvió a caerse, pero ya ni se me ocurrió volver a cogerlo. No hubiera podido. Con pasos temblorosos, caminé en zigzag como si fueran mis primeros pasos, que podrían ser los últimos. Mi viaje atrás en el tiempo me llevó a ser un crío de unos once meses que cayó al suelo al desequilibrarse. Lloré como un bebé cuando, por un momento, mi conciencia de adulto me inspiró a gatear para escapar de la muerte o desvanecimiento en aquella habitación que me robaba mi tiempo.

Descubrí primero que no sabía gatear con soltura y después que no podía hacerlo. Ya con apenas unos seis meses, no tenía fuerza suficiente. Me vi atrapado en una habitación asesina donde tal vez no encontraran ni siquiera mi cadáver, convertido posiblemente en un microscópico cigoto. No podía andar, no podía gatear, no podía llamar por teléfono y… ¿llorar? ¿Para qué? Me rendí a la evidencia de que no había nada que hacer. Veía mis últimos instantes de vida consumiendo mi cuerpo de bebé envuelto en mi camiseta, que estaba en mejor estado que aquella misma mañana. ¿Quién puede imaginar su muerte convertido en bebé? Pataleando y tirado en el suelo de aquella maldita casa no sentí pena de mí mismo, ni alegría. Era una extraña sensación de paz y modorra, mientras mi vida se esfumaba.

Repentinamente caí en la cuenta de que si me dormía ahí acabaría todo, y me estaba durmiendo como un bebé cansado. No podía gatear, pero podía aún rodar. Giré sobre mí mismo una y otra vez y en dos vueltas ya estaba en el pasillo donde, yo esperaba ya no rejuvenecer más. Me sentí aliviado y me dormí dulcemente, sin saber si despertaría de mi viaje en el tiempo.

A la mañana siguiente me desperté con frío y sentí, aliviado, que todo aquello había sido un extraño sueño, hasta que intenté levantarme. Yo seguía tirado en el pasillo, con cuatro o cinco meses, enredado en una camiseta rellena de excrementos y bastante húmeda por algún motivo. Entonces lloré absurda y vanamente. Una luz de conciencia me recordó los sucesos del día anterior. Por sorprendente que fuera, allí estaba yo rejuvenecido y sin poder hacer nada. Recordé que al día siguiente vendrían a limpiar. Encontrarían un bebé abandonado y lo llevarían a un hospicio o con una familia de adopción. A mí me buscaría la policía por robar o por abandonar a un bebé. Nunca nadie sabría que aquel bebé era yo.

A mi mente vino, como un sueño, la imagen de cuando estaba leyendo de rodillas en la silla del comedor. Justo cuando descubrí que estaba más joven tenía que haber salido de esa habitación sin demora. En cambio por coger el teléfono la habitación casi me consumió. Y peor hubiera sido si hubiera muerto de viejo en la habitación de enfrente, entre los dolores de la senectud. Por poco me quedo allí atrapado y solo hubieran encontrado mis huesos, porque… porque… ¡Eureka! Entonces se me ocurrió que si conseguía rodar o arrastrarme hasta aquella habitación, podría envejecer hasta la edad que quisiera. Debía intentarlo, pues eran solo unas dos vueltas más. A pesar de tener un hambre atroz, en vez de llorar me puse a balancearme para intentar rodar.

Dos rotaciones más tarde conseguí colarme en la habitación vieja. Descansando allí, escuché el crujido de mis propios huesos creciendo, hasta que pude ponerme de pie. Iba a salir de la habitación, pero no quería quedarme como un adolescente con un agresivo acné facial. Esperé y esperé hasta que conseguí mi edad anterior aproximadamente. Ya en el pasillo, más tranquilo, me quité aquella repugnante camiseta y la arrojé con asco al suelo mientras me daba una arcada.

Luego pensé que sería mejor rejuvenecer unos años, no muchos. Sin pasarme de tiempo, me colé en la habitación rejuvenecedora hasta que recuperé todo mi pelo y una sonrisa. Con pelo en mi coronilla y sin canas, cogí mi nueva radio y salí corriendo con una alegría inmensa de haber escapado por muy poco de dos muertes consecutivas. Encendí el aparato, puse música alegre y salí de la casa bailando. Pegué un portazo de alegría y entonces, como en alguna película cuyo título he olvidado, la casa crujió. Yo me alejé brincando mientras todos los muros colapsaban empezando a desmoronarse por la parte de la habitación vieja. Las vigas habían envejecido demasiado y la estructura no aguantó.

Me llevé las manos a la cabeza y entonces me di cuenta de que aún estaba desnudo y con restos de caca de bebé. Pero estaba contento y con música. Por primera vez en mucho tiempo hice lo que me apetecía hacer: bailar.

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