Reproches infinitos

Tus silencios son torpedos a la línea de flotación de mi cordura. Rayos que funden mis neuronas. Me persiguen por el día y me desvelan por la noche. Yo te amo, pero no te soporto.

Me esclavizas porque sabes que no puedo separarme de ti. Es imposible. Soy carne pegada a ti como las olas al casco. Lo sabes y me torturas sin el menor atisbo de piedad. Lo sabes y me corroes como el salitre. Te metes con mis gramos de sobrepeso, con mi nariz grande de familia, con mi pelo como lo ponga. Cargas contra toda mi esencia. Puedo cambiar mi ropa, mis costumbres, mi vida… Te lo he demostrado. Pero siempre seré yo. Tú en cambio, me dices que no cambiarás nunca. ¿Siempre serás cruel? ¿Dónde quedó esa dulce empatía que tenías cuando empezamos a intimar miradas?

Recuerdo los años despreocupados en los que casi ni nos veíamos y cómo se tornaron, con tu luz, en mis mejores recuerdos antes de que tu mirada se volviera fría y cortante. Como el vidrio, claro. Empezaste a vomitarme improperios y a dejar de verme. Me mirabas y no me veías. Me hacías ver una imagen distorsionada a la que lanzabas explosivos que sabías que detonaban en mi alma. Me hundías y me rescatabas para volver a hundirme. Impúdico pasatiempo con el que anegabas mis ojos.

Sentirte cerca era oler mi decepción, mi fracaso. Podías haberme dejado en paz, aunque solo fuera por caridad, aunque la soledad me hubiera llevado al incierto abismo de la deriva. O directamente a la crudeza del naufragio.

Tú nunca me has necesitado, pero sabías que yo moriría por un segundo más contigo, incluso cuando tus insultos ya eran cotidianos. Entiendo —aunque no lo quiera— por qué soy yo la diana perfecta para tus misiles de odio.

Verte es ahogarme con tus gestos, asfixiarme con tu silencio, enloquecer por querer ser lo que no soy. Quiero liberarme, pero me encadeno más y más a este kafkiano apego. Tu presencia me atormenta. Tu mirada me martiriza hasta desgarrarme por dentro con insufrible angustia. Romperte me vestirá de salvación o de desgracia. Pero dejaras de abusar, aunque te claves en mí, marcando mi piel. Podré vivir sin mi sangre, sin verme, sin ti, sin tus rayos reflejados… Solo eres una lámina de vidrio con metal plateado y pintura de soberbia por detrás.

♦ Más de amores:

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