El compás del miedo

Aquel lunes, la cara de Paco tenía una expresión que yo no sabía interpretar.

Paco es el mejor compañero de trabajo que he tenido. Nos apoyamos mutuamente, nos cubrimos cuando es necesario, nos complementamos y nos compenetramos. Tenemos una especie de conexión especial. Sabemos lo que piensa el otro con una sola mirada. A veces, los dos nos empezamos a reír por algo y los demás se nos quedan mirando extrañados preguntándose: «¿de qué se ríen estos?».

El otro día me pasó un bolígrafo antes de que yo me diera cuenta de que había perdido el mío. Ese mismo día, él se despidió con su típico «¡hasta mañana!» y yo le dije:

—Mañana no vas a venir.

—¿Cómo que no? —preguntó extrañado—. Seguro que vengo.

—No, Paco, tienes mala cara y mañana tendrás tu clásico resfriado de diciembre.

—¡Anda ya! —exclamó—. ¡Hasta mañana!

—Que te mejores —le dije antes de que cerrara la puerta mientras nuestros compañeros se reían de mi chocante predicción.

Al día siguiente no vino a trabajar. Yo lo sabía. Había visto su cara año tras año y sabía que esa era la cara de cuando al día siguiente está fatalmente resfriado. No sabría describir su rostro de indisposición inminente. No sé por qué sé esas cosas.

Lunes

Tras más de diez años trabajando juntos, conozco sus expresiones mejor que él mismo. En cambio, aquel lunes su cara reflejaba algo extraño. Estaba como ausente, como nervioso, como si fuera un espía que intentara disimularlo. No le dije nada por no obligarle a contestar ante el resto de compañeros, pero cuando nos quedamos solos le pregunté qué le pasaba.

—Nada —contestó escuetamente.

Yo sabía que le pasaba algo. Era raro que no quisiera contármelo pero, al fin y al cabo, todos tenemos nuestros secretos. Más extraño aún era que contestara con una única palabra. Algo le preocupaba. De eso no había duda. Imaginé que sería cualquier nimiedad.

Martes

Mi preocupación aumentó cuando al día siguiente estaba igual. Más que un espía me pareció como si Paco creyera que lo estaban espiando. Miró detrás de la puerta buscando a alguien escondido. Luego examinó meticulosamente debajo de su mesa y de su silla antes de sentarse. También escudriñó la habitación y rebuscó por sus cajones.

Estábamos pasando una temporada con bastante trabajo por lo que no encontramos tiempo ni para una pequeña charla. Él se marchó antes y yo ni me enteré cuándo.

Miércoles

Paco estaba igual. No, sin duda estaba peor. Había perdido su forma de ser alegre y distendida y sus ojeras iban creciendo. Evidentemente, no estaba durmiendo bien. Le pregunté varias veces, pero me contestó con evasivas. Evasivas a mí, su mejor amigo.

No podía verlo así ni un solo día más. Así pues, lo esperé en el parque que él atraviesa cuando vuelve a su casa. Lo abordé sin que se lo esperara.

—¡Hola Paco!

—¡Aaaah! —gritó del susto y corrió unos pasos hasta que se percató de que era yo.

Bajó la cabeza como avergonzado y aceleró el paso. Yo corrí, tiré de su brazo con decisión y le exigí:

—A ti te pasa algo y me lo tienes que contar. ¿Te he hecho algo? ¿Es por mi culpa? ¿Puedo ayudarte?

Os ahorraré los detalles de todo lo que me costó convencerlo para que se sentase en un banco del parque. Allí comenzó a abrirse:

—Me da vergüenza. Me cuesta admitirlo, pero no estoy bien. No sé cómo contarlo. ¡Estoy volviéndome loco!

—Paco, tranquilo. Si necesitas dinero, yo te puedo prestar algo. Si tienes problemas con alguien, le pido ayuda a mi cuñado, el policía. Mi prima es médica, mi vecina es psicóloga, y mi…

—Eso necesito —me interrumpió—. Una psicóloga…

Yo quedé enmudecido. Pensé que sería mejor no presionarlo demasiado aunque realmente yo estaba bastante nervioso e intrigado. Finalmente, Paco se derrumbó y me lo contó:

—Lo siento, me da vergüenza. Todo empezó el fin de semana. Estaba solo en casa y me puse a ver una película de un asesino en serie. La película no era muy buena, pero la banda sonora me impactó. El asesino en serie se escondía detrás de las cortinas, detrás de las puertas, debajo de la cama… y siempre sonaba la misma música que me recordó un poco la banda sonora de Tiburón…

Mientras Paco entonaba las notas de aquella melodía yo estaba absorto mirándole, concentrado en su magistral interpretación a capela. Sin duda, esa música la había escuchado yo antes hacía tiempo. Obnubilado por su historia y por su interpretación musical, me sorprendí de que Paco imitara tan bien los variados instrumentos de aquella melodía. Yo estaba como hipnotizado, con los ojos bien abiertos, atento más a su música que a sus palabras. Cuando se quedó en silencio, salí de un extraño estado, como adormilado. Fue como si despertara de un sueño profundo. Al verme zarandear la cabeza y parpadear nerviosamente, Paco me preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí, sí —contesté rápidamente—. Continúa, por favor.

—El caso es que ahora la música no puedo quitármela de la cabeza y, cuando la escucho, pienso que aquel asesino, u otro, está acechándome. Cuando voy por el pasillo de mi casa, imagino que el asesino está al doblar la esquina. Al entrar en una habitación, abro totalmente la puerta de forma brusca, para golpear a quien esté detrás. Luego miro y, claro, no hay nadie. No puedo ni dormir, y cuando por fin cierro los ojos, me despierto en cuestión de minutos. Tengo que mirar debajo de la cama varias veces. Me levanto y miro en el armario. Voy a la cocina, cojo un cuchillo y recorro la casa lentamente, sin hacer ruido, esperando encontrarme a un invasor. Por supuesto, nunca he encontrado a nadie. Yo sé que no hay nadie, pero siento que está allí y no puedo evitarlo. Hasta por la calle siento que me siguen. Lo percibo.

—A ver, Paco —le dije yo—, ¿quién va a querer asesinarte? Si a ti te quiere todo el mundo.

—No lo entiendes. Es un asesino en serie. Le da igual a quien matar. Podría ser a ti o a aquel señor de allí. Yo sé que es muy difícil que un asesino me siga pero, ¿y si me equivoco?

—¿Cómo te vas a equivocar? No hay asesinos en serie aquí. Saldría en las noticias.

—¿Y si es su primer asesinato? Todos los asesinos en serie tienen su primer asesinato. ¿Y si la policía está ocultando los datos para poder sorprenderlo? Creo que los chicos de la oficina traman algo contra mí.

Lo que me estaba contando me parecía surrealista, una broma de las de Paco, que la estaba llevando demasiado lejos. En cambio, sus ojos vidriosos, sus temblores y su semblante serio y preocupado me dejaban claro que no se trataba de una broma. No dejaba de mirar para todos los lados, incluso debajo del banco donde estábamos sentados. Tuve que reconocer que yo no podía hacer mucho por él. Necesitaba ayuda.

Lo dejé allí sentado y me alejé unos metros para llamar a mi vecina, la psicóloga. Le resumí el caso y le dio cita para el lunes. Me pareció muy tarde siendo miércoles, pero fue imposible que lo atendiera antes.

Cuando volví a hablar con Paco, estaba susurrando aquella misteriosa música. Me quedé mirándolo, ensimismado y de nuevo sentí un extraño sopor, una especie de mareo raro, un escalofrío, un hormigueo por los brazos. Cuando Paco se percató de mi presencia, dejó de cantar y yo salí de ese estado de insólito arrebatamiento. Entonces, le expliqué:

—Paco, vete a casa y no vayas a trabajar ni mañana, ni el viernes, ni el lunes. Yo te cubro. El lunes por la tarde tienes cita con una psicóloga y ya vamos viendo. Intenta no salir de casa y si necesitas algo, me llamas. ¿Vale?

—Lo que tú digas —aceptó sumisamente—. Pero quédate en mi casa a dormir, por favor, o llamaré a la policía. No quiero estar solo en casa. Mi casa no es segura.

—Tú casa es el mejor sitio. No se te ocurra llamar a la policía. ¿Me oyes? Cierra bien la puerta y todas las ventanas.

—Las ventanas —susurró—. También puede entrar por cualquier ventana… Tienes razón. Gracias.

Mi mujer estaba de viaje toda la semana, por lo que yo podía haberme quedado a dormir en su casa, pero no lo hice, a pesar de lo mucho que insistió. Me pareció que eso era hacerle un flaco favor, porque impediría que él se diera cuenta de que eran absurdos sus pensamientos y su manía persecutoria. No era un riesgo real. Hasta él reconocía que era una absurda sensación. Le dije que me llamara siempre que quisiera, a cualquier hora y le insistí en que no llamara a la policía, para no complicar más la cosa.

Jueves

Al día siguiente, efectivamente, Paco no fue a trabajar. Me sorprendió que nadie lo echara de menos y que nadie preguntara por él. ¿Y si realmente estaban todos compinchados contra el pobre Paco? ¿Y si todos habían urdido un plan para generarle una psicosis paranoica?

Ese día estuve bien atento a todos los movimientos. Noté, claramente, que todos me miraban raro a mí, el mejor amigo de Paco. Tal vez me culpaban de que Paco no hubiera ido a trabajar o de lo que le estaba pasando. Mi compañera Elisa, que normalmente es muy amable, me dio varias malas respuestas aquel día. ¿Qué le estaba pasando a todo el mundo?

Cuando fui al servicio, sentí miedo de mis propios compañeros. Cerré la puerta con el pestillo y me aseguré de cerrar bien. Al salir, abrí la puerta con cuidado y solo salí cuando estaba seguro de que no había nadie más por allí. Escapé del servicio rápidamente para evitar quedarme solo, por si allí hubiera un agresor escondido esperándome.

Estuve toda la jornada intentando no darle la espalda a ninguno de mis compañeros. No me fiaba. Me los imaginaba clavándome algo por la espalda. Sorprendí a Arturo, el jefe de material, jugando con un abrecartas mientras me miraba socarronamente.

Los nervios me comieron durante toda la mañana y me mantuvieron mirando el reloj constantemente, esperando la hora para huir a casa. Repentinamente, me sorprendía a mí mismo tarareando una canción extraña. ¿De qué me sonaba esa canción? ¡Exacto! Era la música que cantó Paco. La banda sonora de aquella película. Noté el vello de mis brazos erizándose.

Por fin, llegó la hora de irme a casa. Estaba deseando llegar a casa y abrazar a mi pareja. Sin embargo, al llegar a casa, ella no estaba. Había olvidado que estaba de viaje y que no llegaría hasta el lunes por la tarde. Hablé con ella por teléfono y no le conté nada de lo de Paco, para no preocuparla. También hablé con Paco, pero no le dije nada de nuestros compañeros de trabajo. No quise inquietarlo más aún.

Cené muy apesadumbrado e intranquilo. No tenía ganas de nada y me quise acostar pronto. Entonces, repentinamente, cuando iba por el pasillo, me vino a la mente la canción de Paco con sorprendente viveza. Me detuve en medio del oscuro pasillo y no podía avanzar. Retrocedí lentamente para encender la luz. Con valor, conseguí avanzar entre sombras que, inmóviles, me imaginé que amenazaban con atacarme. Me acosté rápido y logré dormirme bien tapado, con la cabeza bajo la sábana.

Viernes

Lo primero que hice al despertarme fue mirar bajo la cama. Se me ocurrió que el asesino que perseguía a Paco, tal vez nos hubiera visto hablando en el parque y se había enterado de que Paco me lo había contado todo. Entonces, era posible que quisiera eliminarme a mí también para evitar que impidiera su plan. Pero, ¿qué plan? ¿Generar un trastorno delirante en Paco? ¿O eliminarlo directamente? Me sentía muy ofuscado. No podía pensar con claridad con aquella música golpeando mi cráneo.

De repente volvía a la realidad y me daba cuenta de lo absurdo que eran esos pensamientos. Miré el reloj y ya iba con retraso. Rápidamente, me vestí y me fui sin desayunar. En el trabajo todos estaban aún más raros que el día anterior. Conté un chiste para romper el hielo, pero pareció como si todos estuvieran sordos. Ni siquiera hubo una sonrisa. Menos aún, ni una mirada.

A media mañana, llamé a Paco que me dijo que estaba un poco mejor, aunque sufría altibajos. Me tranquilizó. No le dije nada del extraño ambiente que había en el trabajo. Era mejor que no supiera nada aún. Estaba claro que su problema venía de los compañeros de trabajo. Estaban tramando algo contra Paco y contra mí.

Para no coincidir con ellos en los pasillos, en las escaleras o en el ascensor, me quedé trabajando hasta que todos se fueron. Era ya de noche. Me levanté y apagué la luz de mi flexo. Solo llegaba la tenue luz del pasillo. Me asustó la cortina que había detrás de mí al moverse suavemente. Armado con un bolígrafo descorrí la cortina bruscamente. La ventana estaba abierta y entraba una fría brisa. «¡Seré idiota!», pensé. Acto seguido deduje que si estaba abierta, alguien podría haberse colado por ella. Entonces, decidí huir de allí cuanto antes.

Cuando avanzaba por el pasillo, todo me pareció extrañamente en silencio. Era normal, un viernes a última hora. El pasillo giraba al llegar a los ascensores, pero antes de doblar escuché un sonido. Alguien estaba escondido allí, esperándome para atacarme por sorpresa. Miré a mi alrededor y vi una escoba apoyada sobre la pared. La cogí con fuerza y fui acercándome lentamente a la esquina donde giraba el pasillo hacia los ascensores. La música de la dichosa película sonaba en mi cabeza como si estuviera en una sala de conciertos. Al llegar a la esquina alguien corpulento y fornido se me abalanzó con una espátula en la mano. Estuve a punto de romperle la escoba en la cabeza, pero fui consciente a tiempo de que era Manolo, el de la limpieza, a quien di un susto de muerte:

—¿Qué te pasa, hombre? —me preguntó alarmado—. He oído que alguien cantaba y venía a ver quién era. Pensaba que ya se había ido todo el mundo. Es viernes.

Yo estaba atónito. Le pedí disculpas mientras Manolo intentaba quitarme la escoba que yo aún empuñaba fuertemente.

—¿Te pasa algo? —preguntó de nuevo.

—Nada —contesté mientras le devolvía la escoba.

Llamé al ascensor y cuando llegó me metí dentro rápidamente. La puerta se estaba cerrando y con un rápido movimiento la bloqueé con mi pierna. Saqué medio cuerpo del ascensor y pregunté al hombre de la limpieza:

—Manolo, ¿estaba yo cantando antes?

—Sí, claro, aquí ya solo quedamos tú y yo… Por cierto, cantas muy bien y la música esa es como si me sonara de algo.

Entonces se puso a cantarla. Yo sentí la piel de gallina. Me metí en el ascensor y pulsé repetidamente el botón de planta baja. Imaginé que Manolo estaría bajando las escaleras para esperarme al salir y clavarme la espátula en mi cuello por la espalda.

Cuando el ascensor llegó abajo, me preparé para defenderme. Se abrieron las puertas y allí no había nadie. Respiré hondo, asomé la cabeza para mirar a ambos lados y salí corriendo como en la salida de los cien metros lisos. No dejé de correr hasta el parque. Me escondí entre unos setos para respirar y para mirar si alguien me seguía. Unos niños me miraron y se rieron. Sus risas estaban delatando mi presencia. Salí corriendo sin mirar atrás hasta llegar a la puerta de mi casa. Abrí el portal con nerviosismo y subí por las escaleras buscando la llave. Metí la llave en la cerradura, pero se atascó y no giraba. Tras varios intentos, conseguí abrir, para cerrar de un portazo detrás de mí.

Apoyé mi espalda en la puerta y respiré aliviado. Primero sentí que ya me había librado de quien fuera que me persiguiera. Cuando mi respiración se calmó ligeramente pensé que tal vez el asesino estaba dentro de casa esperándome.

Encendí todas las luces y revisé todas las habitaciones. No vi a nadie. Cerré la puerta de mi dormitorio, puse el pestillo y me acosté sin cenar. No tenía hambre, ni ganas de atravesar el pasillo hacia la cocina.

Sábado

Pasé muy mala noche. Prefiero olvidarla. Cuando los primeros rayos se colaban por la persiana vi que el pestillo de la puerta no estaba puesto. Alguien lo había quitado. Obviamente el asesino estaba en mi habitación, pero ¿dónde?

Me senté en medio de la cama, mirando a ambos lados y con la espalda apoyada sobre el cabecero. En mi mano tenía el teléfono como única arma arrojadiza. Empecé a llamar a la policía, pero luego me percaté de que era absurdo. Nadie podía haber entrado en mi dormitorio. Me relajé momentáneamente, hasta que pensé que si alguien estaba dentro solo podía estar en el armario o debajo de la cama. Imaginé entonces que alguien bajo mi cama introducía la mano entre el colchón y el cabecero y me agarraba mi camiseta con fuerza hasta asfixiarme. De un espasmo, me alejé de la pared y miré bajo la cama asomando la cabeza por el lado de los pies. No había nadie. Solo quedaba el armario. Con un rápido gesto, cerré el armario con llave y salí corriendo de la habitación.

Me refugié en la cocina, donde me armé con un buen cuchillo. Pasé todo el día con el cuchillo en la mano y sin atreverme a salir de casa, ni a acercarme a mi dormitorio. Dentro de casa no estaba seguro, pero fuera el peligro era mayor. Bajé las persianas para que fuera más difícil entrar por ellas. La casa quedó a oscuras, sin esa alegría que regala la luz natural.

La melodía de Paco me acosaba recurrentemente y no podía librarme de ella. Pensé en llamar a Paco para ver cómo estaba él, pero luego deduje que era obvio que Paco estaba contra mí. Él era el culpable de mi situación. Él y todos los compañeros de trabajo, Manolo incluido. Es curioso lo bien que entonó Manolo la melodía y eso que solo me había oído cantarla a mí unos segundos.

Paco y Manolo estaban compinchados, por lo que decidí que sería mejor no tener contacto con nadie para no dar pistas de si estaba o no en casa.

Domingo

El domingo no reconocí mi cara en el espejo. Llevaba tres noches sin dormir. Estaba lavándome la cara cuando algo se movió detrás de la cortina de la ducha. Empuñé el cuchillo que ya siempre llevaba conmigo y lo clavé firmemente en la cortina. Detrás no había nadie. La cortina colgaba inútilmente desgarrada.

Decidí poner el cuchillo en su sitio antes de que rompiera más cosas. No me atreví. Me sentía más seguro con el cuchillo a mi lado. ¿Y si Paco y los suyos venían a matarme? Al menos tendría algo para defenderme.

Por el pasillo me asustó una sombra que se movía, pero era mi propia sombra que hacía un juego de luces con un espejo. A media tarde no me atrevía a ir al servicio. Cuando la necesidad fue imperiosa, descubrí que la puerta estaba cerrada y yo nunca cierro la puerta. La abrí de un fuerte empujón y cuando creía que no había nadie, la puerta se movió con un sordo sonido. Me sobresalté. Sin pensarlo bien, pegué una patada a esa puerta y clavé el cuchillo a lo que hubiera detrás. Nada. El ruido había sido por una toalla que se había caído de su percha.

Todo tenía una explicación razonable, las sombras, la toalla… pero no podía dejar de pensar que en realidad mi estado de preocupación se debía a algo real orquestado por Paco, mi mejor amigo. Todo era como el miedo que sientes tras ver una película de terror. El miedo es real.

Las horas pasaban muy despacio. No me atreví a encender la televisión en todo el día porque así escucharía mejor los ruidos que hiciera un posible asaltante. Tampoco me concentré en un libro que estuve intentando leer. Pasé la noche en el sofá, con frío, por miedo a que me atacaran por el pasillo.

Lunes

El lunes, por fin, fui a recoger a mi mujer a la estación de tren. Estaba deseando verla para contarle lo de Paco. Ella me dio ánimos y me hizo ver que era absurdo que Paco quisiera hacerme daño a mí. Ella tenía razón, pero en cuanto la música llegaba a mi cabeza, los argumentos se desmoronaban.

—Es una música muy inquietante, sin duda —sentenció ella con una sonrisa—, pero no puedes dejar que una musiquilla te amargue la vida. Anda, vete a trabajar que vas a llegar muy tarde.

Efectivamente, llegué muy tarde y cuando llegué, allí estaba Paco, con una sonrisa malévola. Estaba esperándome y él lo confesó:

—Estaba esperándote.

—¿Qué quieres? ¡Aquí estoy! —contesté con tono desafiante.

Él disolvió su sonrisa y contraatacó:

—¿Qué te pasa? Solo quería decirte que desde que hablé contigo y te conté lo que me pasaba he ido mejorando lentamente. Estoy casi totalmente bien, si no fuera por las ideas suicidas. La música ha desaparecido de mi cabeza y ya ni me acuerdo de ella. Todo te lo debo a ti, que me abriste los ojos y me hiciste ver que no había nadie que me estuviera amenazando.

Yo no sabía cómo tomarme aquello. No tenía sentido que Paco quisiera hacerme daño, pero yo lo veía como una posible amenaza, alguien peligroso. Estaba actuando. Intentó congraciarse conmigo para que bajara la guardia, pero no lo consiguió. Me pasé toda la mañana mirándolo con recelo. Aproveché que él estaba en el servicio para irme a casa antes de la hora. Por el pasillo hacia los ascensores, de nuevo escuché la música infernal y me acordé de la anécdota con Manolo del viernes. Entonces, lo vi claro. Ya sabía lo que estaba pasando. Era Manolo el único que quería hacerme daño. ¿Por qué tenía Manolo algo contra mí?

La música se hizo más fuerte conforme me acercaba a la esquina del pasillo. Me asomé con cuidado por si hubiera alguien esperándome y, efectivamente, allí estaba Manolo disimulando, dándome la espalda, fregando el suelo con sus fuertes brazos, y entonando magistralmente bien aquella melodía que, por error, yo había pensado que procedía del interior de mi cabeza.

—¡Manolo! —exclamé con decisión para preguntarle qué tenía contra mí.

Mi voz le asustó y al verme, se volvió con furia, me cogió de las solapas con sus hercúleos brazos, me arrastró hasta la pared y me gritó:

—¿Qué tienes contra mí? ¿Qué te he hecho?

Sus ojos estaban brillantes y humedecidos. Parecía que se iban a salir de sus cuencas. Entonces me soltó y salió corriendo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro!».

Mi cara debía de reflejar el pavor que sentía. Manolo me había preguntado si yo tenía algo contra él, cuando estaba claro que era él el que tenía algo contra mí. Intentaba confundirme, pero no lo iba a conseguir. Yo salí corriendo escaleras abajo. A mis espaldas escuché a varias personas intentando descubrir quién había pedido auxilio a gritos.

Recogí a mi esposa en el trabajo y de camino a casa, paseando, le conté lo sucedido:

—Cariño, desde que hablé contigo esta mañana me he estado encontrando mejor de forma intermitente. Por un momento pensé que el culpable de todo era Manolo, el que limpia en mi trabajo, pero luego me he dado cuenta de que la culpa de todo es de la canción. Es una canción infernal que como la oiga una vez más, me suicido.

—¿La canción? —cuestionó ella con escepticismo—. La canción es muy extraña, pero no tiene la culpa de nada.

Entonces, ella se puso a cantar la canción con su voz dulce y maravillosa. Sus ojos parecieron irse al infinito y, ojiplática, entonó unos compases soberbiamente. Yo estaba estupefacto de que ella conociera tan bien aquella execrable canción. ¿Cuándo la había escuchado completa? Esa misma mañana yo mismo se la había cantado, pero apenas unos segundos, un compás. Mientras pensaba todo esto, ella estaba cantando sin parar. Estábamos esperando a cruzar en un semáforo cuando una joven se paró a escuchar la canción. Me fijé en sus ojos y estaban como perdidos, como ausentes, como hipnotizados… igual que yo cuando Paco me la cantó por primera vez. Entonces yo la detuve de un grito:

—¡Detente! ¡No cantes más esa canción! —ordené mientras le tapaba la boca.

—La canción no tiene la culpa —me contestó ella con un mal gesto mientras aceleró el paso para cruzar deprisa.

Yo corrí unos metros para ponerme a su lado. La miré con asombro. Ella se volvió hacia mí con sus ojos desgarrados y me susurró:

—Corramos a casa. El hombre de atrás nos está siguiendo.

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