Lo peor en un horario de trenes

La fama me obliga a conocer a muchas personas. En una exposición en Nueva York conocí a una joven que no dejaba de bromear, de contar chistes y de reírse por cualquier cosa. Yo, a pesar de que adoro la soledad de mi estudio de pintura, me sentí atraído al instante.

A lo largo de unos dos meses, quedamos varias veces y poco a poco nuestra relación fue afianzándose. Ella ya me presentaba como su novio, pero yo era más cauto. No obstante, cuando me invitaron a dar una charla en Filadelfia le pregunté si quería venir conmigo. Ella aceptó encantada.

El viaje en tren se me hizo largo y renqueante. Sus chistes ya no me hacían gracia, sus bromas me parecían pesadas y sus risas, chillonas y forzadas. «¿Qué hacemos los dos juntos?», me pregunté. Con el eco de esta pregunta, llegamos al hotel. En el ascensor pensé que ella se daría cuenta de que yo estaba serio, pero no lo notó, o no dijo nada. Entramos en la habitación y todo le pareció magnífico: la luz abierta de la ventana, la dura cama… hasta el color impersonal de las paredes. A mí todo eso me daba igual.

Me encerré en el cuarto de baño para refugiarme con la exigencia de una decisión. Me sentía mal porque no estaba siendo sincero con ella. Ella quería algo que yo no podría darle nunca. Ella merecía otra cosa. Tomé la decisión de romper esa relación urgentemente. En cambio, no tenía valor de hacerlo en persona. Lo sé. Fui un cobarde y le escribí una nota en el margen del horario de trenes: «Lo siento, pero no hacemos buena pareja y tú mereces alguien mejor. No me busques». Con disimulo, metí el papel doblado en su bolso, como si el papel manchara mis dedos. Le dije que habían confundido mi maleta en recepción, por lo que tenía que bajar para aclarar el error. Mi plan era pagar ese hotel y huir. Me puse mi chaqueta y, antes de que pudiera abrir la puerta, ella ya había descubierto mi nota.

Ni siquiera me miró. Se sentó en la cama con el horario de trenes en las manos. Cabizbaja, la luz iluminó bien sus hombros y sombreó su cara, convirtiéndose en la escena ideal para uno de mis cuadros. Más que la luz era su tristeza la que lo inundaba todo. Y fue eso lo que me enamoró definitivamente.

Me acerqué y le dije que había sido una broma sin sensibilidad por mi parte. Le rogué que me perdonara. Ella se limpió las lágrimas y me preguntó si había sido para vengarme de sus bromas. Asentí con un beso.

♦ Nota: Relato inspirado por el cuadro Habitación de hotel de Edward Hopper.

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2 comentarios sobre “Lo peor en un horario de trenes

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