De la nada al todo (relato sobre la conservación de la naturaleza)

Abubilla (Upupa epops) en una ramaYo era una persona normal. Ahora no. Ahora soy raro.

Era un millennial típico de mi generación. Todas mis amistades encajábamos bastante bien en el mismo estereotipo: pegados al móvil, enganchados a las redes sociales, alérgicos al compromiso, amantes de los viajes y de vivir la vida, mileuristas, consumistas, creativos, y supuestamente independientes, aunque yo vivía con mi padre (lo cual no era en absoluto raro).

La culpa de mi cambio la tuvo el móvil. Se rompió precisamente un viernes. Me había gastado todo el dinero en unas vacaciones con mis colegas por las islas griegas, hasta con un pequeño crucero. El verano de 2019 sería fantástico. Pero ese fin de semana estaba sin dinero y sin teléfono.

La exasperante lentitud del ordenador de mi padre lo protegía de mí. ¿Qué podía hacer para pasar las horas? ¿Leer un libro? Lo descarté. Por aquel entonces pensaba que nadie leía libros. ¿Para qué leer si todo lo importante estaba en Youtube? ¡Qué ignorante!

Consideré ver una serie, pero la tele de mi padre no tenía internet. Entonces, miré la hora en un viejo reloj digital que mi padre aún mantiene en el salón. Junto a la hora, tenía dos extrañas filas de números seguidas de “Mhz” y “Khz”. Al ver “FM” y “AM” entendí que aquello era también una radio. La encendí y giré la rueda para buscar manualmente alguna emisora. Tras varias cadenas de música mala y de fútbol encontré una voz cálida hablando de algo tan mundano como los árboles. El programa tenía el curioso nombre de El Bosque Habitado. ¿Aún hay quién oye la radio? —me pregunté. Por extraño que me pareciera, siempre hay alguien escuchando la radio, un invento cuya primera transmisión fue en 1906.

La radio hablaba de una cosa que solo había visto en el colegio, la naturaleza. En lo más esencial, yo ignoraba que éramos tan dependientes de la naturaleza y que estuviéramos agrediéndola de forma tan espeluznante. Por supuesto que conocía lo del cambio climático y lo de la contaminación global por plásticos y por combustibles. No sería tan grave cuando ningún gobierno hacía nada.

Tras ese despertar, leí libros de Joaquín Araújo y de Naomi Klein, revistas ecologistas y blogs como Blogsostenible. Me hice socio de un par de ONG y, finalmente, cancelé el viaje con mis amigos. Los aviones son muy contaminantes y los cruceros aún más. Ellos no lo entendieron. No perdí a mis amigos, pero se distanciaron de mí, o yo de ellos. Para entonces ya era “el raro”.

Cambié las fiestas nocturnas por noches en el bosque, los bares por excursiones al amanecer y muchas horas en redes sociales por páginas de libros inolvidables. A veces me sentía solo y no sabía si mi cambio tenía algún sentido. En un mundo tan aberrante es un elogio ser raro, pero… ¿qué sentido tiene que una persona insignificante cambie?

Abubilla en un prado verdeLa respuesta la encontré un día paseando por el campo. Una abubilla había caído en el centro de una balsa de riego y estaba intentando salir. Observé cómo iba perdiendo sus fuerzas lentamente. Yo era solo un espectador.

Repentinamente quise ser actor. Bajé la empinada rampa, me metí en el agua hasta la cintura y la saqué. En cuanto recuperó el aliento, salió volando. Aquello me recordó una frase del Talmud que conocí en La Lista de Schindler: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”.

¡Qué bonito sería que fuera verdad!

—Dedicado a todos los que cambian y hacen cambiar—

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