Descubrí lo que siempre estuvo ahí

La ciudad estaba extrañamente congelada. Mi bicicleta se paralizó para observar aquellas calles, sin tráfico, sin ruido, y una paloma muerta un 26 de octubre bajo temperaturas de enero. ¿Dónde están los currantes que a las 7:50 miran el reloj resoplando?

Antes de pensar en un ataque nuclear o bacteriológico, intuí un confinamiento de la población decretado por la pandemia. Yo no me había enterado de nada. Con el vaho empañando la pantalla y tiritando, busqué sin éxito la noticia. Era el lunes de octubre más oscuro e inclemente de la historia.

Al llegar al trabajo, la sensación de soledad y misterio arribó en trineo a mi corazón. No era raro que fuera el primero en llegar, pero todo estaba más lúgubre y silencioso que nunca. Me inundó la misma sensación de abandono que cuando mis padres me arrojaban al internado cada septiembre. Cuando miré el reloj olvidé todo y me puse a trabajar. No me importa que los demás lleguen tarde. Yo estoy clavado trabajando a las ocho en punto. Aunque se burlen de mí.

En un santiamén devoré noventa minutos sin que el frígido vacío circundante se disipara. Aquello no era solo insólito, era imposible. Consulte el calendario laboral y aquel día no había que celebrar ninguna fiesta extraña y olvidada. Tal vez mis compañeros se habían pedido el día libre sin percatarse de una fatal coincidencia colectiva. Involuntariamente, mi memoria me recordó que nuestro insensible jefe ya había vomitado un monumental enfado por algo similar. Otra vez me tocaría soportar una bronca amarga por un error ajeno.

Como siempre, a las 9:40 estaba saliendo —como si nada ocurriera— por la puerta para hacer mi descanso. Aquel día gris marengo merecía un buen desayuno con algún humeante reconstituyente. Con un escalofrío, un exagerado frescor matutino apagó mi sonrisa incipiente. Pero entonces sucedió el milagro inesperado. Era 26 de octubre, un día helado para olvidar, que siempre recordaré cálidamente porque, a veces, los errores se convierten en los mayores aciertos.

El sol estaba naciendo por el fondo de la calle. “¿Qué horas son estas para amanecer? En este país nadie es puntual” —pensé—. Eclipsado mi entendimiento por la magia del amanecer, me olvidé de todo lo sobrenatural que suponía la impuntualidad solar para centrarme en las tonalidades rosas y naranjas que coloreaban las nubes acá y el cielo allá. Cada instante, la bóveda mutaba de colores y de formas hechizando mi alma asombrada.

Solo desperté del éxtasis cuando el sol quemaba mis ojos. Entonces lo comprendí todo. El cambio de hora del domingo lo había ejecutado a la inversa. En vez de atrasar una hora, había adelantado mi reloj hacia el embrujo del nacimiento. Desde entonces madrugo más para no perderme el amanecer desde mi bicicleta.

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