La misteriosa desaparición de mi abuelo

Si desapareces con 83 años todo el mundo pensará que ha sido culpa del Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa, un tipo de demencia senil. Mi abuelo Claudio desapareció un día sin dejar rastro y, al parecer, solo yo estaba seguro de que no era por el Alzheimer.

Mi abuelo tenía, por supuesto, pérdidas de memoria, andaba con dificultad —cada vez peor—, tenía poca energía, sufría cambios en su estado anímico y también tenía problemas de atención y de comunicación. Todos estos son síntomas del dichoso Alzheimer. En cambio, él no tenía esa enfermedad, porque no sufría cambios de personalidad, ni problemas de orientación, ni dificultad para reconocer personas o hacer operaciones matemáticas de cierta complejidad. Ningún médico le había diagnosticado Alzheimer, sencillamente porque mi abuelo no tenía Alzheimer.

En la residencia de ancianos, tal vez para evitar sentirse culpables, le echaban la culpa al Alzheimer, pero la realidad es que ellos sabían que era muy raro que mi abuelo desapareciera así, de repente. Una buena mañana lo echaron de menos a la hora del desayuno. Lo primero que hicieron fue llamar a la policía. Lo segundo fue llamarme a mí. Estábamos muy unidos, quizás porque a mí me pusieron de nombre Claudio, como él. De sus dos hijos y cuatro nietos, yo era el único que lo visitaba cada semana, sin falta. Si una semana no podía, a la siguiente lo visitaba dos veces. En la residencia me conocían bien y el personal se volcó conmigo intentando consolarme y darme todo tipo de explicaciones y excusas. Tal fue así que tuve que ser yo quien les tranquilizase a todos ellos. Les pedí que hiciéramos lo que la policía pidiera, además de buscarlo por todo el pueblo y por los alrededores.

El inspector de policía me aseguró que lo encontrarían, que probablemente se habría desorientado y perdido, y estaría dando vueltas por el pueblo. Se dio aviso a todas las unidades policiales y la noticia corrió rápido por el pueblo, pero tras más de dos horas, aún seguíamos sin saber nada. Llamamos a todos sus amigos y familiares más o menos lejanos, pero nadie sabía nada en absoluto.

—Señor inspector, ¿han mirado las cámaras de seguridad que pueda haber cerca de aquí? —me atreví a sugerir.

Titubeando, el inspector me dijo que lo estaban investigando, pero a mí me dio la sensación de que no se le había ocurrido y salió corriendo excusándose de que tenía otros casos pendientes.

Yo no paraba de dar vueltas por todo el pueblo, especialmente por las zonas a las que le gustaba ir a pasear. Junto al río me temí lo peor. Tal vez se había caído, pero era un río de poca profundidad y en esta época ni siquiera llevaba mucha corriente. Había sido un otoño poco lluvioso y las nieves aún no habían comenzado su deshielo. A pesar de todo, el poco agua era suficiente para ahogar a un anciano, pero no para llevarse su cuerpo muy lejos. Seguí el curso del riachuelo varios kilómetros, sin ver nada raro. Hasta me metí para comprobar que la profundidad superaba por poco mis rodillas en los sitios más profundos, no en la orilla, que es donde hubiera caído mi abuelo. El agua estaba muy fría, pero la corriente no era fuerte. Salí tiritando y haciéndome muchas preguntas. ¿Podría haber arrastrado a mi abuelo río abajo? Y en ese caso, ¿cuándo cayó al río? ¿Por la noche o a primera hora de la mañana? ¿Por qué se fue sin ni siquiera desayunar? ¿Qué o a quién estaría buscando? ¿Se habría ido a buscar a ese amigo de la juventud del que me contó mil anécdotas?

A mi abuelo le gustaba contar cosas, desde historias de su vida a cosas de la naturaleza. Cada vez contaba menos y estaba más taciturno, pero a mí me gustaba escucharlo. A veces, empezaba a contar una historia y se dormía a la mitad, otras se negaba a contar cosas, incluso aunque yo le insistiera. Un par de años antes era todo lo contrario, no dejaba de hablar y de reír.

Mi abuelo fue profesor de Biología en varios colegios de la región y le encantaba dar sus clases en el bosque, donde se llevaba a sus alumnos cuando podía. Organizaba excursiones para todo el colegio y no era raro que él mismo se fuera solo de excursión, incluso varios días seguidos a conseguir sus estrellas verdes durmiendo en el bosque. Por desgracia, desde que lo internaron en la residencia, ya no podía ir de excursión y se contentaba con pasear por el parque, junto al río, o por las afueras del pueblo, siempre sin alejarse.Los carroñeros, como el buitre leonado, son esenciales en la naturaleza para convertir los cadáveres en abono.

Él me había inculcado el amor a la Naturaleza. Me había hablado del buitre leonado, que siempre está sobrevolando los montes de nuestro pueblo, del ciervo, del gamo… y también del corzo, tal vez su animal preferido. En temporada de caza, él sufría como si fueran a matar a sus hijos. Él fue cazador en su juventud, porque su padre le enseñó, pero en cuanto creció, pensó con conciencia y decidió no cazar más, por los múltiples impactos que genera la caza en la «madre naturaleza». Siempre decía: «los animales sufren por la codicia y la ignorancia del hombre» y recalcaba la palabra «hombre» porque, según él, la mujer era mucho más respetuosa. Apenas hay mujeres cazadoras —ninguna en nuestro pueblo, siempre lo resaltaba—, y eso para él era una señal inequívoca de inteligencia y respeto a los animales.

Él había tenido dos hijos y luego no quiso tener más, porque decía que los seres humanos somos una plaga. No tener más hijos era su forma de contribuir a un mundo mejor. Solía decir que cada vez hay más gente que decide no tener hijos. Estaba conforme también con sus cuatro nietos, pues según él, de esa forma su descendencia no contribuía al crecimiento de la población.

¿Dónde estaba mi abuelo?

Registramos su habitación y no se había llevado nada de valor: ni su teléfono, ni su cartera, ni el carnet, ni sus tarjetas ni, aparentemente, tampoco dinero. Era obvio que había solo dos posibilidades: o se trataba de un secuestro, o realmente tenía Alzheimer. ¿Qué otra alternativa quedaba?

Estaba yo sentado en su cama pensando todo esto, con una foto de nosotros dos en mis manos, cuando entró el inspector y me sacó de mi trance asustándome con su saludo.

—No quería asustarte —se disculpó—, pero hemos encontrado algo extraño. Una cámara de vídeo de un banco, el de la esquina, captó a tu abuelo saliendo a las doce y treinta y tres de la noche. ¿Qué haría tu abuelo paseando a esas horas en manga corta?

—¿A media noche? Imposible, él se acuesta temprano y duerme muy bien. Ese no puede ser mi abuelo.

—Tienes que venir a comisaría para ver las imágenes. Tú eres el que más trato tenía con él y el que mejor lo conocías.

—¿Ha dicho “en manga corta”? —pregunté con asombro—. Mi abuelo era friolero y no hubiera salido sin su abrigo.

Rápidamente, miré detrás de la puerta y allí estaba su abrigo. El inspector y yo nos miramos con desconcierto y nos fuimos a la comisaría.

Cuando vi las imágenes, lo confirmé. Efectivamente, era mi abuelo. A pesar de que eran imágenes borrosas, estaba seguro de que era él.

—Está claro que padece Alzheimer —diagnosticó el inspector, como si fuera médico.

—No —aseguré yo, enfadado porque dijera eso de mi abuelo—, eso es imposible. Quizás lo raptaron a la fuerza y él consiguió escaparse.

—En ese caso caminaría deprisa en dirección hacia la residencia y no tranquilamente hacia las afueras del pueblo, ¿no le parece?

—Tal vez lo persiguieran.

—No se ve a nadie más en el vídeo y él no mira hacia atrás en ningún momento.

—No lo entiendo. Mi abuelo no tiene Alzheimer, se lo juro.

—Pues no es normal que un abuelo se levante a media noche y salga del pueblo en manga corta, con el frío que hace. ¿Qué explicación le da?

Yo me quedé mudo. Tenía que aceptar a regañadientes la teoría del Alzheimer, y me costaba verbalizarlo después de tantas veces que la había negado. El inspector se quedó mirándome y finalmente me informó de que ya lo estaban buscando por la carretera y sus alrededores, por si se hubiera caído, pero que si no aparecía habría que hacer batidas de búsqueda para ampliar el radio de acción a buena parte del bosque.

La búsqueda

Pasaron un par de días y mi abuelo no apareció. Lo habíamos buscado hasta en el siguiente pueblo, donde nadie lo había visto y ninguna cámara había captado su imagen. El inspector de policía me explicó el siguiente paso:

—Tenemos que hacer batidas de búsqueda para rastrear el bosque. Estamos mapeando una extensión de terreno donde pensamos que es posible que haya llegado su abuelo dada su mermada condición física. Sabemos que su abuelo adoraba el bosque y pensamos que se ha podido internar en el mismo. Estamos movilizando efectivos de Policía Local y Nacional, Guardia Civil y Protección Civil. En la zona hay algunas simas, agujeros peligrosos, por lo que es arriesgado contar con voluntarios sin buena forma física. Para las partes fáciles necesitamos de todos los voluntarios que se puedan conseguir. Además, los conocimientos de los vecinos pueden ser clave para acceder a ciertos lugares o centrarse en otros que puedan pasar desapercibidos.

El pueblo se volcó en la búsqueda durante varios días, pero no se encontró nada, ni rastro, ni un zapato. La teoría que cobraba más fuerza es que se hubiera subido en algún coche, o bien, se hubiera caído en alguna oculta sima. Algunas ya las habían inspeccionado, sin éxito.

El inspector se negaba a rastrear las partes más altas y abruptas de las montañas. Decía que mi abuelo no podía haber escalado hasta tan alto. Era raro, pero no era imposible. A él siempre le habían gustado las alturas, las cimas más que las simas. Me enfadé con el inspector y a grandes voces le dije:

—¡Es increíble lo mal que hace su trabajo! ¡Es una vergüenza! Mi abuelo puede estar herido en esas montañas y usted se niega a buscar por allí. ¡Mañana mismo iré yo a buscarlo, aunque sea yo solo!

Me escapé corriendo para evitar que el inspector me viera llorar. Andando por las solitarias calles del pueblo recordé cuántas veces, por esas mismas calles, había yo paseado siendo un niño de la mano de mi abuelo. «¡Ahí van los dos Claudios!», decían todos, y yo estaba orgulloso.

La última nota de mi abuelo

Con lágrimas en los ojos llegué a la residencia y me dirigí a la habitación de mi abuelo. Varias personas me vieron entrar, pero no me dijeron nada al ver que yo estaba afligido, llorando.

Estuve paseando por la habitación de mi abuelo un buen rato, desde la ventana a la puerta, ida y vuelta, una y otra vez. Súbitamente, sonó el teléfono en mi bolsillo. Al ir a cogerlo, se me escurrió de las manos y cayó al suelo. Me agaché para cogerlo y, sorpresivamente, vi un papel doblado junto a la pata de la cama. Me tiré al suelo y lo cogí con curiosidad. Por fuera tenía escrito solo dos palabras con la inconfundible letra cursiva de mi abuelo: «Para Claudio».

Me puse en pie y las piernas me flojearon. Me senté en la cama y lentamente fui desdoblando el papel. Sentía una mezcla de sentimientos contradictorios. Quería saber lo que ponía aquella nota, pero a la vez, algo me decía que no sería bueno. El folio estaba casi en blanco. Solo unas pocas letras, también con la letra de mi abuelo, decían literalmente lo siguiente:

«Querido Claudio, me voy para alimentar a los Gyps fulvus y para abonar el bosque.
N.M.B.
T.Q. – Tu abuelo.»

Leí la nota varias veces sin entender bien su significado. No era raro que mi abuelo escribiera notas para él mismo o para los demás, pero aquella nota era realmente extraña. ¿Gyps fulvus? ¿Abonar el bosque? ¿Qué significaban todas esas siglas? Estaba confuso. Mi abuelo había tenido un huerto años atrás y siempre lo abonaba cuidadosamente con compost que él mismo fabricaba con la basura, pero era absurdo abonar el bosque. Definitivamente, mi abuelo tenía Alzheimer y yo no había querido darme cuenta. Si me hubiera dado cuenta antes, un tratamiento adecuado hubiera evitado su desaparición. Ese pensamiento me estaba torturando cuando miré la pantalla de mi teléfono y vi la llamada perdida del inspector.

Iba a devolverle la llamada pero primero busqué en Internet Gyps fulvus. Y entonces, lo entendí todo, y volví a llorar, tal vez ahora con algo más de alegría.

Mi teléfono volvió a sonar. El inspector insistía en hablar conmigo y yo ahora sí contesté la llamada. Sin esperar mi saludo, el inspector se puso a hablar:

—¿Claudio? Lo siento mucho, la búsqueda ha sido infructuosa. Me comunican que no podemos dedicar a esto más tiempo. Hay un niño desaparecido a cien kilómetros y se llevan todos los efectivos allí. Siento mucho no poder hacer más. Espero que lo comprenda y que no me guarde rencor.

—Tranquilo, lo comprendo. No se preocupe.

—¿Lo comprende? ¿En serio? Pensé que se enfadaría conmigo como ocurrió antes.

—Quiero disculparme por las voces que le he pegado hace un rato. No tenía derecho a hacerlo. Usted está haciendo su trabajo y lo hace muy bien. Ruego que me disculpe.

—Entonces, ¿entiende ahora que no busquemos a su abuelo por las partes altas de las montañas?

—Sí, por supuesto, mi abuelo no tenía fuerzas para subir a esos riscos, tan alto. Es una tontería buscar por allí. Entiendo que dediquen los efectivos a buscar al niño y espero que aparezca. Mi abuelo era una persona muy mayor y seguramente tendría Alzheimer. Tengo que aceptarlo.

Mi voz estaba entrecortada de emoción, pero el tono de voz del inspector reflejaba que estaba muy sorprendido de mi cambio de actitud. No solo estaba yo aceptando que mi abuelo tuviera Alzheimer, sino que aceptaba que no lo buscaran más, ni por las cimas de las montañas ni por los bosques. Él no lo entendía, pero todo tenía su explicación.

Gyps fulvus es el nombre científico del buitre leonado. Mi abuelo me lo había repetido cientos de veces, pero yo nunca quise retener eso en mi memoria. Ahora la nota tenía sentido. Iba a alimentar a los buitres leonados y a abonar el bosque con su cuerpo. Mi abuelo quería morir en las montañas para que su cuerpo formara parte del ciclo de la vida. A él no le gustaban los cementerios.

Alguna vez, hace ya algunos años, me había contado lo absurdo que es usar un ataúd para ser enterrado. «Si todo el mundo se enterrara en ataúdes de madera, nos quedaríamos sin árboles», decía. Él quería un funeral ecológico, respetuoso con la naturaleza en todo. Según él, deberíamos enterrarnos solo con una mortaja de tela y aprovechar algún lugar de los bosques, o incluso arrojar los cuerpos en medio del mar. Él no quería ser incinerado, pues es una forma de contaminar más incluso después de muerto.

Para mi abuelo lo más ecológico es dejar que tu cuerpo sea el alimento de otros animales, como los buitres, pero en este país todo eso está prohibido. Es obligatorio que cada muerto tenga su ataúd. Mi abuelo siempre fue un rebelde y hasta el último día de su vida tuvo que saltarse las normas que no le gustaban.

Por supuesto, yo no iba a contrariar la última voluntad de mi abuelo. En su nota lo dejaba muy claro: “N.M.B.”, es decir, “No Me Busques”. Obviamente, el “T.Q.” significa siempre “Te Quiero”. Así pues, dejé que la policía desmontara el dispositivo de búsqueda y en pocos días ya todo el mundo se había olvidado de mi abuelo. Todos menos yo, que lo recuerdo cada vez que miro a las montañas y cada vez que veo el imponente vuelo de algún buitre.

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2 comentarios sobre “La misteriosa desaparición de mi abuelo

  1. Me ha gustado mucho este relato, creo que es uno de esos cuentos que te mantiene en vilo de principio a fin. El final tocó una fibra en mí, ya que me recordó el caso de un familiar que de igual manera, amaba mucho la naturaleza y perdió la vida en una excursión.

    Espero que nunca dejes de escribir, tienes mucho talento.

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