¿Es mi vida la mejor posible?

Mi vida era un asco. Yo solo quería ser feliz, pero parecía que todo el mundo estaba compinchado para amargarme la existencia.

Sin duda, lo peor de la sociedad es ser mujer a partir de los cincuenta. Sencillamente eres invisible. Tu opinión no cuenta y tu presencia estorba. No solo era así para mis jefes (tengo tres jefes), sino para toda mi familia. En realidad, para mi familia nunca ha sido importante mi opinión. Mi marido hace lo que le da la gana y cuando le digo que recoja su plato siempre dice: “Ahora”. Un momento que nunca llega. Mis dos hijos mayores solo me llaman para el cumpleaños y cuando necesitan dinero. Mi hija pequeña, con sus recién estrenados 18 años, se cree que es ya adulta y que lo sabe todo, por lo que cualquier consejo por mi parte acaba en discusión.

Trabajo por la mañana en un trabajo que no me satisface ni me gusta. Por la tarde limpio y limpio la casa y nunca la veo suficientemente limpia. Mi marido me ignora y yo, lo reconozco, también lo ignoro a él. Hemos aprendido a ignorarnos en equilibrio. Cuando eso se rompe, la discusión puede durar varios días, sin treguas ni descansos.

El brujo

Por todo eso y por más cosas —que no cuento— decidí visitar a un tarotista. Yo nunca he creído en esas cosas y me burlaba de mi amiga cuando me lo recomendaba:

—No pienso ir a esas cosas de brujería —le repetí mil veces.

—Esta persona no es un cualquiera —me decía mi amiga—. En todos los campos hay farsantes y mediocres, pero prueba un día y me lo agradecerás. Solo un día.

—¿Es o no es un brujo?

—No es un brujo. Bueno, usa algo de brujería, pero también es psicoanalista, experto en PNL y en medicina ayurvédica. Yo te lo pago.

—¿Ves? Es un brujo y no pienso ir.

Al final fui. Por supuesto, no dejé que mi amiga lo pagara, incluso cuando me enteré del precio. Creo que estas cosas hacen más efecto si lo pagas tú, porque así te enteras de lo que vale y te lo crees más. El efecto placebo es importante y no hay que despreciarlo.

La consulta estaba limpia y ordenada, sin apenas decoración, minimalista. Me había imaginado una habitación llena de cachivaches extraños: animales disecados, mapas del tesoro, botes con pócimas secretas, libros viejos… y por supuesto, una bola de cristal en alguna mesa. Nada de eso. Dos cómodos sillones y una mesa baja eran los únicos muebles, aparte de dos cuadros de paisajes idílicos.

—Siéntese por favor —me dijo el brujo educadamente.

—Le voy a ser sincera. Yo no quería venir, pero una amiga me ha insistido y…

—No importa que quisiera o no venir. Lo importante es que está aquí y quiere quedarse. Nada la obliga a hacer nada. Es usted libre. ¿Por qué ha venido?

Su voz profunda transmitía calma. No había música de fondo y me quedé bastantes segundos en silencio, pensando la respuesta, pensando por donde empezar, pero también saboreando una tranquilidad que no era normal en mi vida. Mientras pensaba, él me miraba con una ligera sonrisa. Sus ojos eran penetrantes sin ser invasivos. El silencio se alargó más de lo normal, pero en ningún momento me sentí incómoda. Cuando me pareció adecuado, contesté:

—No sé por donde empezar.

—Empiece por cualquier sitio. Todo está bien.

—Todo es muy complicado. Mi vida no es fácil.

—Tendrá que resumir.

—Resumir es fácil: no soy feliz. Mi vida es una angustia constante. Nada me sale bien.

Creo que el brujo esperaba que yo siguiera hablando, pero yo no sabía cómo seguir. Le había hecho un resumen, que era lo que me había pedido. Tras unos segundos en silencio, el brujo lanzó su siguiente pregunta:

—¿A qué cree que se debe eso?

—Los demás conspiran para amargarme la vida. También es posible que la culpa sea mía porque tomo malas decisiones, pero en realidad yo no elijo casi nada. En mi vida apenas he elegido yo. Yo no quería casarme, ni tener hijos, ni ese trabajo tan asqueroso, ni…

—¿Cómo cree que ha llegado hasta este estado?

—Obligada. La vida y la gente me han obligado. A veces me he resistido, pero la fuerza de la vida me ha arrastrado. Tengo un malestar general con mi vida. Es una sensación rara de no estar en el sitio correcto, de no hacer lo correcto, o de que haga lo que haga nada sale bien.

—¿Puedes ser algo más específica?

—Yo quería casarme con mi primer novio, Ángel, pero él se fue con otra. No me dejó opción y me tuve que casar con Antonio. Yo no quería tener hijos, pero todo el mundo diciendo eso de que “se te va a pasar el arroz”, al final tuve tres. Yo no quería ese trabajo, pero como no había otra cosa, me aguanté. A mí no me gusta limpiar, pero como nadie limpia, me toca a mí. Mis hijos no me hacen ni caso, y cuando hablamos se enfadan y acabamos discutiendo…

—Vale, es suficiente.

—Ya te has cansado de mí y me estás echando. Lo sabía. Estoy acostumbrada a ser aburrida, pero suponía que esto duraría más.

—No. Tranquila. No te estoy echando. Lo que digo es que ya sé donde está el problema y tiene una fácil solución.

—Fácil solución —susurré irónicamente para mis adentros.

—El problema es que estás convencida de que tu vida es mala porque no has llevado las riendas de ella y, por tanto, no llevas la vida que querrías. Los acontecimientos de la vida te han ido arrastrando a situaciones y a decisiones que no querías.

—Eso ya no tiene solución.

—Lo ideal sería que pudieras vivir tu vida de nuevo, pero sin encontrarte con esos obstáculos que dices que te han impedido hacer lo que tú querías.

—Me apunto a eso, pero es imposible.

—En efecto, es imposible, pero tengo un elixir mágico que te hará vivir la experiencia como si fuera real.

Detrás de su sillón había un pequeño mueble que no había visto hasta entonces. Se levantó y sacó de él un frasco con letras chinas. Me lo entregó y me dijo:

—¡Bébalo!

—¿Ahora?

—Ahora, si dispone de media hora libre. Si no, lo dejamos para otra ocasión.

Yo abrí el bote y me bebí todo. De repente, sentí que debía haberme bebido solo un sorbo y entonces, pregunté:

—Me lo he bebido todo. ¿He hecho bien?

—Muy bien, muy bien, muy bien…

Sus palabras se repetían como si hubiera eco en la habitación. Me sentí mareada. Recosté la cabeza y creo que me dormí. Cuando me desperté estaba en una gran mansión con piscina. Era un sitio estupendo. Era como si estuviera viviendo otra vida. A mi lado estaba Ángel, mi primer novio, un poco más viejo y bastante más gordo. No entendía nada. ¿Estaba viviendo otra vida? Sí, eso era. Estaba viviendo la vida que yo había querido siempre vivir. Justo al entenderlo, me olvidé totalmente de mi primera vida y empecé a vivir la segunda.

Mi segunda vida

Ángel era mi marido, aunque yo no sentía amor por él. Yo le miraba mientras él no dejaba de hablar por teléfono. Al colgar solo dijo:

—Tengo que irme a una reunión con los inversores. Nos vemos esta noche.

Me dio un beso en la frente y se fue. Yo sentí un poco de asco, me froté la frente y me pregunté «¿Qué me ocurre?». Sentía una fuerte angustia, desasosiego, intranquilidad, desesperanza… Sentía que mi vida no tenía sentido. Miraba mi vida pasada, con Ángel, y había disfrutado de una vida llena de lujos, pero al final, estaba vacía, sin hijos, sin un trabajo en el que desarrollarme como persona y que me retara cada día, sin proyectos, sin ilusiones…

Me levanté, fui al salón y al pasar miré mi imagen reflejada en un espejo. No me reconocía del todo con esa ropa y esas joyas tan caras. Siempre iba así, pero ahora, por algún motivo, no me reconocía. Estaba como disfrazada. ¡Qué extraños sentimientos!

Me miré a los ojos y me pregunté por qué no era yo feliz. ¿Qué estaba fallando en mi vida? ¿Era esa la vida que yo había querido vivir? Me sentía como si estuviera siendo obligada a vivir así. Eso es, asentí para mis adentros: la vida y la gente me han obligado a esta vida tan vacía. A veces me he resistido, pero la fuerza de la vida me ha arrastrado. Tengo un malestar general con mi vida. Es una sensación rara de no estar en el sitio correcto, de no hacer lo correcto, o de que haga lo que haga nada sale bien.

Tal vez debería ir a algún psicólogo o a algún brujo, pensé. La palabra brujo resonó en el interior de mi cabeza y escuché una extraña voz que decía:

—¿Puedes ser algo más específica?

La voz me invitaba a profundizar algo más en las raíces de mi infelicidad. ¿Qué había en mi vida que me hiciera infeliz? Yo no me casé realmente enamorada. Ángel era un chico rico y era un gran partido, pero él se fijó en mí y yo no supe decir que no. Seguro que hubiera sido más feliz con Antonio, otro chico que me rondaba y que era más simpático. Cuando Ángel me propuso matrimonio, yo no pude negarme. Era una gran oportunidad, y ya la vida me arrastró.

Con los años, yo quise tener hijos, pero Ángel no. Todo el mundo me decía eso de: “se te va a pasar el arroz”, pero Ángel nunca quiso, y por eso me siento triste y sola, sin una vida plena, sin haberme podido desarrollar ni como persona ni como mujer. Como Ángel ganaba mucho dinero, yo no tuve que buscar trabajo y eso fue otro error. Tener trabajo es una bendición, incluso aunque no te guste, porque te permite aprender cada día, sentirte útil, relacionarte… Sin trabajo me siento aburrida, desorientada, inactiva, desaprovechada, elitista, sin una vida plena, vacía.

Tal vez debería ir a algún psicólogo o a algún brujo, volví a pensar. De nuevo, la palabra brujo resonó en mi interior. Me metí la mano en el bolsillo y saqué un extraño frasco con unas letras escritas en chino. Mi impulso fue bebérmelo todo, pero me contuve. Finalmente, no sé por qué, acabé bebiéndomelo todo, de un trago.

Sentí un ligero mareo, como cuando uno se despierta de una larga siesta. Entreabrí los ojos y allí estaba él, el brujo.

—¿Cómo se encuentra? —me preguntó.

—Lo siento, me he dormido —me excusé.

—No se preocupe. No se ha dormido.

—¿No? Sí, me he dormido y he tenido un extraño sueño.

—No ha sido un sueño —me corrigió—. Ha sido una vivencia de otro pasado posible. Hemos jugado con el tiempo para que pueda experimentar sus sentimientos en otro de sus posibles pasados, en otra vida que hubiera tenido si hubiera tomado otras decisiones.

—Pues esa vida no era mejor que la que tengo. Me sentía también desdichada.

—No se culpe. Es lo normal. La gente desdichada suele serlo en cualquiera de sus vidas posibles. Igualmente, la gente feliz también suele ser feliz en cualquiera de sus vidas posibles.

—¿Quiere eso decir que siempre seré desdichada e infeliz?

—No. Al contrario. Lo que quiero decir es que lo que sientes no depende tanto del tipo de vida que vivas, sino de tu interior. Ahora que lo sabes, te será más fácil valorar lo que tienes: un marido que te quiere, unos hijos que son jóvenes y alegres, un trabajo que te permite desarrollarte, aprender, sentirte útil… ¿Entiendes?

—La vida que tenemos es la mejor vida posible, ¿no es así?

—No sabemos si cualquier otra vida posible hubiera sido mejor o peor. Lo que sí sabemos es que pensar constantemente en que otra posible vida hubiera sido mejor, hace que esta vida sea peor. Si te centras en vivir esta vida como la única que tienes y como la única que tendrás, es más fácil sentirte una persona agradecida y llenar esta vida de momentos razonablemente buenos. Lo mejor de todo es que gran parte de todo esto está en tus manos.

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