El tesoro del cementerio

El azar de la vida me llevó hace años a recorrer una parte del Sahel. Extrañamente, en África siempre me he sentido como en casa, a pesar de las grandes diferencias culturales. La pobreza y la humildad de sus gentes me conmueve y me conecta con ellos y con su tierra.

Aunque sea cada varios años, me organizo para juntar al menos un mes de vacaciones para poder escaparme al Sahel, por supuesto, siempre sin viajar en avión. Me llena y me inspira el vagar por sus tierras entre largas caminatas y renqueantes autobuses. Esa transición entre desiertos y sabanas me atrapa. Me siento en la cuna de la humanidad, como un homínido más en la cadena de la evolución.

Sin pretenderlo, en aquella ocasión llegué a un lugar en el que ya había estado en un viaje años antes. Apenas recordaba la región, pero mi memoria me evocó una tierra seca, rojiza y erosionada. En cambio, ahora estaba verde, más acogedora. Pude ver la silueta majestuosa y emblemática de las Acacias tortilis en el horizonte e incluso un pequeño oasis oculto entre huertos y Acacias senegal. Aprendí que estos últimos árboles son muy apreciados porque las hojas se usan como forraje, las semillas secas se comen, su sabia es una resina llamada goma arábiga que se añade a comidas, medicamentos y cosméticos, con las raíces se hacen cuerdas, y por supuesto, la madera se usa para hacer herramientas.

Al borde del camino encontré un cementerio. ¿Qué mejor lugar para descansar y reflexionar sobre la fugacidad de la vida? Los cementerios son lugares tranquilos, normalmente solitarios y, personalmente, me producen una extraña atracción, mejor incluso si son modestos y sin grandes mausoleos ni panteones.

En las tumbas no había mármol ni granito. Eran montones de tierra roja y, en el caso más lujoso, construcciones de ladrillo o adobe, normalmente sin encalar. En todas había una inscripción, bien adosada a los ladrillos, o bien como un cartel clavado en el suelo. En ellas podía leerse el nombre del fallecido. Me llamó la atención el texto que aparecía a continuación. Con ayuda de mi diccionario y mis conocimientos del idioma, pude traducirlo. En una ponía «fallecido tras cumplir 25», en otras podía leerse «fallecido al cumplir 320» o «falleció con 125 cumplidos». En otras, los números eran aproximados: «falleció habiendo sobrevivido unos 240» o «murió con unos 95 vivos».

Tales inscripciones me resultaron extrañas. No solo porque parecía que muchos habían fallecido justo en su cumpleaños, sino porque la longevidad media era extraordinariamente elevada. A algunos se le atribuían incluso más de mil años. Obviamente era imposible. Lo primero que pensé fue que el calendario de aquella zona usaría otro sistema distinto al gregoriano. Sin duda, sería algún sistema asociado a las fases lunares, o tal vez a algún otro movimiento astronómico. Tal vez todo se debía a un error mío de traducción.

Salí de aquella necrópolis más relajado que cuando llegué, pero muy abstraído en estos pensamientos. Un pastor pasaba con unas seis o siete cabras. Se quedó mirándome como si viera un fantasma salir de tan fúnebre lugar. Supongo que no es normal ver a extranjeros en aquellas tierras y menos aún visitando a los difuntos.

Superando mi timidez, me atreví a saludar al pastor. Tras devolverme el saludo no pude evitar preguntarle por las lápidas e inscripciones que acababa de leer. Con una sonrisa en la boca, el pastor me aclaró que allí usan el mismo calendario que los europeos, pero que ellos no tienen la obsesión de los europeos por medir el tiempo. Por eso no llevan reloj y miran más el sol y las demás estrellas que el teléfono móvil.

—Entonces… ¿cómo es posible que haya gente que haya fallecido con cientos de años, incluso con más de mil? —pregunté con asombro.

—Hace ya varias décadas —me contestó el pastor respirando pesadamente— que en esta región decidimos medir la duración de cada vida por el número de árboles que se logra plantar en vida. Algunos los cuentan escrupulosamente, otros solo de forma aproximada. Algunos solo valoran los que sobreviven tras varios años, otros cuentan hasta las semillas que entierran en territorio salvaje. No importa. Lo importante es plantar árboles para todos.

El pastor me contó que era así cómo su pueblo estaba consiguiendo hacer realidad el sueño del Cinturón Verde de Wangari Maathai, la llamada «mujer árbol», Premio Nobel de la Paz. Para ellos, es más importante el número de árboles que se han plantado que el número de años que se han vivido. Aprendieron que los árboles son más valiosos que los años, pues cada árbol nos da todo lo que necesitamos para llenar esa vida con buenas cosas: comida, sombra, agua, oxígeno… y también salud y calma.

♥ Nota final: Relato dedicado a Jorge Bucay porque fue inspirado por su cuento El Buscador.

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