Háblame de ti

—Háblame de ti —dijo ella peinándose ligeramente las canas y poniendo el teléfono a grabar sobre la mesa.

—¿De mí? ¿No quieres saber lo que sucedió? —preguntó él acariciándose su barba negra y desaliñada.

—Sí, por supuesto.

—Ciertamente, no hay mucho que contar. Me sorprendió que me llamara una periodista con tu fama y experiencia para una entrevista del periódico por algo sin mucha trascendencia. Nunca me han entrevistado por nada.

—¿Sin mucha trascendencia? Como te dije por teléfono, tenemos una sección titulada “El ciudadano de la semana” y entrevistamos a gente que hace cosas memorables. Salvar a cincuenta personas es algo memorable.

—Bueno, yo no he salvado a nadie. Solo hice lo que hubiera hecho cualquiera.

—Cuéntame. ¿Qué pasó?

—Soy fontanero y estaba trabajando en una obra. De repente huelo a gas. Había un escape en algún lugar. Por un momento pensé descubrir el origen, pero rápidamente decidí que lo mejor era desalojar el edificio. Avisé a todos los locales y a todas las viviendas. Todo el mundo salió tranquilamente y sin prisas y, cuando todos estaban fuera, el edificio explotó. Sencillamente colapsó.

—¿Qué hubiera pasado si no llegas a estar allí?

—Supongo que alguien se habría percatado del escape.

—Pero tal vez hubiera sido tarde.

—Tal vez.

—Has salvado muchas vidas. Había niños que eran muy pequeños para morir.

—«Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan mozo que hoy no pudiese morir».

—Cierto. Me suena esa frase, pero hubiera sido muy triste… ¿Y tú? Eres muy joven. ¿Desde cuándo eres fontanero?

—No soy tan joven. Tengo casi treinta años. El oficio me lo enseñó mi padre, que en paz descanse. Él era un manitas. Un gran hombre. Me enseñó todo lo que sé y yo no fui muy agradecido con él. Yo no quería ser fontanero. Yo quería ser actor. Él me decía: «Siempre habrá tuberías de agua que se rompan. Esta es una profesión con futuro». Y tenía razón. Al final acabé de fontanero, como él quería. También me dedico a instalar paneles solares para agua caliente. Es la forma más barata y ecológica de calentar agua.

—¿No intentaste ser actor?

—Sí, por supuesto, fue la ilusión de mi vida. Ahora mi pasión es el agua caliente solar.

—¿Cuándo supo que quería ser actor?

—Bastante joven… tendría… no más de 12 años. Asistí a clases de interpretación, de danza, de canto, estudié música, doce años de piano… Cuando cumplí los dieciocho años seguí dando clases de teatro y música mientras ayudaba a mi padre en el negocio. Compaginé ambas cosas hasta que me decidí por el teatro. Mi padre se enfadó mucho. Creo que se sintió abandonado por mí. En menos de un año murió en un accidente y entonces yo retomé su negocio dejando el teatro. Mi padre tenía razón al pensar que yo no valía para el teatro. Sin embargo, el teatro sigue siendo mi pasión secreta… Hace mucho que no hablo de esto.

—Tal vez no tuviste suerte encontrando una oportunidad en un buen papel que sacara y descubriera tu potencial y calidad.

—Tal vez.

—Nunca es tarde para retomar esa pasión.

—Para mí ya es tarde. Acabé un poco cansado, y también tuve problemas personales… con mi novia, también actriz, y acabamos muy mal. Yo quise tomar distancia del mundo del teatro y al final hice caso a mi padre. Desde hace dos años solo hago “papeles” de fontanero.

—¿Cómo conoció a esa actriz?

—Nos conocimos en un casting… —dijo cabizbajo—, pero esa es otra historia que no tiene nada que ver con la explosión de gas. Si quiere que le diga algo importante para su artículo es que el gas es una mala opción para cocinar o calentar agua. Los escapes son inevitables y las explosiones ocurren. Aunque no hubiera explosiones, estamos quemando combustibles fósiles, con lo malo que es eso para el cambio climático y esas cosas. Yo en mi casa quité el gas, puse todo eléctrico y me pasé a una empresa de electricidad solo renovable. Y por supuesto, tengo agua caliente solar. Ahora pago menos en mis facturas y encima contribuyo a un planeta más limpio. ¿Qué te parece? ¿Te he convencido?

—Sí, por supuesto. Mi empresa eléctrica también es de energía renovable, pero disculpa, ¿te importaría contarme algo más de esa actriz?

—¿Para el artículo? ¿Por qué? Mi vida pasada y personal no tiene nada que ver con los hechos actuales.

—Ya. Lo sé. Disculpa. Es que tenemos una nueva sección en el periódico que queremos relanzar ahora con historias románticas de amor y desamor.

—Lo siento, no pienso hablar de eso. Y menos en un periódico. Es secreto. Ya sabes eso de que «a quien dices tu secreto das tu libertad».

—Lo entiendo. También esa frase me suena de algo…

—Es del teatro —dijo casi sollozando.

—Se nota que tuvo que ser muy duro para ti.

—Muy duro. Lo pasé muy mal y no quiero revivir aquellos momentos. Supongo que lo entiendes.

—Por supuesto. Sin embargo, déjame que te diga algo. En el poco tiempo que lleva la nueva sección, nos hemos dado cuenta de que contar los problemas en el amor sirve de terapia a los entrevistados. Algunos han superado sus bloqueos al amor. Otros han encontrado la pareja que tanto buscaban. Recibimos cartas de gente que quiere contactar con la persona entrevistada. Es una sección que está haciendo mucho por la gente y mira, nuestra forma de trabajar es muy honesta: ocultamos los datos que no se quieren publicar y no facilitamos a nadie datos de contacto sin permiso. Además, si al final decides que no se publique, no se publica. Buscamos historias reales que puedan ayudar a la gente. No queremos hacer daño a nadie.

—Yo ya tengo el daño hecho.

—¿No quieres hablar de ello? Sería como una terapia gratuita.

—No lo sé.

—Creo que puede ayudarte.

—¿Apagarías la grabadora para esta parte?

—Por supuesto —afirmó rotundamente mientras apagaba la grabadora del teléfono y se lo enseñaba a él en señal de transparencia.

—Pues verás. No sé por dónde empezar. Fue hace unos ocho años. Yo tenía veintiún años. Trabajaba con mi padre y asistía a clases de música y teatro, como ya te he dicho, y también actuaba en pequeñas obras en las que me daban algún pequeño papel. De repente veo un cartel anunciando que están haciendo un casting para elegir los actores para representar La Celestina, una obra que me encanta. Era mi oportunidad de hacer de Calisto. Me sabía el papel bastante bien. Aún recuerdo algunas frases —dijo levantándose—: «En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios». «¿En qué, Calisto?», esto lo dice Melibea y sigue Calisto hablando: «En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir».

—¡Bravo! Así empieza La Celestina, ¿verdad?

—Exacto. Así empieza. Te gusta el teatro, ¿verdad?

—Sí, por supuesto, pero continúa, por favor.

—El caso es que me preparé muy bien todos los personajes masculinos, especialmente Calisto. Me preparé a fondo y el día de la prueba estaba muy nervioso, pero me salió muy bien. Estaba seguro de que me darían el papel de Calisto, pero no fue así. No me dieron ningún papel: ni Pármeno, ni Sempronio… ni el papel de Pleberio, el padre de Melibea, del que también hice la prueba perfectamente.

—¿Cómo te lo tomaste? —preguntó la periodista con curiosidad.

—No muy bien, porque había trabajado mucho para eso y porque había bordado la prueba. Había hecho mi mejor interpretación y, aun así, no fue suficiente. Estaba desconcertado. Sin embargo, no me hundí, especialmente cuando me enteré de que la semana siguiente serían las pruebas para los personajes femeninos.

—¿No me digas que te presentaste también para los papeles femeninos?

—Obviamente no me iban a dar los papeles de Melibea, de Lucrecia, ni ningún papel de un personaje joven. Entonces, recordé que en cierta ocasión tuve que sustituir en un teatro a una mujer mayor porque la actriz estaba enferma. Yo me sabía su papel muy bien y el director me pidió que la sustituyese. Me maquillé y luego me felicitaron por esa interpretación, hasta el punto de que cuando la actriz principal se mejoró, pasó ella a ser mi suplente y yo seguí haciendo el papel.

—Es fantástico. Entonces, ¿qué personaje femenino querías interpretar en La Celestina?

—A la mismísima Celestina.

—¿En serio?

—Cuando estaba saliendo de mi prueba de Calisto escuché al director decir que para el papel de La Celestina no quería a una actriz joven, sino a alguien con experiencia. Entonces, me acordé de Dustin Hoffman en la película Tootsie, en la que él se disfraza de mujer para conseguir un empleo. ¿La has visto?

—Sí, por supuesto, es una película de mis tiempos, de principios de los ochenta.

—Me compré unos pechos postizos, relleno para el trasero, una peluca y un kit de maquillaje. Pedí a una amiga que me maquillara como una mujer mayor y le pedí ropa a mi hermana mayor. No quise parecer demasiado anciana para que no me descartaran. En la fila del casting solo había actrices jóvenes, pero el director no quería jóvenes para ese papel, por lo que el papel sería seguramente para mí. En realidad el papel sería para la actriz madura que yo estaba interpretando.

—Entonces, ¿conseguiste el papel?

—No hice la prueba.

—¿No? ¿Por qué?

—Estando en la cola, justo detrás de mí, estaba ella. Una chica preciosa, un ángel. Te juro que nunca me he enamorado de un flechazo pero en esa ocasión no pude evitarlo. Empezamos a hablar y conforme hablábamos yo supe que era el amor de mi vida. Sé que suena raro, pero a veces uno sabe cosas y no sabe por qué las sabe. Ella pensaba que estaba hablando con una mujer mayor, pues yo en todo momento estaba haciendo mi papel de actriz madura.

—¿Ella no se percató de que eras un hombre?

—No, en absoluto. Estaba muy nerviosa. Me pareció frágil y encantadora, con una sonrisa sublime y una piel suave de porcelana. Se puso a recitarme frases de Melibea —dijo con voz entrecortada y con los ojos humedecidos—, y yo frases de La Celestina. Recuerdo que le recité lo que La Celestina decía que es el amor: «es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una fiera herida, una blanda muerte». Acto décimo. Nunca olvidaré esa frase.

—Se nota que te conmueves.

—Es realmente una dulce amargura —murmuró mientras una lágrima caía por su mejilla.

—Tranquilo. ¿Quieres beber algo?

—No te preocupes. Gracias. Pensaba que ya lo había superado. Ella se llamaba igual que tú, Margarita. ¡Qué casualidad! Conectamos bien desde el instante en el que nos conocimos, aunque en aquel momento ella creía que había conectado bien con una mujer mayor. Hasta me pidió que la acompañara al servicio. Me sentí bastante violento, pero no pude decirle que no. En el servicio, recuerdo que me dijo que yo era una gran actriz y que me darían el papel de La Celestina.

—Podrían haberos dado un papel a ambos. Hubiera sido fantástico.

—No fue así. Ella era una estupenda actriz. Se había aprendido todos los papeles femeninos de la obra. Jamás he visto a nadie con su fuerza interpretativa ni con esos ojos tan vibrantes que transmitían una pasión inefable. El papel de Melibea era suyo.

—¿Se lo concedieron?

—Verás. Estábamos esperando en la cola para hacer la prueba cuando salió el director de la obra diciendo que ya estaban dados todos los papeles femeninos, menos el de La Celestina. Por tanto, pidió que solo se quedaran las actrices que quisieran hacer esa prueba. La mayoría de las jóvenes se fueron entre protestas y llantos. Margarita estaba a punto de irse, pero yo le confesé mi secreto en voz baja. Le dije que el director no quería actrices jóvenes para ese papel y que por eso yo me había maquillado como actriz madura.

—¿Qué dijo ella?

—Se quedó sin palabras al saber que yo era un hombre. Llevábamos varias horas hablando y ensayando y ella no se había dado cuenta de nada. Ella estaba sorprendida, incluso algo enfadada. Le dije que si quería el papel de La Celestina sería suyo pero tenía que hacerme caso: ponerse mi peluca, mi relleno para el trasero y maquillarse como una mujer mayor. Al principio ella no quería, porque estaba convencida de que el papel debía ser para mí. Yo le dije que yo no haría la prueba porque me descubrirían. Me costó convencerla pero al final, pasamos al servicio y ella se caracterizó como una actriz madura. Hizo la prueba y le dieron el papel.

—¿Qué fue de ti?

—Yo estaba fuera esperando, más nervioso que si la prueba la hubiera hecho yo mismo. Cuando salió nos abrazamos dando vueltas y nos fuimos a celebrarlo. La gente se quedó muy extrañada al verme a mí, aún con los labios pintados y vestido de mujer, abrazar de esa forma a una mujer mayor. Desde ese día nos volvimos inseparables. La obra fue un éxito. Luego nos fuimos a vivir juntos, participamos en distintas obras y la vida era maravillosa hasta que… bueno… hasta que se cansó de mí.

—No digas eso.

—Es la verdad. Tengo que aceptarlo. Se fue con otro y yo no he conseguido olvidarla. Ella no quiso presentarme a sus padres. Supongo que nunca quiso comprometerse conmigo.

—No llores, por favor —pidió la periodista con ojos también brillantes por las lágrimas.

—«¿Pármeno, tú no ves que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar?». Lo dice La Celestina en el acto primero. Desde aquel día estoy como encerrado en la obra de La Celestina y me vienen frases de ahí constantemente.

—Todo en la vida tiene remedio.

—No todo en la vida tiene remedio.

—Tengo que confesarte algo. Espero que puedas perdonarme. Esta entrevista ha sido una especie de trampa. Es cierto que soy periodista y que publicaremos tu entrevista de la explosión de gas pero, escucha, la Margarita actriz por la que lloras es mi hija y ella también llora por ti. Cuando nos enteramos de tu proeza salvando a tantas personas de la explosión, ella me pidió que te entrevistara y que averiguara si aún la echas de menos.

En ese momento, sus ojos se abrieron tanto como su sonrisa.

♥ Nota: Todos los textos en cursiva y entre comillas angulares proceden de La Celestina.

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