Historias del Z-15 (2): Cansancio robotizado

Enrique era un recién prejubilado al que un antiguo compañero de trabajo le recomendó que se comprara el robot Z-15, una máquina moderna ideal para las tareas domésticas más variadas.

—A mí me lo recomendaron mis hijos —le dijo su excompañero—. Al principio no lo quería, pero luego me he alegrado. Hace de todo.

A los jubilados, los robots les ayudan mucho. Enrique tenía un modelo anterior que en realidad ya le estaba dando problemas. Por algún motivo, toda su familia acogió con gran agrado la idea de que adquiriera el nuevo modelo. Decían que tenía mucha IA. Cuando fue a la tienda pidió con decisión, como si entendiera mucho de esto:

—Quiero uno de esos robots que tienen mucha IA. Pero… ¿qué es IA?

—Significa Inteligencia Artificial. Utiliza sistemas de soft-computing para simular el comportamiento humano. Son sistemas muy modernos utilizando técnicas computacionales de redes neuronales, lógica difusa, maching learning, Data Mining… con actualizaciones automáticas y almacenamiento de datos en la nube. El Z-15 es lo último que ha salido. Es una maravilla.

—¿El Z-15 ese tiene mucha IA? Porque si no tiene mucha IA no me interesa, incluso aunque esté en la nube, ¿comprende?

—Esto… bueno… la Inteligencia Artificial no es algo que pueda medirse, pero el Z-15 es el robot más moderno que tenemos, y sin duda…

—¿Y qué hace? —interrumpió Enrique para preguntar.

—Puede cocinar, limpiar casi toda la casa, leer, atender a las visitas, responder cosas a modo de enciclopedia…

—¿Cocina bien?

—Tiene más de diez mil recetas de todo el mundo y puede buscar otras por Internet.

—Pero ¿cocina bien?

—Las recetas han sido diseñadas por los chefs más prestigiosos de todos los continentes.

—Pero ¿cocina bien? No creo que haya chefs prestigiosos en la Antártida. La Antártida es un continente.

—Sinceramente, no he probado sus platos pero le puedo asegurar que…

—Ya, ya… —le interrumpió de nuevo—. Ya veo que ponen aquí a vender a alguien que no sabe lo que vende. Le haré otra pregunta, a ver si la sabe. ¿Por qué ha dicho que puede limpiar «casi toda la casa»? ¿Hay cosas que no puede limpiar?

El dependiente se sintió como si estuviera en un examen oral ante un profesor exigente. Sin quererlo, titubeó un poco mientras ganaba tiempo extra para pensar una buena respuesta. Tragó saliva y contestó:

—Hay tareas en las que tiene algunos problemas. Por ejemplo, fregando platos. Si los platos o vasos son muy delicados puede romperlos con un mínimo golpe.

—Así que no sabe fregar platos. Pues vaya robot.

—Bueno, sí sabe fregar, pero puede haber problemas. También sabe poner el lavavajillas y ordenarlo después.

—¿Podrá recordarme que me tome mis pastillas? ¿Sabrá hacerme una infusión que no sea de bolsita?

—¡Seguro! —contestó con entusiasmo.

—Mi antiguo robot solo sabe darle al botón de la cafetera. Y estoy harto de tomar café y no me gustan las infusiones de bolsita, no saben bien. ¿Entiende?

—El Z-15 es un robot pensado para todas las tareas domésticas. Puede incluso pedirle que arregle un jardín, que cuide un huerto, dar clases de idiomas, mantener conversaciones agradables… Como le digo, es muy parecido a un ser humano.

—¿Mantener conversaciones agradables? Entonces no es muy parecido a un ser humano —gruñó—. Los humanos no saben hacer eso. Si lo pongo a cuidar mis macetas, ¿entonces qué hago yo? Dígamelo, ¿qué hago yo? —preguntó insistentemente.

—Me refiero a que es parecido al ser humano, pero evitando las cosas negativas. El Z-15 no hará nada que el propietario no quiera que haga.

—¿Y cómo sabe lo que yo quiero si no lo sé ni yo mismo? Esto huele a estafa…

Tras más de dos horas de rifirrafe, Enrique se llevó el robot como si le estuviera haciendo un favor al pobre dependiente. Había sido la venta más complicada de su vida. Lo que el dependiente no sabía es que aún no se había librado del todo de su cliente. A la media hora, Enrique estaba llamando a la tienda y preguntando por el dependiente que lo había atendido:

—¡El robot no hace nada! En la tienda parecía muy bonito pero aquí no dice ni pío.

—¿Lo ha encendido? Solo tiene que pulsar el botón que hay detrás de su cabeza. Es muy sencillo.

—¿Hay que encenderlo? Pues vaya robot. ¿No puede hacerlo él? ¡Es una enciclopedia, pero no sabe pulsar un botón!

—Como es nuevo, el robot le hará algunas preguntas, pero es muy cómodo.

Enrique apretó con fuerza el botón y los ojos del Z-15 se iluminaron. Con una alegre voz dijo:

—¡Hola! Soy un nuevo robot Z-15 y estoy a tu servicio. ¿Cómo te llamas?

—No quiero decirte mi nombre —contestó Enrique.

—¿Te llamas «no quiero decirte mi nombre»?

—¡No! ¡Idiota! He dicho que no quiero decirte mi nombre.

—Ya. Lo había entendido. Era broma. —dijo el robot con una risa grabada un tanto siniestra.

—¡Ah! ¿Eres bromista? Pues no me gustan las bromas, ni los bromistas.

—Perdona, es que me resultó extraño que no quisieras decirme tu nombre. Solo ocurre en el 0.1% de los casos según las estadísticas.

—¿Y tú cómo te llamas?

—A mí me puedes llamar como quieras, pero te aconsejo que no me pongas nombres parecidos a gente que viva contigo, para evitar confusiones.

—Yo vivo solo. Mi familia no viene mucho a verme porque dicen que soy un gruñón. Son unos mentecatos y no les gusta que les lleve la contraria. Dicen estupideces todo el día y pretenden que yo les siga la corriente. Pues están muy equivocados conmigo. ¿Me entiendes?

—Creo que sé a qué te refieres.

—¡Tú que vas a saber! —exclamó Enrique—. Eres un montón de chatarra. No puedes saber lo que se siente cuando estás rodeado de pesados e inútiles. Me dejan solo porque son unos fracasados.

—No te preocupes por ellos. Ahora me tienes a mí —dijo el Z-15 complaciente.

—¡Pues vaya alivio! Tengo un montón de chatarra para hacerme compañía. Yo no necesito tu compañía ni tu compasión, así que te voy a apagar… pero antes, hazme un té mezclando té verde, hierbabuena del balcón y un palito de canela. ¿Sabrás encontrar todo en la cocina?

—Supongo que sí, pero dado que soy nuevo en la casa puedes darme instrucciones más precisas, si lo deseas. No sé si quieres que caliente el agua con la tetera, en un cacharro o usando el microondas.

—¿Para qué sirve una tetera?

—Tetera: «vasija de metal, loza, porcelana o barro, con tapadera y un pico provisto de colador interior o exterior, la cual se usa para hacer y servir el té.». Es la definición de la Real Academia Española.

—¡Era una pregunta retórica! ¿Sabes lo que es una pregunta retórica?

—Pregunta retórica: «pregunta que se hace no para manifestar duda o pedir respuesta, sino para expresar indirectamente una afirmación o dar más vigor y eficacia a lo que se dice».

—Deja de darme definiciones y, por supuesto, usa la tetera para calentar el agua, aunque no tenga colador. Tendrás que usar el colador en forma de bola que hay en los cajones. ¿Tengo que explicártelo todo?

—No te preocupes. Lo encontraré. Lo que no estoy seguro es de si encontraré la hierbabuena.

—No sabes lo que es hierbabuena. Normal. Es demasiado buena para ti —dijo riéndose.

—Hierbabuena: Planta herbácea, vivaz, de la familia de las labiadas, con tallos erguidos, poco ramosos, de 40 a 50 cm, hojas vellosas, elípticas, agudas, nerviosas y aserradas, flores rojizas en grupos axilares, fruto seco con cuatro semillas, y que se cultiva mucho en las huertas, es de olor agradable y se emplea en condimentos.

—Muy bien. Ya sé que sabes buscar en un diccionario. Pero… ¿sabes buscar una planta en el balcón? Es un balcón, no un jardín botánico.

—Creo que la encontraré, pero si tengo dudas, preguntaré antes de arrancar la planta.

—¿Arrancar? Ni se te ocurra. Los tallos no se arrancan, se cortan cerca de la tierra. Como arranques las raíces de mi hierbabuena te arranco el procesador.

—Perdón. Gracias por la aclaración.

El robot fue a la cocina y Enrique, desesperado, gritó:

—¡Eso es la cocina! ¡El balcón está por el otro lado! ¿No sabes distinguir un balcón de una cocina?

—Disculpe señor, pero he ido a la cocina para coger las tijeras para cortar la hierbabuena.

—¡Ah! ¡Eso es buena idea! ¡Por fin haces algo bien! Y no me llames señor.

—Disculpe. Aún ignoro su nombre.

—Enrique.

—Enrique —repitió el Z-15 mientras salía al balcón.

Enrique se sentó en su sofá y resopló. No estaba seguro de si adquirir el Z-15 había sido una buena idea. Tal vez le ahorrara trabajo, pero también le obligaba a enseñarle y a discutir con él tonterías. «Es un robot. Por mucha IA que tenga, no sabe lo que yo, a mis años y con todo lo que he vivido», pensó.

En pocos minutos, el robot volvió del balcón con un manojo de hojas de hierbabuena. El olor fresco llegó a la nariz de Enrique, quien al verlo gritó:

—¿Qué haces? ¡Has cortado muchas hojas! Con la mitad sería suficiente. ¿Vas a hacer té también para ti?

—Yo no tomo té. Soy un robot.

—¡Ya lo sé! ¿Qué te crees?

—Lo siento. ¿Qué hago con las hojas que me sobran?

—Haz lo que quieras pero tráeme rápido el té.

El robot se metió en la cocina y pronto podía escucharse el ruido de la tetera eléctrica calentando el agua. Cuando volvió a salir traía una bandeja con un vaso de té. Enrique no estaba contento con el resultado:

—¿Por qué has echado toda la hierbabuena en el vaso? La hierbabuena se pone en la tetera y se cuela. Yo no quiero hierbas pululando por mi bebida. Cuela el té y tráemelo en una taza. ¡Rápido, por favor!

—Disculpa. Según mis datos lo que has pedido es un té moruno y el té moruno se sirve con la hierbabuena en el vaso.

—Pues no. Este té no es moruno y se sirve como yo te digo. ¿Vale?

—Por supuesto. Voy a colarlo ahora mismo —dijo el robot mientras levantaba de nuevo la bandeja diligentemente.

En pocos minutos ya estaba de vuelta con el té colado, sin hierbas y en una taza. Enrique le dio un pequeño sorbo y gritó:

—¡Ah! Esto quema mucho. Trae un vaso con dos hielos.

Enrique vertió el té de la taza en el vaso del hielo y lo movió girando el vaso en pequeños círculos para hacer girar los cubitos de hielo. Cuando lo probó, tampoco estaba de su gusto.

—Esto está muy frío. Caliéntamelo un poco.

El Z-15 llevó el vaso a la cocina y lo calentó en el microondas. Cuando se lo llevó dijo:

—Espero que ahora esté a tu gusto.

Enrique dio otro pequeño sorbo y dijo:

—De temperatura está bien pero… ¿te he dicho yo que le pongas azúcar?

—No —contestó el robot.

—¿Por qué le pones azúcar? ¿Quieres matarme porque sabes que soy diabético?

—Disculpe. No lo sabía. El té moruno lleva azúcar según la receta.

—¡Esto no es un té moruno! —gritó—. ¡Es un té con los tres ingredientes que te he dicho y punto! ¿Cómo vas a quitar el azúcar ahora?

—El azúcar forma una disolución con el té, por lo que su separación no es un proceso simple. Habría que evaporar el agua, pero perderíamos el té. Tal vez es más fácil que haga otro té.

—¡Hazlo rápido! —ordenó Enrique.

El robot ya había aprendido el orden y el modo de hacer las cosas: puso la hierbabuena en la tetera con el agua, luego puso el té y finalmente lo sirvió en una taza con un cubito de hielo. Cuando Enrique lo probó dijo, por fin:

—Esto es otra cosa.

—¿Quiere decir que está bien? —preguntó el Z-15 dado que no había entendido bien lo que Enrique había querido decir.

—Sí, ahora está más o menos bien. No era tan difícil, creo yo. Mira Z-15 —continuó hablando Enrique—, en el balcón tengo un macetero con un rosal. Quiero que cortes las rosas para hacer un ramo para un regalo. Pero no cortes todas las rosas. Corta solo tres, con el rabo de unos treinta centímetros. ¿Podrás hacerlo?

—Por supuesto, Enrique. Cortaré tres rosas a treinta centímetros de la flor.

El robot fue al balcón, pero rápidamente Enrique lo llamó:

—¡Z-15! Te he dicho que cortes solo tres rosas, ¿verdad?

—Sí, Enrique, me has dicho que corte tres rosas a treinta centímetros de las flores.

—No hay muchas rosas, pero tres son pocas para un ramo. ¿No crees?

—Tal vez. Depende.

—No eres de mucha ayuda… Bueno, corta todas las rosas. ¿Entendido?

—Entendido.

El Z-15 se fue de nuevo al balcón, pero en un minuto fue llamado de nuevo por su propietario.

—¡Z-15! Lo he pensado mejor, no cortes todas las rosas, corta solo tres.

—Enrique —dijo el robot mostrando lo que tenía en uno de sus brazos articulados—, ya he cortado cuatro.

—¿Para qué cortas cuatro? ¡Te he dicho tres!

—Enrique, antes me habías dicho que cortara todas.

—¿Todas? No, no… con tres es suficiente. Bueno, ahora con cuatro es suficiente. ¿No crees?

—No lo sé, depende. Según aparece en Internet, la mayoría de los ramos tienen más de cuatro flores.

—¿En serio? Bueno, no quiero que quede un ramo ridículo. Está bien, corta todas las rosas.

—¿Estás seguro?

—¡Sí! ¡claro! ¡venga! ¡venga!

Sin embargo, no habían pasado ni veinte segundos cuando Enrique llamó al robot de nuevo.

—¡Z-15! He pensado que con cinco rosas es suficiente. Las cuatro de antes y una más. No cortes más de cinco. ¿Vale?

El robot paró de cortar, recogió todas las flores y entró en la habitación donde estaba Enrique. El robot tenía en sus manos metálicas un gran ramo de más de veinte rosas. Enrique abrió los ojos como platos y le regañó:

—¿Qué has hecho con mis rosas? Eres un inútil. Te he dicho que solo cortaras cinco rosas.

—Enrique, lo siento, pero es que antes me habías dicho que cortara todas las rosas.

—No sé si te dije que cortaras todas las rosas, pero luego te dije que cortaras cinco. ¿Entiendes? Lo último que te dije fue que cortaras cinco.

—Lo siento, Enrique. No puedo volver a poner las rosas en su sitio.

—Igual que la hierbabuena… te has cargado mi pequeño huerto —sentenció Enrique con dureza.

—Sinceramente, lo siento. No lo soporto. No sé qué puedo hacer, pero solo se me ocurre una cosa.

El robot Z-15 bajó su cabeza y sus ojos se apagaron lentamente. Por sorprendente que pueda parecer, salió un hilo de humo por encima de su cabeza.

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