«El descarao» (parte 1)

El descarado, una historia con humor y pacienciaNo quiero volver a ver a Felipe. Es una persona encantadora, divertida, amable, culta y generosa. Pero no soporto su descaro. Somos amigos desde hace años y como trabajamos y vivimos en el mismo barrio, frecuentemente quedamos para tomar un café a media mañana, dar un paseo por la tarde, o ayudarnos mutuamente a hacer arreglos, o gestiones de todo tipo. Desde que ambos quedamos viudos estamos más unidos, pero no quiero volver a verle para que no me meta más en sus líos.

Yo me lo paso muy bien con él, hasta que tiene una de sus salidas de tono o bromas sin mucha gracia (o con demasiada gracia, según algunos). Por ejemplo, el otro día pasábamos de largo por la puerta de un supermercado y salió un hombre con unas diez barras de pan cogiéndolas con los dos brazos. Pues a Felipe no se le ocurre otra cosa que decirle:

—¡Epa! ¡Nos has dejado sin pan a los demás!

El hombre nos miró con cara de aturdido, sin saber si mandarnos a la mierda o reírse. Al final hizo un gesto de «ahí os quedáis» y se largó a paso ligero. Yo pasé vergüenza, propia y ajena, porque soy más tímido. Por esas cosas, Felipe se ha ganado el apodo de «El descarao».

Lo que más me molesta es que él hace la tontería, él es el que comete el desatino, pero como voy con él, nos meten a los dos en el mismo saco. Sin ir más lejos, ayer una chica iba caminando delante de nosotros con una minifalda muy mini. La chica iba tirando de su falda hacia abajo cada dos o tres pasos. Pues bien, Felipe, ni corto ni perezoso, soltó otro de sus graznidos para que se enterara toda la calle:

— ¡Ueee! ¡Que no hay más tela!

La chica se volvió y al primero que miró fue a mí, que por poco me caigo de espaldas por su mirada de basilisco enfadado y con conjuntivitis. Tras unos titubeos, a la mujer le salió un insulto dirigido a los dos: «¡Sois unos cerdos!». Yo pensé que nos iba a echar gas pimienta en los ojos, pero por fortuna aceleró el paso. Yo reduje velocidad cogiendo del brazo a Felipe que pareció querer darle la réplica. Hay veces que no tienen gracia sus comentarios, pero encima él suele dar su explicación:

—El mes pasado estuve en una boda —explicó Felipe— y el cura se dio cuenta de que muchas mujeres estaban tirando de sus faldas hacia abajo y en medio de la homilía soltó la pregunta de cuándo una falda es demasiado corta. Su respuesta fue simple: cuando hay que tirar hacia abajo de ella.

A pesar de sus salidas de tono, a veces no puedo evitar reírme. El otro día, por ejemplo, estábamos caminando por la calle y vimos que se aproximaban dos mujeres discutiendo acaloradamente. Al acercarse a nosotros, una de ellas gritó a la otra:

—O sea, que… ¡yo no puedo hablar!

Y mi amigo, sin cortarse un pelo y con total calma se dirigió a ella y le susurró:

—Pero gritar sí puede.

Él siguió andando como si nada. Yo seguí su ritmo, pero no resistí la tentación de volver la cara y ver que las dos mujeres estaban paradas, contemplando cómo nos alejábamos, con cara de pasmadas, hasta que una de ellas rompió a reír y la otra le siguió.

Unos metros más adelante nos encontramos con su tía, una mujer sin duda octogenaria, con el pelo blanco anudado en un moño tras la cabeza. Él la saludó con cariño y alegría:

—¡Tía! ¡Cuánto tiempo sin verte!

—¡Felipe! ¡Cielo! ¡Qué alegría! ¿Cómo te va la vida?

—Bien, ya sabes… disfrutando de la vida, que para eso vivimos —contestó sonriendo.

—Estás muy bien, pareces más joven —afirmó ella.

—Lamento mucho no poder decir lo mismo de ti —fue su respuesta.

La mujer, que evidentemente ya conocía las bromas de Felipe, le pegó un golpecito en el brazo. Ambos se rieron, pero el gesto de la mujer no me dejó muy claro si realmente le había hecho gracia. A mí no me hizo gracia, y de hecho, me sentí un poco violento.

El colmo de mi paciencia estalló en un funeral.

En el funeral

Estábamos en el funeral de uno de nuestros amigos. Leopoldo había muerto de cirrosis hepática, de tanto alcohol. El difunto estaba tan enfrentado con su familia que apenas vino gente al velatorio. Los pocos que estábamos allí éramos principalmente antiguos amigos que le apreciábamos, de alguna forma.

Felipe describía a Leopoldo como el amigo que más cosas le debía. Siempre que coincidíamos los tres, Felipe aprovechaba para recordarle a Leopoldo que le debía una chaqueta que le prestó hace algunos años. Leopoldo asentía y aseguraba que se la devolvería inmediatamente, cosa que nunca hizo. Nada más entrar al velatorio, Felipe se dirigió al difunto para decirle:

—Leopoldo, ¿dónde está mi chaqueta?

Los presentes no entendieron a qué se refería y se miraban extrañados. Por supuesto, Felipe tuvo que dar la nota más veces, aparentemente esperando los momentos más silenciosos:

—¡Se enganchó a la bebida más que a la vida! —espetó mirando al cadáver, pero sin mirar las consecuencias.

Algunos soltaron una carcajada contenida. Pero Felipe siguió exclamando:

—Si lo van a incinerar hay que decirlo… ¡con tanto alcohol puede explotar el horno!

Había dos o tres familiares de Leopoldo que miraron a Felipe con desprecio. Uno de ellos puso las manos encima de las del difunto susurrándole a otro que estaban heladas. Felipe, que además de ser un descarado tenía un oído extraordinario, se quitó la chaqueta y se la puso encima al difunto, exclamando:

—¡Siempre ha sido muy friolero! Ya es la segunda chaqueta que le presto.

Unas tímidas risitas iniciales fueron contagiando y mutando en carcajadas. A los pocos minutos todos estábamos muertos de risa (no literalmente, por supuesto). No podíamos dejar de reír. Los del velatorio de al lado debieron escuchar las risas y se asomaron por la puerta, que estaba abierta. Su pena sería inmensa, pero la risa les contagió también. Sin esperarlo, allí estábamos los amigos y familiares de dos difuntos, riendo en sus funerales. Yo pensé que me encantaría que en mi funeral la gente estuviera alegre; no porque yo me haya ido, sino porque lleven la alegría dentro de sí mismos y salga, como ocurrió en el funeral de Leopoldo.

Tuve que sacar a Felipe de la sala de velatorios, porque ya empezaban a unirse a las risas los visitantes de otros funerales. Nos sentamos fuera y empezamos a hablar sobre la triste vida de Leopoldo. Cuando quisimos darnos cuenta era ya muy tarde y nos habíamos quedado los últimos. Felipe entró y quiso recuperar su chaqueta, pero los del tanatorio le dijeron que había sido incinerada pues pensaron que era del difunto al estar puesta encima de él. Felipe, con toda la calma que os podáis imaginar susurró:

—Otra chaqueta que me roba Leopoldo. Ni muerto puede dejar de quitarme cosas. Se ha llevado mi chaqueta al más allá.

Para compensar la pérdida el funerario asesor le hizo entrega a Felipe de las cenizas de Leopoldo en vista de que los familiares habían olvidado la urna funeraria. Leopoldo se había quedado, una vez más, solo. Con tono de resignación Felipe me confesó:

—Hubiera preferido llevarme a casa mis dos chaquetas en vez de las cenizas de Leopoldo. Las pondré en una estantería, lejos del mueble bar.

Después de todo el día, nosotros estábamos cansados. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando intentamos, sin éxito, arrancar el viejo coche de Felipe.

—¡Maldita locomotora! ¡Es un trasto! —vociferó Felipe, perdiendo su habitual buen humor.

—No te preocupes… llama al seguro y nos vamos en la grúa —dije yo resolviendo el asunto.

—No tengo seguro —afirmó bajando la cabeza.

—¿Que no tienes seguro? ¿Estás loco?

—A ver… sí tengo, pero tengo lo mínimo. Me subieron el precio y llamé para pedir explicaciones. Me habían metido un seguro hasta para mascotas, que no tengo. Los de los seguros son unos caraduras.

—No son los únicos… —susurré yo para que me oyera y se diera por aludido, pero él me miró con su sonrisa socarrona y siguió hablando.

—Me enfadé con los del seguro y les dije que me quitaran todo lo que no fuera obligatorio, incluyendo la asistencia en carretera.

—Llama de nuevo y que te la incluyan.

—Ni hablar… yo no les doy más dinero a esos ladrones del seguro.

—Bueno, pues nos vamos en autobús.

—A estas horas no hay autobús.

—Pues en taxi.

—Vamos a la parada.

No había ningún taxi y tras esperar un rato decidimos llamar por teléfono. Pero nuestro taxi no llegaba. De hecho, estábamos en la puerta del cementerio y estaba anocheciendo. Aquello se estaba quedando cada vez más solitario y yo estaba empezando a cansarme de esperar en tan lúgubre lugar. Le dije que yo me iba andando, pero no me dejó:

—Tú has venido conmigo y yo te llevo hasta tu casa, como sea.

Volvió a llamar al taxi, diciendo que tenía que llegar urgentemente. Exagerando y haciendo teatro dijo que era cuestión de vida o muerte, pues estaba herido. La mujer le contestó que llamara mejor al teléfono de urgencias, al 112, y que para eso no mandaban nunca a un taxi.

—Bien, Felipe… —me quejé— has conseguido que ya no nos manden un taxi. ¿Qué hacemos ahora?

Nos pusimos a andar por la acera y en ese momento llegó un coche fúnebre. Entre el conductor y otros hombres cargaron un ataúd. El conductor se secó el sudor y le explicó a otro hombre:

—Estoy cansado de estos errores y de estos trabajitos, a estas horas. Es la última vez que lo hago. Llevo la caja al almacén y conmigo que no cuenten más…

Los dos hombres siguieron hablando y se metieron en el edificio. Felipe me llamó con un gesto y me susurró.

—¿Ves ese coche?

—¿El coche fúnebre? ¿Estás pensando robarlo? —pregunté de broma.

—Robarlo no. Escucha. Es de la Funeraria La Corona, que está al lado de mi casa. Y el conductor ha dicho que va para allá ahora mismo. Así que nos metemos detrás, y cuando lleguemos nos bajamos.

—¡Estás loco! —le espeté— ¿Y si se lo pedimos amablemente?

—¡Imposible! Primero que no cabemos los tres en el coche y segundo que tienen orden de no llevar a nadie —me explicó mientras me empujaba hacia la parte trasera del coche.

Miró para todos los lados, abrió la puerta trasera del vehículo y, con una agilidad que no imaginaba en Felipe, saltó a su interior con la urna funeraria de Leopoldo y se acopló en un lateral del ataúd. Me dijo que, o saltaba dentro, o cerraba la puerta, pero que él no se iba a quedar allí más tiempo. Yo estaba estupefacto, pero no quería quedarme solo, de noche, en el cementerio. Así que me dejé arrastrar, me subí al coche, cerré la puerta y me tumbé al otro lado del ataúd. Empecé a recriminar a Felipe sus ideas, pero él me interrumpió con gestos de silencio, señalando para indicarme que venía el conductor.

Efectivamente, el conductor vino con otra persona. Estaban hablando del papeleo que tenían que hacer. Nosotros veíamos sus figuras a través de las cortinas que tapaban las ventanas traseras. El coche era más largo y espacioso de lo que yo había imaginado desde fuera y a Felipe no se le ocurre otra cosa que aclararme en voz baja:

—Es la primera vez que me monto en limusina.

Los dos nos reímos intentando no hacer ruido, aunque yo tenía un estrés descomunal. Estaba claro que nos iban a pillar. Los hombres seguían hablando y parecía que se estaban despidiendo. A mí me dolía la barriga de intentar aguantar la risa. Cuando entró el conductor los dos conseguimos callarnos. Yo pensé en algo triste.

El coche arrancó y el traqueteo me hizo apoyar la cabeza. El conductor puso música animada de la radio y empezó a cantarla sin mucha pasión. Felipe levantó ligeramente la cabeza para hacerme un gesto burlándose de lo mucho que desafinaba. Yo le respondí con otro gesto de afirmación, pero mi cabeza estaba pensando en cómo íbamos a bajarnos del vehículo cuando llegáramos, sin que el conductor se diera cuenta. Felipe, en cambio, estaba moviendo su cabeza al son de la música, felizmente.

Entre la rendija de la cortina vi que estábamos entrando en la carretera nacional. El conductor volvió un poco la cabeza hacia atrás y, sin perder la vista de la carretera, paró de cantar para comentar medio gritando:

—Sr. Felipe, tenemos una hora por delante de camino. Espero que no se muera del aburrimiento… más de lo que ya está.

Felipe pegó un rebote al oír su nombre. Estaba a punto de dirigirse al conductor cuando cayó en la cuenta de que el conductor le estaba hablando al finado. Felipe abrió la tapa del ataúd y efectivamente, allí había un difunto. Al decir que llevaban el ataúd al almacén, yo había imaginado que el ataúd estaba vacío. Al ver al fallecido sentí un mareo. No me gustan los cementerios ni estar cerca de los difuntos y ahora estaba tumbado junto a dos cadáveres, uno desconocido de carne y hueso, y otro mi amigo Leopoldo, o lo que quedaba de él. Felipe me miró y me susurró que había un «fiambre»… ¡como si yo no lo hubiera visto!

Un sudor frío bajaba por mi cabeza y tardé unos minutos en recuperarme lo suficiente para caer en la cuenta de que la ciudad no estaba a una hora de camino como había dicho el conductor, sino a quince o veinte minutos. ¿Dónde nos llevaría el coche fúnebre a nosotros dos, al muerto y a las cenizas de Leopoldo? Miré discretamente por la ventanilla y comprobé lo que estaba pasando. Felipe seguía feliz, bailando con la cabeza al ritmo de la música.

—¡Pss! ¡Felipe! —musité— Vamos en dirección contraria… ¿Qué hacemos?

Los ojos de Felipe se abrieron. Se encogió de hombros y yo me tumbé para pensar. Miré otra vez por la ventanilla y vi que habíamos llegado a un pueblo, con sus casas encaladas. Pensé bajarnos en un semáforo, pero era un pueblo pequeño, sin semáforos. Repentinamente, el conductor se volvió de nuevo de medio lado para dirigir al cadáver unas palabras:

—¡Felipe! Ya estamos en mi pueblo, un rato más y te llevo al tuyo.

Mi amigo Felipe, con su desparpajo característico, se incorporó y apostilló:

—Disculpe, pero yo no quiero ir a mi pueblo.

Como era previsible, el conductor se pegó un susto de muerte. No esperaba que el muerto se opusiera a sus planes. Pegó un grito digno de una buena película de terror y dio un frenazo que le hizo perder el control del coche hasta que acabó empotrándose en una esquina.

Yo me llevé un buen golpe en la cabeza, pero no me dio tiempo a lamentarme. Felipe (mi Felipe) dio un respingo, abrió la puerta, me tendió la mano y ambos salimos del coche. Me preguntó si estaba bien y me llevó de la mano a la esquina de enfrente. La calle estaba totalmente vacía. Unos metros más adelante había un bar con unas mesas en la calle. Felipe me cogió y me sentó en una silla mientras yo salía de mi estado de conmoción. Por la ventana, el camarero nos hizo un gesto de que ahora venía. Sin embargo, Felipe se acercó a la ventana y le dijo: «¡dos cervezas, por favor!», y se puso a llamar por teléfono al 112 de urgencias:

Cuando vino el camarero con las cervezas, Felipe estaba hablando con el teléfono de urgencias:

—¡Sí! ¡Ha habido un accidente de un coche funerario! ¡Le paso a un hombre para que le indique la dirección exacta!

Mientras el camarero observaba el coche fúnebre encima de la acera y acoplado a la esquina, Felipe le decía que le diera la dirección al servicio telefónico de urgencias. El camarero recitó la dirección y contestó algunas preguntas extra diciendo que no sabía nada de si había heridos o no. Al colgar, le devolvió el teléfono a Felipe y el camarero preguntó qué había pasado. Felipe contestó:

—¡Pues mire! Veníamos por la calle nosotros y el coche ha hecho una maniobra rara y se ha empotrado allí, pero ha sido suave. No creo que sea grave, pero lo mejor es llamar a urgencias, ¿no? Y si hay heridos lo mejor es no moverlos hasta que lleguen los de urgencias.

El camarero y yo mirábamos a Felipe con atención. Mientras Felipe agarraba su cerveza y me hacía un gesto para brindar, el camarero admitió:

—Sí, mejor no mover a los heridos, pero… ¿hay heridos?

El camarero se estaba acercando cuando el conductor del coche fúnebre salió gritando:

—¡Me ha hablado el muerto! ¡Me ha hablado el muerto!

—¿Está Vd. bien? —preguntó el camarero.

—¡No! ¡No estoy bien! ¡El muerto ha resucitado! ¡El muerto está vivo! ¡No está muerto!

El conductor abrió la puerta trasera, quitó la tapa del ataúd y tomó el pulso al muerto. Como era de esperar, estaba muerto. El conductor gritaba sin parar.

—¡Está muerto! ¡Está muerto!

—Claro, claro, tranquilícese —decía el camarero—. Debe estar muerto, si está en el ataúd, ¿no?

—¡Está muerto! ¡Está muerto!… ¡Pero habla! ¡Me ha hablado!

Cuando llegó la ambulancia, pronto se dieron cuenta de que ellos no tenían nada que hacer allí. La vida del conductor no corría peligro. Al parecer solo le dieron un calmante. Además, certificaron que el difunto estaba de verdad muerto, ante la incredulidad del conductor que seguía diciendo que le había dicho que no quería ir a su pueblo.

Nosotros, nos terminamos la cerveza, pagamos y nos fuimos paseando a buscar al taxista del pueblo, siguiendo las indicaciones del camarero. Leopoldo, o lo que quedaba de él, se quedó olvidado en el coche fúnebre pero ahora podría tener un nuevo amigo Felipe, tan vivaracho como él.

Felipe me pidió mi chaqueta prestada y desde entonces, no he vuelto saber de él, ni de ella. En realidad, yo lo evito, pero cuando me acuerdo de sus anécdotas, me parto de risa.

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