1944 — Un pastel a cambio de un robo

Mis abuelos Francisco y Teresa vivían en Cúllar Vega, un pequeño pueblo a unos seis kilómetros de Granada. En los duros años de la posguerra española tenían una tienda de comestibles y un bar contiguo. Eso les permitía sacar adelante a una familia con siete hijos, cuatro niños y tres niñas.

Mi abuelo era un hombre recto y honrado que se había ganado una buena reputación en todo el pueblo. Él lo sabía, hasta el punto que le había repetido a todos sus hijos:

—Si alguna vez tenéis algún problema, solo tenéis que decir que sois hijos de Paco Galindo.

Pequeñas travesuras

Allá por 1944 mi padre era un renacuajo con unos siete años. El pequeño Pepe, o Pepito como a veces le llamaban, alguna vez iba a la estación del tranvía de La Gloria para recibir a su padre cuando este venía de hacer compras en Granada. El tranvía estuvo funcionando en esa ciudad hasta 1971. Tras casi setenta años, alguien decidió que los autobuses sustituyeran un transporte público tan práctico y ecológico como el tranvía, pero esa es otra historia.

En cierta ocasión mi padre estaba en la estación del tranvía esperando a mi abuelo, cuando vio en un patio una higuera bien cargada de dulces higos, justo en su punto ideal de maduración. Sin pensarlo dos veces, se encaramó a la misma y se puso a comer higos. Repentinamente, llegó el dueño un tanto sorprendido y, dando voces, invitó al intruso a bajar. El pequeño, asustado, repitió varias veces:

—¡Soy hijo de Paco Galindo! ¡Soy hijo de Paco Galindo!

El hombre se sonrió y sin decir nada más dejó que el niño se fuera. Sin entender bien lo que había pasado, el niño vio de forma práctica que con decir el nombre de su padre los problemas se resolvían.

Pepe esperó unos minutos y por fin llegó el tranvía con su padre. Entonces, le ayudó a bajar un paquete ligero y se dio cuenta que el dueño de la higuera estaba también esperando. Ambos hombres se pusieron a hablar y, por supuesto, el dueño de la higuera le contó lo que había pasado. Los dos hombres se rieron y el pequeño Pepe pensó que no había hecho nada grave.

Ya de camino a Cúllar Vega, el padre explicó a su hijo cuándo usar correctamente su nombre.

En aquellos años no era raro que Pepe estuviera revoloteando por el bar e incluso atendiera puntualmente a algún cliente. De vez en cuando llegaba algún labriego con bicicleta a tomar algo y descansar un rato. Dejaba la bicicleta en la puerta apoyada contra la pared y entraba a relajarse.

El pequeño Pepe aprovechaba la ocasión para tomar prestada por su cuenta la bicicleta y dar una vuelta rápida por las calles del pueblo. En aquella época solo había una bicicleta en todo el pueblo, la de Pepe “el Manrina”, la cual tenía el manillar de carreras, por lo que jamás se le hubiera ocurrido cogerla. Pero en cambio, las bicicletas de la gente de otros pueblos cercanos tenían el manillar tradicional y sí se atrevía a cogerlas, incluso sin permiso.

Evidentemente, el niño no alcanzaba al sillín y en realidad usaba la bicicleta a modo de patín, es decir, ponía el pie derecho en el pedal izquierdo y con el otro pie se empujaba en el suelo. Cuando creció un poco más pasaba la pierna derecha entre el cuadro de la bicicleta y así conseguía poner ambos pies en los pedales y avanzar dando medias pedaladas.

Lo normal era que el niño volviera antes de que el cliente hubiera terminado su consumición. Dejaba la bicicleta donde estaba y nadie se enteraba de su travesura. Pero a veces el cliente tenía prisa y salía antes de lo previsto, creyendo que su bici había sido robada. Imaginamos con qué desesperación miraba a izquierda y derecha intentando divisar al posible ladrón, cuando al fondo de la calle aparecía un microbio montado en su bicicleta. Evidentemente, al hombre no le hacía ninguna gracia, pero antes de que pudiera echarle la bronca, el niño tenía sus palabras mágicas:

—¡Soy hijo de Paco Galindo!

El hombre haciéndose cargo de que había sido una travesura sin importancia, se dejaba llevar por su prisa, tomaba la bicicleta y se iba sin más contratiempos.

Pelea en el recreo

La escuela del pueblo era lo que se conoce como una escuela unitaria, en la cual un maestro, D. José en este caso, se hacía cargo de niños de edades muy variadas, hasta los 16 años aproximadamente. En el  pueblo había también otro maestro, Don Valerio.

Una de las diversiones durante el recreo de la escuela eran las peleas entre niños. Los mayores azuzaban entre sí a los más pequeños y para ello había varias formas típicas. Una de ellas era instar a que uno mojara la oreja a otro con su saliva en el dedo. Otra forma era hacer dos montoncillos de tierra y decir que cada uno representaba a sus respectivas madres. Si alguno se atrevía a pisar o destruir “la madre” del otro, la pelea estaba asegurada.

Menos frecuente era crear complots para asegurar la diversión. Eso fue lo que ocurrió cuando los mayores consiguieron poner a tres niños en contra de Pepe, nuestro protagonista. Así, durante el recreo y en plena calle, los tres chavales se dejaron seducir por Pepe el Bollero, que tendría 12 o 13 años. Esta banda buscó a Pepe y rápidamente se formó un corro alrededor. Podemos imaginar los gritos de la jauría: «¡Pelea! ¡Pelea!». Pero afortunadamente, un amigo le advirtió a Pepe:

—Ten cuidado. El Glingue y los otros dos tienen agujas de inyecciones.

Pepe denunció rápidamente a los mayores que los otros tenían agujas y estos les obligaron a soltarlas. Casi nunca se producía sangre en estas lides.

El Glingue y los otros dos rodearon a Pepe, que con rápidos movimientos y saltos conseguía que no se acercaran demasiado. Cansado de tanto escapismo El Glingue se decidió a atacar y al acercarse recibió una patada en la boca con peores consecuencias de lo que Pepe hubiera imaginado. El Glingue sangraba y se fue corriendo a su casa lamentándose. Los otros dos desistieron de la lucha. Pronto se acabó el recreo y entraron en clase para continuar la jornada.

No tardó en presentarse en el aula El Glingue con su madre. El niño se sujetaba un ensangrentado pañuelo sobre la nariz y la boca. El maestro escuchó atentamente las quejas de la indignada madre y quiso saber quién había sido el culpable. Sin pedir ni admitir explicaciones, el profesor castigó al autor a estar de rodillas hasta el final de la mañana.

Al salir del colegio, Pepe fue rápido a casa y le contó a su madre lo ocurrido. La madre entendió las razones de su hijo y para remarcar la injusticia le dijo que tenía que haberse escapado del colegio para ir a contárselo a ella.

La pequeña baraja

Algunos salchichones y chorizos de los que se vendían en la tienda incluían de regalo una carta de la baraja española en miniatura. La mayoría de los clientes no querían coleccionar la baraja dado que no compraban suficientes embutidos y, por supuesto, también salían muchas cartas repetidas. Conseguir todos los naipes de la baraja era algo excesivamente difícil, incluso para alguien que, como el pequeño Pepe, estaba en una posición privilegiada, pues muchos clientes no se las llevaban. Téngase en cuenta que la baraja española tiene cuatro palos de doce naipes cada uno, es decir son, 48 naipes en total. Durante muchos años fue corriente que se eliminaran los naipes ocho y nueve de cada palo, lo que hacía un total de 40 naipes. Aun así, conseguir esos 40 naipes no era tarea sencilla.

Sin embargo, el pequeño Pepe, poco a poco, fue consiguiendo una carta aquí otra allá y estaba a punto de conseguir tenerlas todas. Era un pequeño tesoro que solía llevar en su bolsillo, pero ocurrió algo inesperado.

Paco, uno de los hermanos mayores de Pepe, tendría unos diez años y ya ejercía de monaguillo con el cura del pueblo, don Juan Morales. Ser monaguillo era un privilegio e incluso las madres rogaban al cura que eligiera a su hijo. El cura era meticuloso en su elección y no toleraba la indisciplina. De hecho, en cierta ocasión expulsó a un monaguillo de la procesión del Domingo de Resurrección por tirar un petardo contra el suelo y le dijo que no volviera. Hay que decir que durante esa procesión los culleros tiran miles de petardos —tal vez decenas de miles— y todo el pueblo se envuelve en una nube de pólvora y humo. Son petardos que no requieren fuego sino que explotan al recibir un impacto, normalmente al lanzarlos contra el suelo. El sonido en torno a la procesión es ensordecedor, pero sin embargo, al cura no se le escapó el gesto de su monaguillo, el cual quedó expulsado en el acto.

El pequeño Pepe, con sus 6 o 7 años, aún no podía ser monaguillo —tiempo tendría años después—, pero casi siempre acompañaba a su hermano. Un día, tras la misa, estaban en la sacristía los monaguillos con el cura y el pequeño Pepe por allí deambulando. El cura debió percatarse que Pepe tenía algo extraño en el bolsillo, así que, como jugando con él lo atrapó con sus rodillas y le metió la mano en el bolsillo para descubrir la pequeña baraja que Pepe estaba coleccionando.

Suponemos que el cura consideró que jugar a las cartas no era propio de un niño o tal vez, siendo mal pensados, vio la oportunidad de conseguir una baraja cómodamente. Lo cierto es que el cura le dijo al niño que no debía llevar esas cosas y se quedó con la baraja. La cara de contrariedad del niño fue sin duda muy expresiva. Entonces, el cura reaccionó y le dio una peseta al niño diciéndole:

—Anda, ve y compras un pastel.

Comer pasteles en la posguerra era algo muy excepcional. En el pueblo había solo una pastelería que traía su mercancía de Granada y que estaba situada cerca de la iglesia. Se le conocía por pastelería María La Muñica. El niño salió de la sacristía y compró el pastel. Al salir de la pastelería, Pepe miraba el pastel con devoción y deseo, pero no podía hacer nada, pues tenía que llevárselo al cura. El pequeño Pepe sabía que posiblemente sería para él, pero por si acaso no pudo resistir la tentación de tirarle un pequeño mordisquito en un lateral y taparlo para que no se notase.

Al llegar de nuevo a la sacristía el señor cura le dijo que pusiera el pastel sobre la mesa. El cura empezó a darle lentamente vueltas. De vez en cuando, miraba a Pepe, el cual estaba cada vez más nervioso temiendo que el dichoso cura descubriera su secreto. Entonces, aquel hombre ensotanado preguntó sonriendo:

—¿Le has tirado un bocado?

El niño, sonrojado y desconcertado ante aquel espectáculo, callaba, pero el cura, señalando el lugar preciso del mordisco y con tono bromista, volvió a preguntar:

—¿Y esto qué es?

Los monaguillos se reían mientras Pepe no sabía bien dónde meterse. El cura le sacó del aprieto:

—Ve detrás de aquella puerta y te lo comes.

En la intimidad, Pepe dio buena cuenta del pastel y jamás olvidaría que aquel pastel le había costado su preciada baraja. Seguramente le contó lo sucedido a su madre, pero obviamente ella no iba a hacer nada por recuperar la baraja y Pepe no intentó coleccionar más naipes.

♦ Notas:

  • Esta historia es totalmente cierta salvo alguna imprecisión por el tiempo transcurrido.
  • El pastel valía 1 peseta, lo cual equivale al cambio a algo más de medio céntimo de euro (exactamente 0,006 euros). Puede calcularse con ello el encarecimiento de la vida de forma aproximada.

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