1949 – Azarosa excursión al Castillo de Santa Eufemia

Vista aérea del convento y colegio-seminario carmelita, donde se aprecia la iglesia y los dos claustros con sus dependencias anexas. Detrás se distingue la ermita de San Sebastián. Hoy sólo perviven los dos templos.En los años de la posguerra española, mi padre estuvo interno en un colegio religioso en Hinojosa del Duque (Córdoba). Eran tiempos duros, de auténtica necesidad, y los Padres Carmelitas Calzados imponían rígidas normas y restricciones a los estudiantes. Apenas había lugar para el ocio, pues había escasez de recursos, hambre y frío.

El lema educativo era “la letra con sangre entra” y cualquier falta de disciplina conllevaba el castigo. Sirva de ejemplo que en los momentos de estudio colectivo se juntaban más de cincuenta estudiantes. Ahí, en el salón de estudios, el silencio era tan absoluto que pasar la hoja del libro era un ejercicio arriesgado. Un mínimo ruido podía costar varios golpes en las manos con una temida regla.

La rutina en el colegio se rompió cuando anunciaron que los estudiantes irían de excursión a un cortijo. Algún profesor pensó que sería bueno para los niños salir del colegio. Debía de ser en la primavera de 1949 y mi padre tenía entonces 12 años. Trascurridos tantos años es imposible averiguar el lugar exacto de dicho cortijo, pero estaría situado por el Valle de los Pedroches.

Aquello era un evento muy especial y varios camiones cargaron sus volquetes con los niños para transportarlos (no disponían de autobuses). Tras casi una hora de interminables traqueteos los camiones se detuvieron para vaciar su cargamento de chavales. Seguramente, el griterío llenó el cortijo. Los juegos y las risas inundaron el lugar. Mi padre y tres compañeros se quedaron hablando, admirando el paisaje. Observaron un castillo, aparentemente no muy lejos. Alguien les informó que se trataba del Castillo de Santa Eufemia, cuyas ruinas aún hoy pueden visitarse.

Castillo de Miramontes / Castillo de Santa EufemiaEl castillo también es conocido con el nombre de Castillo de Miramontes y tiene origen romano. Los árabes y los cristianos también lo usaron, ampliaron y restauraron, porque el lugar era estratégico para controlar una de las vías que comunican Andalucía con La Mancha. Al parecer, en 1478 los Reyes Católicos mandaron destruir el castillo para castigar al señor feudal de la región por abusar gravemente de sus vasallos. Hoy, el castillo solo puede presumir de unas ruinas con dos torres en estado lamentable.

Sin embargo, en la distancia, el castillo resultaba atractivo a los muchachos. Más aún, la sola palabra “castillo” sería posiblemente suficiente para que la imaginación infantil imaginara batallas y caballeros andantes. No sabemos lo que pensaron los cuatro amigos, pero lo cierto es que decidieron ir al castillo para verlo de cerca. Sin pensarlo mucho —y sin medir bien ni la distancia ni el tiempo—, los cuatro se pusieron a caminar en línea recta hacia el castillo, atravesando campos de encinas.

Castillo de Santa Eufemia o de MiramontesNaturalmente, el castillo se veía cada vez más cerca y el cortijo cada vez más lejos. Caminando, los chavales se estaban dando cuenta de que el castillo no estaba tan cerca como parecía. Aproximadamente tras una hora de caminata, dos de ellos decidieron volver al cortijo. Mi padre y otro compañero continuaron. Tras otra hora, más o menos, ya estaban al pie de la montaña. Por supuesto, decidieron subir. El castillo estaba cerca, a su alcance.

La subida fue dura. Sin beber ni comer, las fuerzas flaqueaban bajo el calor. A mitad de la subida, los dos chavales estaban cansados y pensaron que aún les quedaba el camino de vuelta. El cortijo estaba perdido en el valle. Entonces, un sentimiento les invadió: “¿Qué se nos ha perdido en el Castillo?“. Sin llegar a coronar, los dos acordaron volver antes de que fuera demasiado tarde. Tenían que llegar al cortijo a tiempo para la comida.

El camino de vuelta era más duro de lo esperado. El cansancio se acumulaba, el calor apretaba y la sed aumentaba. No había posibilidad ni de beber agua. El paraje era agreste y solitario, pero repentinamente —tal vez fue un milagro— apareció un labrador que llegaba a su cortijo. Podrían haberle pedido ayuda para llegar a su destino o, al menos, un vaso de agua, pero no se atrevieron, pese a que el hombre les preguntó quiénes eran, extrañado de ver unos niños por aquellos parajes. A ambos les dio corte y no le pidieron ayuda. A pesar del cansancio, probablemente apretaron el paso pensando en la comida, en la reprimenda que les esperaba por llegar tarde, y en el posible castigo.

Debían de ser más de las tres de la tarde cuando los dos jóvenes excursionistas llegaron de vuelta. Todos sus compañeros habían terminado el almuerzo. El superior, el cura encargado de los chavales, les regañó pero no fue duro con ellos al constatar que solo estaban cansados. Afortunadamente, aún quedaba comida y les mandó ir a comer. Mientras los demás jugaban ellos devoraron la comida.

El menú sería sencillo, pero cuando hay hambre, comer es siempre un lujo. Con el estómago lleno y el cansancio, apareció la modorra. Los dos chavales se tendieron en un almiar, mirando el incansable picoteo de las gallinas. Sobre la paja, ambos se durmieron. Tras haber caminado más de 20 kilómetros campo a través, el sueño fue inevitable a pesar de un picorcillo que se iba extendiendo por su piel.

Son de color rojo, blanquecino o pardo, dependiendo de si han ingerido sangre de gallinas o no. Repentinamente, uno de ellos despertó y sin pensarlo dos veces zarandeó a su amigo para que también despertase. Los dos estaban invadidos por bichos diminutos, como piojos. Alarmados, sacudieron sus extremidades, saltaron y fueron rápido a pedir auxilio a las cocineras que estaban allí lavando platos. Las mujeres les dijeron que eran piojos de gallina. Ellas no sabrían el nombre científico de esos bichos —que tal vez fuera Demanyssus gallinae— pero sí sabían que no eran peligrosos, que no parasitan ni pican a los humanos, lo cual tranquilizó a los niños.

Poco a poco se fueron librando de esos incómodos invasores, zarandeando el cuerpo, sacudiendo la ropa y frotándose el pelo. En un recodo solitario debieron también limpiarse las partes íntimas.

Fue imposible ducharse en el cortijo o en el colegio. En aquella época nadie tenía duchas y el colegio no era una excepción. El aseo personal diario se hacía usando una palangana o zafa. Solo una vez a la semana se obligaba a los niños a un baño más en profundidad en uno de los patios del colegio.

Los ácaros rojos de las aves o falsos piojos de las aves (Dermanyssus) son ectoparásito hematófagos que infectan a las aves pero también de forma oportunista a mamíferos como perros, caballos y humanos.El ácaro rojo o piojo de las gallinas es un arácnido —no una araña— con un ciclo de vida muy corto: en condiciones óptimas pueden pasar 5 días entre el nacimiento y el individuo adulto. Esta velocidad hace que sea fácil que ocurran plagas. Además, pican a las aves principalmente por la noche mientras que por el día suelen esconderse en grietas, rendijas o entre la paja. Por eso pasan fácilmente inadvertidos para las personas. Si una gallina o polluelo recibe muchos picotazos, la falta de sangre puede ocasionarle enfermedades (anemia, inflamaciones…) e incluso la muerte. Son parásitos difíciles de erradicar pues sobreviven tras estar hasta diez meses sin comer.

Tras librarse de los ácaros y tras el agotador viaje de vuelta, el calvario de los muchachos no terminó. Cuando llegaron al colegio, estaban obligados a rezar el rosario de rodillas en el salón de estudios. Extenuados, eran incapaces de mantenerse erguidos. Tuvieron que hacer un gran esfuerzo para no dormirse y para sujetar el cuerpo con las manos apoyadas entre dos pupitres, con disimulo para no llamar la atención del vigilante.

Lo que es seguro es que ese día durmieron bien a pesar del hambre y del frío que moraban en los dormitorios por las noches.

♦ Nota: Esta historia es totalmente cierta salvo alguna imprecisión por el tiempo transcurrido.

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