Historias Incontables

El niño que cuidó de un pajarillo 🐦

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—Llámale Ismael —afirmó con rotundidad el niño, mientras clavaba sus ojos llorosos en las arrugadas manos de su abuelo.

—¿Por qué Ismael?

—Por que así se llamaba mi hermanito. Ya lo sabes. Yo lo quería mucho. Bueno, yo lo sigo queriendo.

—Comprendo… pero es mejor que no le pongas nombre. Siéntate aquí —repuso el anciano mientras le señalaba un taburete.

Ambos se sentaron alrededor de una pequeña mesa y el niño puso encima la caja que llevaba bajo el brazo. Pablito tenía casi diez años y pasaba más tiempo con su abuelo que con sus padres, los cuales estaban todo el día trabajando. El abuelo vivía en una casa cerca de la suya y como era un pueblo no muy grande, el niño podía ir desde su casa a casa del abuelo libremente. Siguen existiendo esos pueblos en los que las puertas de las casas no se cierran con llave.

El abuelo se sentó, abrió una rendija de la caja y miró con cuidado.

—¡A ver qué tenemos aquí! —exclamó el abuelo entrecerrando los ojos.

—Es un pajarillo, ya te lo he dicho —balbuceó el pequeño con evidente nerviosismo—. Estaba tirado en el suelo y no tenía mamá, ni papá.

—¡Vaya! Es una golondrina bebé… y está herida. ¡Vamos a curarla!

El anciano metió la mano en la caja y agarró con cuidado al polluelo. Apoyó la otra mano en la mesa para levantarse, se rascó su canosa barba y salió de la habitación. El niño miraba la caja, ahora vacía. Pronto llegó el abuelo con el polluelo en una mano y un bote amarillo en la otra. Con voz ronca, pero con tono dulce explicó al niño cómo proceder:

—No parece una herida grave, pero tienes que coger al pajarillo con mucho cuidado, pues podrías partirle un ala o una pata, lo cual sería fatal. ¿Ves que tiene el pecho manchado de sangre?

—Sí —confirmó el niño aún con voz temblorosa.

—Bien, pues este líquido es milagroso. Es desinfectante. Espero que no le duela, pero debes echarle dos o tres veces cada día. ¿Podrás?

—Sí, claro —afirmó Pablito sacando pecho—. Eso es fácil. Lo que no sé es qué darle de comer.

—Parece un poco deshidratado —diagnosticó el abuelo de Pablito mientras echaba al polluelo desinfectante en la herida—. Lo primero es que beba un poco de agua con un poquito de sal y azúcar, o un pelín de miel. Pero no le des mucha agua. No es bueno que beba mucho pues podría producirle diarrea. Te daré una jeringuilla que yo tengo de mi médico para que puedas darle de beber y de comer con ella.

—¿Por qué no puedo ponerle nombre? —preguntó Pablito, que parecía un poco más calmado.

—Las golondrinas, aviones y vencejos son aves insectívoras. Comen insectos. ¿Lo sabías? Si fuera un gorrión sería más fácil de cuidar, porque los gorriones comen de todo: insectos, semillas, migas de pan…

—Pero… ¿por qué no puedo ponerle nombre? —insistió Pablito.

El abuelo puso el polluelo en la caja de nuevo y la cerró. Luego, se quitó el flequillo de la frente. Miró al niño que le devolvía la mirada con sus ojos bien abiertos, expectantes. Viendo que el niño no iba a olvidar la pregunta, se decidió por contestar:

—Te seré sincero. Estos pájaros son difíciles de criar. Son salvajes y necesitan la libertad. Sin sus padres, es muy difícil que sobrevivan. Si le pones nombre, le tomarás más cariño y luego sufrirás más cuando muera.

—Pero puede que no muera. Yo lo voy a cuidar y quiero que se llame Ismael, como mi hermanito. ¿Qué tengo que darle de comer?

—Los papás y mamás de las golondrinas se pasan el día cazando insectos para sus hijos. En las tiendas de animales venden una pasta para pájaros insectívoros que se mezcla con agua y le vendría bien, pero aquí, en el pueblo, no se puede comprar. Así que tendremos que cazar insectos para… para Ismael. ¿Qué te parece? Yo te voy a ayudar. Necesita comer muchas proteínas y pocos hidratos de carbono.

—¡Gracias abuelo! —exclamó Pablito dándole un abrazo fuerte en la cintura.

El abuelo le puso una mano en la espalda y le explicó al niño cómo darle de comer:

—Lo normal es que, si tiene hambre, la golondrina abra de forma instintiva el pico. Si no lo abre, tendremos que abrírselo con cuidado para no hacerle daño. Habrá que darle los insectos que cacemos mezclados con agua. Y no abusemos de las hormigas porque no le sentarán bien. Lo mejor son insectos voladores, que son los que sus padres cazarían. Si no abre el pico, puedes silbar. Pero por favor, no le des pan con leche.

El abuelo sonrió al ver que Pablito estaba apuntando todo lo que decía en un trozo de papel arrugado. Esperó a que terminara de escribir y, cuando el niño levantó la mirada, continuó su explicación:

—Apunta esto también: los padres le dan comida, pero también calor por la noche. Tendrás que meter en su nido un par de botes con agua caliente, para que pase la noche calentito.

—¿Cuantas veces debo darle de comer? —Preguntó el niño mientras no dejaba de escribir.

—Pues no lo sé, pero los padres de las golondrinas están todo el día yendo y viniendo del nido. O sea, que habrá que darle mínimo 6 ó 7 veces al día. Y otra cosa importante: es mejor que no nos vea, para que no se acostumbre a estar con humanos. Lo mejor para Ismael es que se aleje de los humanos. Nos taparemos con una sábana cuando le demos de comer. Estas pinzas serán muy útiles para simular el pico de los padres al alimentarlo.

El niño estaba mirando a su abuelo con unos ojos como platos, cogió las pinzas, pero no dijo nada. El abuelo miro la caja, el nido de Ismael. A continuación, balanceó la cabeza para, al final, proponer:

—No me gusta el nido de Ismael. Tengo una caja de madera que es mejor. Le haré un agujero perfecto para que pueda salir y asomarse. Pondremos el nido en la ventana del tendedero y así podrá salir y posarse en sus cuerdas para aprender a volar.

—¿No se caerá otra vez? —preguntó Pablito.

—No lo creo. Lo normal es que los nidos de golondrina estén altos y no se caigan los polluelos. Cuando yo era niño, un compañero de clase tiraba piedras a los nidos de golondrina. Ahora eso está prohibido porque las aves insectívoras son muy buenas para todos. En cambio, cada vez hay menos golondrinas, y hasta menos gorriones. Los agricultores usan tantos venenos, que matan todos los insectos. Así las aves tienen menos comida. Y su comida está envenenada. Una pena… pero luego la gente se queja de que hay muchos mosquitos.

El pequeño nieto movió la cabeza con un gesto de lamento ante lo que su abuelo le estaba contando.

Los siguientes días, abuelo y nieto paseaban por las dehesas cercanas al pueblo cazando saltamontes, mariposas, moscas… La pequeña golondrina tragaba con dificultad y a veces se negaba a comer, pero con paciencia, al final acababa comiendo. Pablito seguía con esmero las recomendaciones de su abuelo, troceando algunos insectos con cara de asco y calentando agua para pasar la noche. Por fortuna, la pequeña golondrina fue creciendo dentro de la caja situada en el alféizar de la ventana del primer piso.

Cada día, cuando salía del colegio, Pablito empezaba su caza de insectos para la golondrina Ismael. Al llegar a la casa, miraba al nido desde la calle. A veces, veía al pequeño Ismael asomarse tímidamente. Y entonces, su cara se iluminaba con una sonrisa.

Fueron unas cuantas semanas muy intensas hasta que un día, al volver del colegio se lió la sábana en el cuerpo, abrió el nido y su sorpresa fue terrible. Ismael no estaba. ¿Qué habrá sido de él?, se preguntó Pablito con los ojos temblorosos ya humedecidos. La respuesta la encontró cuando miró por la ventana. Ismael estaba posado en el tendedero. Hizo un rápido vuelo hasta el final de la calle, se elevó y luego cayó en picado para posarse otra vez en el mismo sitio. Pablito estaba tan emocionado que, sin pensarlo, se quitó la sábana y gritó:

—¡Ismael! ¡Es alucinante cómo has aprendido a volar!

Su sonrisa iluminaba su cara hasta que, de repente, esta se apagó. Se puso triste, miró a Ismael y rogó:

—Ismael, tienes que volar muy alto y mandarle un beso a mi hermanito que está en el cielo. ¿Lo harás?

Ismael pareció entenderle pues pió fuerte y se elevó en el cielo hasta desaparecer. Pablito se quedó mirando hacia las nubes. Lo perdió de vista pero siguió mirando hasta que, de reojo, vio a Ismael volver por su derecha con una polilla en su pico. El pequeño, boquiabierto, exclamó:

—¡Eres alucinante!

Cuando se lo contó a su abuelo, se puso muy contento y le felicitó por haberlo conseguido. Después, el abuelo le contó que mucha gente destruye los nidos de golondrinas, de vencejos y de aviones porque dicen que ensucian y puntualizó:

—Destruir un nido es no apreciar la belleza de estas aves, ni su utilidad, ni saber el funcionamiento de la naturaleza, ni su delicado equilibrio. Por eso, cada vez hay menos. Cuando se extingan, lo lamentaremos y ya será tarde.

—Abuelo, ¿qué podemos hacer para que los dejen tranquilos y para que haya más?

El abuelo no pudo evitar resoplar y con tono de resignación, intentó explicarle algo a su nieto:

—Lo primero sería evitar que tiren sus nidos. Luego, proporcionarles más sitios para anidar. Y también hacer lo que has hecho tú con Ismael. Le has salvado la vida y esa vida podrá traer otras.

El niño asintió con la cabeza. Cogió de la mano a su abuelo y tirando de ella le ordenó:

—¡Pues vamos a hacerlo!

El abuelo pensó que el niño no hablaba en serio o, si lo hacía, era por su ignorancia infantil, por desconocer las dificultades. Pero Pablito hablaba en serio y tal vez porque no conocía esas dificultades se atrevió a iniciar una pequeña revolución. Primero, buscó información por internet sobre la conservación de estas aves insectívoras, sacó muchas fotocopias y se dedicó a repartirlas por su pueblo. Puerta a puerta, solo o con su abuelo, Pablito iba explicando la importancia de estas aves y el porqué están protegidas legalmente, ellas y sus nidos.

También se informó bien de las características de los nidos para golondrinas y convenció a su padre para colocar tres nidos junto a la ventana donde había criado a la golondrina Ismael.

En el fondo, Pablito tenía la ilusión de que Ismael volviera cada año junto a su ventana. Y lo consiguió. Bueno, realmente no estaba seguro de si era o no Ismael, pero para él lo importante era que año tras año venían cada vez más golondrinas a anidar, primero en su casa, luego en su calle y, finalmente, en todo el pueblo.

Diez años más tarde, aquel pequeño Pablito estaba estudiando en la universidad, pero seguía su compromiso con la naturaleza en general y con las golondrinas en particular. Y, por supuesto, cada vez que veía una golondrina se acordaba de su golondrina Ismael y de su hermanito Ismael.

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