Pelo rebelde

Pelo largo, un peligro para las tuberíasCuando me mudé de ciudad a aquella casa del extrarradio yo estaba feliz. Había conseguido un empleo nuevo en una ciudad nueva y necesitaba sentir que empezaba de nuevo. El barrio me pareció sencillo, humilde, pero tranquilo y con todo lo que necesitaba. El edificio era viejo y sin ascensor, pero parecía adecuado para empezar. Solo tenía una vivienda por planta y mi piso era el último, el tercero, con unas bonitas vistas al barrio. El edificio tenía hasta un bar justo en la planta baja, lo cual me facilitaría ir al trabajo habiendo desayunado algo. Lo siento, pero soy incapaz de prepararme el desayuno y llegar a tiempo al trabajo. Lo tengo comprobado. ¿Será porque tardo mucho en peinarme por mi pelo rebelde?

En mi primer día de empleo llegué puntual, pero sin desayunar. Cuando bajé para desayunar me encontré una ambulancia llevándose en camilla un cuerpo totalmente tapado. La vecina del primero, la señora Clotilde, estaba allí en primera fila entre un corro de gente que se arremolinaba.

Muerte en el bajo

La señora Clotilde me pareció una cotilla sexagenaria cuando me abordó el día anterior mientras hacía la mudanza. Me contó su vida entera en los cinco minutos en los que tardé en disculparme para seguir con la mudanza. Me acuerdo que resaltó lo negro que tenía ella el pelo a pesar de su edad. La mujer quiso agradarme y me ayudó a subir algunas bolsas.

Aquella mañana, al salir del portal, la señora Clotilde me dio algunos detalles del incidente:

—Han encontrado muerto al dueño del bar. ¡Es horrible! El hombre no estaba bien de la cabeza, pero era buena persona. ¡Es horrible! Ya no podré tomar mi manzanilla sentada al sol de la tarde. Es horrible.

—Pero, ¿qué ha pasado? ¿se sabe? —pregunté con asombro mientras cerraban la ambulancia a mi espalda.

—Solo se sabe lo que ha contado el frutero, que era el único que estaba en el bar, tan puntual como siempre a la hora de abrir. Ha dicho que el pobre hombre ha salido del baño tosiendo y atragantándose, hasta que se ha caído redondo al suelo. Ha sido un infarto. Seguro. No estaba bien.

—Es horrible —dijimos a coro.

—Eso, eso… es horrible —sentenció ella para seguir con su relato—. Dice que se estaba agarrando el cuello con las manos…

Mientras decía eso hacía el gesto de estrangularse a sí misma y del susto yo di un paso hacia atrás.

—¡Vaya! —exclamé yo— No hay ningún otro bar por aquí cerca, ¿verdad?

—No. El bar más cercano está a 10 minutitos andando. Es horrible. Si quiere puede desayunar en mi casa.

—No, muchas gracias. Tengo algo de prisa.

Por la tarde, cuando volví a casa, el bar estaba cerrado y había un cartel en la puerta. Ni me molesté en leerlo. Me imaginé lo que ponía: “Cerrado por defunción… bla, bla, bla…”.

Vivir en un tercero sin ascensor tiene la ventaja de obligarte a hacer algo de ejercicio diario, tanto físico como mental para la memoria, pues se presta especial atención en no olvidar nunca nada.

Pronto me di cuenta que al pasar por el primero, el ruido de los escalones alertaba a la señora Clotilde que salía, o no, según le conviniera. Ese día le convino y salió a mi encuentro para preguntarme, como una madre, cómo había pasado el día. Yo estaba deseando llegar a casa tras un agotador día y no tenía ganas de hablar. Tampoco tenía ganas de escuchar. Pero no fue fácil deshacerme de ella.

Mientras ella hablaba yo solo pensaba en subir dos pisos más, beber agua fresquita, poner una lavadora, tenderla en la azotea, encima de mi vivienda y relajarme por fin. Mi primer día de trabajo había sido bastante cansado. En cambio ella solo hablaba y hablaba. Me contaba lo que había hecho de comer y cosas del pobre hombre del bar. Me dijo algo de que estaba medio loco y de que a ella siempre le decía que se estaba quedando calva. Por lo visto, estaba obsesionado con que a la señora Clotilde se le estaba cayendo el pelo y con que los pelos se colaban por el sumidero de la bañera y llegaban al bajo donde obstruían las cañerías. Según la señora Clotilde, él siempre estaba diciendo que tenía que luchar contra los pelos atascados, y solo la culpaba a ella. Una vez hasta llamó a la policía y a los bomberos. Al parecer, estuvieron a punto de meterlo en un manicomio. Enseñándome su larga melena morena como un anuncio de champú, ella aseguraba que su pelo estaba bien y que no se estaba quedando calva.

Muerte en mi cocina

Cuando por fin llegué a casa lo primero que hice fue beber agua de la botella del frigorífico. Al cerrar el frigorífico y darme la vuelta vi que allí, en mi cocina, me estaba esperando una pobre cucaracha muerta. Es lo que tiene vivir en un edificio viejo. El alquiler es barato pero recibes visitas indeseadas y las tuberías hacen ruido.

A la mañana siguiente, muy temprano, recibí también la visita de una pareja de policías:

—¿Conocía a la señora Clotilde del primero? —me preguntó uno de ellos sin decir ni buenos días.

—Sí, la conozco… ¿Ha dicho que si yo la conocía? —pregunté con asombro enfatizando la última palabra.

—Ha fallecido.

—¡Cómo! —exclamé sin ánimo de preguntar nada.

—Se ha caído por las escaleras.

—¿Ha oído usted algún ruido o voces?

—¿Voces? No, no… nada. Estaba durmiendo hasta que ustedes me han despertado.

—¿El vecino del primero ha oído voces y usted no ha oído nada? Interesante… ¿Le importaría pasarse por comisaría para declarar?

—¿Declarar? Si yo no he visto nada —contesté sin dudar.

—Pues eso. Declarará lo que se le pregunte. Pásese hoy a la hora que quiera o se le podrá acusar de obstrucción a la investigación policial.

Muerte en el primero

Con todo ese lío, también tuve que irme a trabajar sin desayunar en mi segundo día de trabajo. Al pasar por el segundo piso, pude conocer al vecino que vivía allí. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con pelo y barba medio canosa. Estaba apoyado en la puerta de su casa, con una bata de cuadros.

Nos saludamos y nos presentamos. Él se presentó como D. Antonio. Me pareció curioso que pusiera el “don” delante de su nombre pero yo me presenté por mi nombre sin adornos. Me contó que la señora Clotilde los había despertado a su mujer y a él. Su voz era tenue y grave. No dejaba de toser. Entonces, se metió las manos en la boca y se sacó un pelo largo y negro lentamente hasta que pareció atascarse. Tiró un poco más fuerte y salió de su boca una pelusa del tamaño de un garbanzo. Yo puse cara de asco y él se sonrojó. Arrojó la pelusa al suelo y se puso a lamentar lo ocurrido a nuestra vecina. Entre lágrimas suyas, me despedí. Tuve la sensación de que quería contarme algo, pero yo no tenía tiempo para charlar. No está bien llegar tarde al trabajo, y menos en los primeros días.

Al salir a la calle, una ambulancia estaba metiendo un cuerpo tapado. Me despedí mentalmente de ella y salí corriendo para no llegar tarde.

Durante el trabajo no dejaba de ver la imagen de la señora Clotilde del día anterior diciéndome: “¡Es horrible!”. Cuando mi jefe me preguntó qué me parecía su última idea, se me escapó decir “es horrible”. Rápidamente, le pedí perdón y le dije que lo que me parecía horrible era que no se me hubiera ocurrido a mí. Así logré salir de aquel aprieto tan absurdo.

Al salir del trabajo me tomé un bocadillo en el bar de la esquina. Estaba comiendo tan deprisa que me atraganté con un bocado. Me llevé las manos al cuello y vi mentalmente a la señora Clotilde haciendo ese gesto. Eso me recordó que tenía que ir a la comisaría. Terminé rápido de comer y me fui a declarar que yo no sabía nada. Me parecía absurdo pero no quería tener problemas en aquella ciudad. Al llegar a la comisaría, allí estaba D. Antonio, el vecino del primero, pero ya mejor arreglado y sin aquella horrible bata de cuadros. A su lado estaba su mujer, que me presentó con el nombre de María. Ambos se notaban muy afectados por lo ocurrido. Las palabras de D. Antonio me sorprendieron:

—¡Es horrible! La señora Clotilde era una santa —afirmó mientras su mujer asentía con la cabeza limpiándose las lágrimas con un pañuelo.

Me sorprendió que empezara diciendo “es horrible”, pero no le di mayor importancia. Más me sorprendió lo que escuché a continuación en boca de D. Antonio:

—Yo estaba en la cama despierto porque duermo poco. Ya verás cómo con la edad, cada vez duermes menos. El caso es que repentinamente empiezo a oír voces extrañas en el bloque. Sospeché que venían de tu piso ya que no te conocemos. No me malinterpretes. De repente reconocí la voz de la señora Clotilde. Salté de mi cama y me puse la bata para no pillar frío. Entonces salí a la escalera y bajé al primero. La señora Clotilde estaba gritando como loca, con las manos agarrándose su cuello. Fue horrible.

En ese momento, mientras D. Antonio hacía el gesto de estrangularse a sí mismo, yo notaba como mis ojos se abrían al máximo. Era extraño que el dueño del bar y la señora Clotilde hubieran muerto atragantados, haciendo el mismo gesto. ¿Tal vez murieron estrangulados por ellos mismos? ¿No había muerto el dueño del bar de un infarto? Mi mente estaba un poco confusa.

—¿Pero qué le pasaba a la señora Clotilde? —pregunté yo con urgencia.

—No lo sé. Ella gritaba pero no le salía bien la voz y dando vueltas como una loca, llegó a las escaleras y cayó rodando. Yo… no sabía si bajar o subir… pero subí a casa para llamar a emergencias. Creo que es lo primero que hay que hacer. Luego, bajé y ella no se movía. No pude ayudarla…

El pobre D. Antonio estaba conmocionado y se le escaparon unas lágrimas. En ese momento la policía los llamó a declarar, pero a cada uno le hicieron pasar por una puerta distinta. Estuvieron dentro apenas quince minutos y acto seguido me llamaron a mí. Cuando pasé a declarar, la forma de hablarme de los agentes me pareció como si me estuvieran culpando de algo. Me intimidaron y me angustiaron. Yo les conté lo que sabía. Es decir, prácticamente nada. Me miraban como si estuviera mintiendo; como si estuviera ocultando algo.

Yo les pregunté si había alguna relación con la muerte del dueño del bar, pero no fue buena idea:

—¿Qué sabe usted de eso? —me gritaron asustándome.

—La señora Clotilde me contó que el dueño del bar murió agarrándose el cuello y D. Antonio me acaba de contar ahí fuera que ella salió de su casa también así.

Yo les hice el gesto de estrangularme y ambos policías me miraron sorprendidos y me preguntaron:

—¿Sabe si alguno de ellos sufría tricotilomanía o tricofagia?

—Perdone. No sé lo que es eso. Yo no los conocía pues acabo de llegar al edificio —contesté con humildad.

—Márchese y no abandone la ciudad, por si queremos contactar con usted. ¿Queda claro?

Creo que me fui sin despedirme. Había sentido que no me habían tratado bien pero tampoco tenía argumentos para poner una queja formal. Por otra parte, yo quería salir de allí lo antes posible y olvidarme de todo. Pero no podía.

¿Tricotilomanía o tricofagia? ¿Qué sería eso? En cuanto pude busqué su significado. La palabra tricotilomanía viene del griego τρίχος (trijos, cabello), τίλλω (til-lo, depilar) y μανία (mania), y se refiere al vicio o hábito de arrancarse el pelo de cualquier parte del cuerpo. La tricofagia, por su parte, es el trastorno de comerse el pelo. Yo conocía el vicio de comerse las uñas (aunque ignoraba que se llamaba onicofagia). En cambio de la tricofagia no tenía ni idea que existía. Al parecer, algunas personas tienen la costumbre de comerse los pelos propios o de los demás, y se pueden acumular en el “tracto gastrointestinal” o formar bolas de pelos en el estómago produciendo indigestiones y dolores. A los gatos les ocurre, porque ellos se pasan el día lamiéndose, pero… ¿qué persona se come el pelo?

Yo sentía que estaba ante un puzzle donde las piezas no encajaban. ¿Qué relación tendrían la tricotilomania y la tricofagia con las dos muertes ocurridas en días consecutivos en mi nuevo bloque? También estaba la curiosa coincidencia de llevarse las manos al cuello, por no mencionar la casualidad de que D. Antonio y la señora Clotilde repitieran lo de “es horrible”. Había algo extraño en todo aquello, pero todo se debía sin duda a dos macabras coincidencias: un infarto al dueño del bar y una mala caída para la señora del primer piso. Lo único extraño, de hecho, era que la mujer saliera tan temprano gritando de casa. Tal vez se había atragantado con algo del desayuno. Supongo que la autopsia lo aclarará, pero eso es tema de la policía.

Me estaba durmiendo cuando entre sueños visualicé a D. Antonio sacándose una maraña de pelos inmensa de la boca. Me desperté sobresaltado y recordé que eso había pasado de verdad, aunque la pelusa de pelos no había sido tan grande como en mi sueño. ¡Era D. Antonio el que sufría tricofagia! ¿Debía decírselo a la policía? Ellos me habían preguntado si los difuntos sufrían esos trastornos, pero no me preguntaron por D. Antonio. Todo era un pequeño misterio que me desveló totalmente. No pude dormirme hasta las 2 ó las 3 de la madrugada, escuchando como música de fondo el dichoso ruido de las tuberías… o de las cucarachas.

Me despertó la sirena de una ambulancia sonando justo debajo de mi ventana. Me asomé y logré ver a dos sanitarios bajarse rápidamente y meterse en mi bloque. Recuerdo que me tapé los oídos por el ensordecedor sonido de la sirena hasta que una mente lúcida la desconectó. Era mi tercer día en aquel piso y la tercera vez que venía una ambulancia.

De repente escuché unos gritos desgarradores de mujer. Corrí hacia la puerta, bajé las escaleras y allí estaba mi vecina del segundo, María, llorando amargamente. Al verme se agarró a mí y casi me tira de espaldas. Yo me quedé con los brazos abiertos mientras ella seguía gimiendo. Poco a poco mis brazos se cerraron y le dí un abrazo acariciando su espalda en señal de consuelo, sin conocer el porqué.

Muerte en el segundo

Cuando se me permitió articular palabra, pregunté:

—¿Qué ha pasado?

Entre sollozos entendí que ambos estaban dormidos cuando su marido, D. Antonio, se había despertado tosiendo y tosiendo. Era una tos áspera y espesa, de fumador empedernido. María no dejaba de repetir que su marido no tosía nunca. En cambio, el día anterior yo, en persona, le había visto toser, justo antes del episodio de la pelusa. María siguió contando que su marido se sentó en la cama y vomitó una maraña de pelos inmensa (tal vez como en mi sueño). Por lo visto, un pelo unía su boca con la maraña. A continuación, al menos eso entendí yo, la maraña volvió a su boca y entre temblores se ahogó.

María pidió a los sanitarios que esperaran a que hiciera la maleta porque ella no pensaba volver a aquel piso nunca más y no quería quedarse sola. Los de la ambulancia me dijeron que habían certificado la muerte de D. Antonio. Sobre la causa de la misma no quisieron decirme nada, salvo que habría que esperar a la autopsia.

Yo subí a mi piso corriendo por las escaleras pues quería irme al trabajo antes de que llegara la policía y buscara argumentos para implicarme. Todo aquello me estaba sacando de quicio y tenía los nervios a flor de piel. Me vestí rápido y me fui al trabajo sin peinarme bien y sin desayunar, lo cual ya se estaba convirtiendo en una costumbre.

Al bajar por las escaleras la casa de María estaba abierta y los policías estaban hablando con ella. Aprovechando que ellos estaban de espaldas, yo pasé por la puerta despacio, sin hacer ruido, y luego seguí bajando más deprisa. El trabajo me esperaba y no quería volver a ver a aquellos policías.

Estaba trabajando en mi despacho con la puerta entreabierta cuando me pareció ver por la rendija a… ¿lo adivináis? Eran la pareja de policías. Les escuché preguntar por mí. Yo me agobié mucho. El corazón se me salía por el pecho. Me senté bien en mi silla, me peiné como pude y, mientras me peinaba, uno de los policías abrió la puerta de mi despacho y pegó dos golpes en la puerta:

—¿Se puede?

—Sí… claro… adelante —dije titubeando y pensando que no debía regalarles indicios de nerviosismo.

Un pelo se había quedado enredado en mi mano. Mientras lo tiraba al suelo con disimulo, noté que los policías se miraban con un gesto de complicidad. A continuación, con un tono que sonaba a sarcasmo me preguntó:

—¿Se ha enterado de lo que ha pasado esta mañana en su bloque?

—No mucho… —contesté intentando dar un tono de seguridad.

—¿No mucho? Usted siempre parece que no sabe mucho de nada.

—No sé a qué se refiere. Esta mañana me ha despertado la ambulancia, luego he oído los gritos de mi vecina y cuando he bajado ya estaban los de la ambulancia allí. Yo ni siquiera he visto el cadáver de D. Antonio.

—¿Cómo sabe que ha muerto?

—Bueno… me lo ha dicho su mujer y los de la ambulancia.

—Ha hablado entonces con todo el mundo, pero cuando hemos llegado nosotros, usted ya no estaba en casa y…

—¡Tenía prisa por llegar al trabajo! —exclamé interrumpiéndole.

—¿Le importa que le tome una muestra de pelo? —preguntó el otro policía sacando de su bolsillo unas pinzas y una bolsita de plástico.

—¿Es para el ADN? —pregunté yo.

—No, nada de ADN es mera rutina.

—Bueno… vale… ¿me dolerá?

El policía se acercó y con las pinzas me arrancó un cabello. Me dolió, pero soporté el dolor sin gritar. Se acercó a la ventana y observó el pelo detenidamente. Puso cara de desilusión, lo metió en la bolsita y le dijo al compañero:

—Es más claro.

¿Es más claro? ¿Se refería a mi pelo? ¿Más claro que qué? No entendía bien a qué se referían. Estuvieron allí como media hora mareándome con preguntas absurdas.

Cuando se fueron, mi jefe me preguntó si yo tenía algún vínculo con los asesinatos en mi bloque. Yo no pude evitarlo y solté toda la tensión acumulada sobre mi jefe, elevando la voz más de lo recomendable ante tu jefe en un empleo nuevo:

—¿Asesinatos? ¿Qué asesinatos? Han sido tres fatídicos accidentes: un infarto al del bar, una caída en la mujer del primero y un atragantamiento para el hombre del segundo. Sufría tricofagia, ¿lo sabe?

Mi jefe se quedó mirando impertérrito y mientras me enseñaba la portada de un periódico, aseguró con tranquilidad:

—La policía habla de tres asesinatos. ¿No lees los periódicos?

—¿Asesinatos? A ver…

Le quité el periódico de las manos y él tenía razón. Al parecer la causa de las tres muertes había sido por asfixia, atragantados “posiblemente por bolas de pelo” según explicaba el periódico. El mismo artículo hablaba del misterioso “asesino del pelo”.

Como Gary Cooper en Solo ante el peligro

La película El exorcista es, posiblemente, la mejor película de terror.Ya había anochecido cuando llegué al portal de mi casa. No sabía si entrar. La luz de la farola me iluminaba y recordé el cartel de la película El Exorcista. También se me vino a la mente la niña de la película diciendo: “¿Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija?”. Sentí un sudor frío y cómo se erizaba el vello de mis brazos.

La calle estaba desierta y yo miraba al edificio con recelo. Me sentía como Gary Cooper en Solo ante el peligro.

Os juro que pensé irme a una pensión pero apenas tenía dinero. Me había gastado mucho en la mudanza, en acondicionar un poco el piso y en los dos meses de fianza más la mensualidad del mes actual. Además, aún no había cobrado mi primer sueldo. No podía irme a vivir a una pensión. Además, ¿cuánto tiempo iba a vivir en una pensión? ¿Hasta que pillaran al “asesino del pelo”?

Era absurdo tener miedo, ¿no? Yo era joven y ágil. Tenía que comportarme con madurez, quitándome de encima miedos por películas de ficción.

Me acerqué al portal y vi el cartel en la puerta del bar cerrado. Al entrar en el edificio un escalofrío me recorrió el cuerpo. Subí los escalones escuchando sus chirridos, que parecían alaridos del inframundo. Al llegar al primero, tuve la sensación de que la señora Clotilde iba a salir gritando con sus manos agarrándose la garganta. Pero no ocurrió, por supuesto. Al llegar al segundo, recordé a D. Antonio, el suceso de la pelusa y la visión de mi sueño. Si a mí me causó una conmoción, su mujer tenía que estar aún peor. No me extraña que se fuera de allí.

Me pareció escuchar ruidos en la vivienda del segundo piso. ¿Tal vez era María recogiendo algo? ¿A estas horas? No lo creo. Serán las viejas tuberías. En ese momento, la luz de la escalera se apagó. A tientas, en la oscuridad, intentaba encontrar el interruptor rastreando la pared, pero no encontraba dónde estaba. Consideré seguir subiendo a oscuras, cuando de repente noto que algo me toca el zapato. En la soledad de la escalera (y de todo el edificio) se me escapa un grito y empiezo a temblar. Tenía frío. Seguí buscando el interruptor hasta que decidí desistir y me fui al lado contrario, buscando la barandilla. Al encontrarla seguí avanzando hasta que tropecé con algo blando, como una fregona. El tropezón me hizo apoyarme en la pared y uno de mis dedos tocó lo que podría ser el interruptor. Rápidamente, encendí la luz, miré al suelo y allí, justo donde había tropezado, no había nada. De reojo, conseguí ver algo parecido a una maraña de pelos que se metía dentro del piso de D. Antonio por debajo de la puerta.

¿Pelos vivientes? ¿Estaría yo perdiendo la cabeza? Seguramente sería una cucaracha. Yo era consciente de que había cucarachas cuando me fui a vivir allí. Ahora no podía quejarme por encontrar una en la escalera. Ya con luz, subí rápido a mi casa, como si sintiera que alguien me perseguía escaleras arriba. ¿Nunca habéis sentido eso subiendo escaleras?

Busqué la llave con nerviosismo y no daba con ella a la primera, pues aún no conocía las llaves por sus muescas. Yo siempre conozco mis llaves por su forma, color, dientes, marcas… Cuando conseguí abrir la puerta, me metí en mi piso y cerré la puerta con llave. Allí encontré algo de seguridad, pero sin duda, tenía que buscarme un piso nuevo. Este mes ya lo tenía pagado y tenía que amortizarlo. ¿Me devolverá el dueño del piso los dos meses de fianza avisando con tan poca antelación de que dejaba el piso?

Muerte en mi baño

Había sido un día demasiado cansado y no me apetecía cenar. Decidí acostarme pronto. Me quité los zapatos y los dejé tirados por ahí. Fui al baño y encendí la luz. Normalmente no enciendo la luz para hacer pis, pero en aquella ocasión algo dentro de mí me instó a hacerlo. Y menos mal que lo hice, pues estuve a punto de pisar una cucaracha muerta. La recogí con el recogedor y vi que la cucaracha tenía en su cuello, entre la cabeza y el protórax, un gran pelo atado, enmarañado. Parecía como si hubiera sido ahorcada o asfixiada.

Volqué el recogedor en el váter y justo cuando iba a tirar de la cisterna vi en el lavabo otro pelo negro. Tiré de él y, obviamente, por el tamaño y el color no era un pelo mío. Al tirar salió un pequeño ovillo de pelo que me recordó el de D. Antonio. Con un gesto rápido intenté tirarlo al váter, con la cucaracha, pero se me enganchó en la mano. Tras varias sacudidas, lo único que conseguí fue que el pelo se quedara más pegado en mi mano y que el pequeño ovillo quedara balanceándose bajo mi dedo. Con cuidado y ayudándome de la otra mano conseguí que cayera al inodoro, con la cucaracha. Al vaciar la cisterna, la cucaracha se fue, pero el pelo y el ovillo quedaron pegados en la pared del inodoro. Se movían sinuosamente mientras terminaba de caer toda el agua del depósito.

Mientras esperaba a que la cisterna se llenara otra vez, os juro que me pareció ver que el pelo escalaba lentamente hacia arriba, resbalándose ligeramente. El pequeño ovillo consiguió meterse en el reborde interior de la taza, como si quisiera esconderse. Entonces, tiré de nuevo de la cisterna. El pelo y el ovillo dieron varias vueltas en el agua hasta que fueron engullidos por el inodoro.

Me costó dormirme y varias veces me levanté a beber agua. También estuve un rato en el sofá. Escuchaba ruidos en las tuberías, pero al final caí de agotamiento.

Muy temprano, sonó mi despertador. Aún no había amanecido del todo, pero quería, por un día, que me diera tiempo a desayunar bien, ducharme, peinarme y asearme con tranquilidad. Las prisas de estos últimos días me estaban matando. Al sonar el despertador me dio la sensación de que la cama se movió. Al irme a levantar vi como si algo se escondiera debajo de la cama. Por supuesto, sería otra cucaracha. Aquello era demasiado. Pediría un adelanto a mi jefe y aquella misma tarde buscaría otro piso, para mudarme lo antes posible.

Me tumbe boca abajo en la cama y saqué la cabeza por el borde. Cuando me asomé por debajo de la cama me pareció ver una cucaracha enorme que doblaba la puerta y se iba al cuarto de baño. Pegué un brinco, me puse mis zapatillas y fui a por la escoba y el recogedor. Entonces, con cuidado, entré en el servicio empuñando la escoba como si fuera una espada. Para mi sorpresa, allí no había nada. ¿Donde se habría metido la madre de todas las cucarachas? ¿Se habría ido bajo la cama aprovechando el lapsus mientras yo iba a por el cepillo? La busqué por toda la casa, pero no conseguí encontrarla.

Como la noche anterior no había cenado, mi estómago estaba rugiendo. Me preparé un buen desayuno: tostadas y té verde, mi preferido. Bebiendo de mi taza, noté como si se me derramara té por la comisura de mis labios. No era té. Era un pelo que por poco me lo trago mezclado con el té. Lo saqué de mi boca y comprobé que no era un pelo mío. Recordé el suceso de D. Antonio en la escalera el día antes de su fallecimiento. ¿Sufriría D. Antonio de tricofagia? ¿O tal vez muchos pelos habían acabado en su garganta accidentalmente, igual que uno casi acaba en la mía? Me repugnó el pensar que un pelo de quién sabe quién había estado en mi boca. Mirando el pelo en mi mano, rememoré a la señora Clotilde presumiendo de su larga cabellera morena. Aquel era un pelo de similar color y longitud. Yo diría que era un pelo de ella pero… ¿cómo había llegado hasta mi boca tras morir ella y dos pisos por encima de su antigua vivienda?

Me apresuré a tirar el pelo al váter y a tirar el té por el fregadero. Mientras el té se colaba por el sumidero, observé que había algo dentro que se movía. Parecían también pelos. Tal vez eran cucarachas, pero abrí el agua caliente y la dejé cayendo un rato. En ese momento, caí en la cuenta de que no había tirado de la cisterna al tirar el pelo. Fui a tirar pero, para mi sorpresa, el pelo ya no estaba en la taza. Mi cara de sorpresa e intriga tuvo que ser muy evidente. Imaginé que se trataba solo de un pelo que habría resbalado hasta el agua. No fui capaz de verlo, pero tampoco me iba a tirar toda la mañana buscando un pelo en el inodoro.

Terminé mis tostada y barrí un poco la cocina. Salieron demasiadas pelusas y demasiados pelos negros. Obviamente no eran de mi tono de pelo. Mi pelo era más claro. Precisamente eso era lo que había dicho el policía el día anterior. Podría asegurar que se refería a eso. Estaba temblando y un sudor frío me recorrió la frente. Tuve la urgencia de salir del piso corriendo, pero aún estaba en pijama y necesitaba ducharme. Me sentía con sudor de los nervios y con el polvo tras haber barrido.

Me desvestí rápidamente, tiré el pijama en la cama y me metí en la ducha para ducharme a la máxima velocidad posible. El agua salió fría mojando mis manos y pies. Tirité. El sumidero estaba viejo, oxidado y yo diría que un poco atascado. Tal vez de pelo. El pelo no es fácilmente biodegradable y genera problemas en las tuberías y en las depuradoras. De hecho, me pareció ver algo de pelo bajo la rejilla del sumidero, pero no le di mayor importancia a pesar del extraño olor que de allí se desprendía.

El agua, aún fría, me hizo dar varios tiritones más, pero rápido empezó a salir ligeramente templada, no muy caliente. Tal vez había gastado antes demasiada agua caliente en el fregadero. Me enjaboné todo el cuerpo, terminando por la cara. Al enjuagarme noté cómo la espuma del jabón resbalaba por mi pierna. Era una sensación extraña, pues no recordaba haber sentido la espuma caer así por mis piernas anteriormente. Me aclaré la cabeza y la cara para poder abrir los ojos. Fue entonces cuando pude mirar hacia mis pies y mi sorpresa fue descomunal.

Pelo en la bañera: atasco seguro.Una maraña de pelos había salido del sumidero y me subía por la pierna, como si estuviera viva, yo di un paso atrás dentro de la ducha. Intenté quitarme los pelos de mi pierna con una mano, pero estaban muy enredados. Lo intenté con las dos manos y me fue imposible. El olor era asqueroso, a podredumbre. Intenté salirme de la bañera, pero el otro pie también se me enredó en ese momento por lo que caí al suelo descolgando la cortina de ducha. Mi cabeza dio contra la pared, y la sangre sobre la cortina me recordó la película Psicosis.

Arrastrándome salí del baño, como si tuviera los pies atados. Gotas de sangre de mi cabeza caían sobre el suelo. Cuando me volví, me di cuenta que no solo tenía los pies atados con pelo, sino que había una larga cabellera que llegaba hasta la bañera. Aquello era una pesadilla. No podía creer lo que me estaba pasando. Me senté en el suelo y vi claramente que la cabellera se movía y que estaba subiendo por mis piernas. La sensación era de total desconcierto. Intenté llegar a la cocina pero la cabellera me tiraba hacia atrás cada vez que avanzaba un poco. Con mis manos tiré fuerte de la cuerda de pelos que me ataba los pies y pude así avanzar un poco. Cuando lo intenté por segunda vez, mi mano izquierda quedó también liada con pelos húmedos y grasientos. En un acto reflejo, la otra mano fue a socorrer a su hermana, pero yo la paré para evitar que se enredara también. Tenía que llegar a la cocina y coger unas tijeras o un cuchillo.

La maraña de pelos empezó a tirar fuerte de mi y a arrastrarme hacia el servicio, pero sobre todo iba avanzando por mi cuerpo. Ya me cubría las dos piernas y todo el brazo izquierdo, cuando me dí cuenta que me había dejado la botella de agua en el suelo, junto al sofá. Por fortuna yo siempre uso botellas de cristal. Tenia que llegar a ella. Con un rápido giro del cuerpo rodé hasta la botella con la mala suerte de que se cayó y rodó un poco más lejos, fuera del alcance de mi única mano libre.

Di una serie de espasmos y mi mano, por azar cogió la escoba que había caído. Empecé a pegar palos a aquella maraña de pelos. Pero no sirvió para nada. Un pequeño mechón de pelo empezó a ascender libremente por mi vientre, por mi pecho y alcanzó mi cuello. Pensé que era mi final, que moriría por asfixia, pero el pelo no se enroscó en mi cuello, sino que avanzó hasta mi boca y empezó a meterse dentro de mí. Estuve a punto de sacármelo con la mano pero pensé que tal vez era mejor mantener una mano libre y cerrar la boca con fuerza. El hedor a putrefacción se hizo aún más intenso, ascendiendo por el interior de mi nariz. Notaba el pelo moverse en mi boca mientras yo mordía con todas mis fuerzas. Fue entonces cuando se me ocurrió acercar la botella con el palo de la escoba.

Cuando conseguí agarrar la botella del cuello, golpeé el suelo con ella y blandí mi arma como si la victoria fuera ya mía. Me incorporé y empecé a cortar la maroma de pelos que me arrastraba por el suelo. Fui clavando y moviendo la botella rota tan rápido como era capaz. Al cortarlos, notaba que iban perdiendo fuerza. Por fin, conseguí cortarlos casi todos y vi como el barullo de pelos se refugiaba en el servicio. Los que rodeaban mi cuerpo estaban como más flojos, pero se movían más. Intenté cortar la maraña que subía por mi cuello y se metía en mi boca. Me estaba asfixiando, pero cada vez respiraba peor. Solo podía respirar ligeramente por la nariz.

Con la botella rota conseguí cortar totalmente la conexión de la cuerda de mi boca con el resto que me revestía casi todo el cuerpo. Había sangre. Con mi mano derecha cogí la maraña que salía de mi boca y con la izquierda, a pesar de estar bastante inmovilizada, también tiré con todas mis fuerzas. Conseguí sacar de mi boca esa cuerda y, enmarañada con ella, una gran bola de pelo. La arrojé lejos y vi como la bola de sebo y pelo se metía en el servicio, como huyendo de mí.

Tomé una gran bocanada de aire y seguí pegando cortes a los pelos, aunque algunos movimientos acababan arañando o cortando mi propia piel. Poco a poco, los pelos iban perdiendo fuerza y algunos se iban desprendiendo del resto y huían como pequeños gusanos. Por fin, me quedé libre y alcancé a ponerme de pie.

Con un extraño aturdimiento y mareo, tal vez por la sangre perdida, me quedé en el suelo. Sentí el suelo vibrar. El desconcierto me inundaba. Estaba en estado de shock. Presentí que la maraña podía volver, así que, cogí una camiseta y unos pantalones y me los puse a la velocidad del rayo. Me asomé al servicio y había una inmensa maraña que cubría la habitación casi totalmente, hasta la altura del lavabo. Se estaba revolviendo como una montaña de serpientes.

Salí corriendo escaleras abajo y notaba como los escalones sonaban y vibraban a mi paso. Al llegar al segundo, La puerta del difunto D. Antonio estaba curvada hacia afuera, como si dentro estuvieran empujando con fuerza. Por la cerradura y por debajo de la puerta se movían pequeños tirabuzones de pelo. Pasé con cuidado y al llegar al primero la situación de la puerta era aún peor. La puerta estaba más curvada aún y por los laterales estaba saliendo mucho pelo, que ya cubría el techo de esa planta y ascendía hacia arriba por el hueco de la escalera. Bajé una planta más y el pelo cubría todo el suelo. Pegando saltos salí a la calle como si hubiera un terremoto. Cruce la acera y desde enfrente vi como el edificio estaba vibrando.

La calle estaba vacía y yo me fui alejando sin dejar de mirar al edificio. No había recorrido ni cien metros cuando el edificio colapsó.

La policía no encontró nada que me incriminara. El informe técnico apuntaba claramente a la edad del edificio y a la debilidad de sus cimientos. El informe hablaba de una gran cantidad de pelo acumulado por algún vecino en las tuberías y en muchas habitaciones. La hipótesis culpó a alguno de los tres fallecidos, sin especificar más.

Yo no tenía fuerzas para explicar lo sucedido. Hasta hoy no he podido reunir las fuerzas necesarias para recordar aquel extraño episodio de mi vida. Aquello marcó muchas cosas en mi vida. Ahora no soporto el pelo largo, de nadie. Y también he aprendido que hay cosas que no debemos tirar nunca al váter. Los pelos y las cosas que no sean fácilmente biodegradables, jamás se tiran por ningún desagüe.  Ahí se incluyen el aceite usado, todo tipo de plásticos y las toallitas húmedas, aunque esas es mejor ni comprarlas. ¿Os queda claro?

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