He perdido a mi hijo, tiene siete años

¿Qué pasa cuando una madre pierde a su hijo en el metro?Como madre soltera mi vida es un poco estresante. Soy una de esas mujeres que algunos llaman super-woman, pero yo me considero más bien una super-viviente. Todos los días son demasiado estresantes, para hacer frente a tantas cosas: mi hijo, el trabajo, la casa, la hipoteca, las facturas, las facturas, las facturas…

Mi hijo y mi estrés

El centro de mi vida es mi hijo, pero la principal preocupación de mi vida es cómo conseguir pagar la hipoteca para que no nos desahucien. El banco ya me ha avisado varias veces, pero si dejo de pagar la electricidad o el agua será mucho peor. Tampoco puedo borrar a mi hijo de judo, con lo que le gusta, o de clases de refuerzo escolar, con lo que las necesita. Además, 20 euros no me resolverían apenas nada. Prefiero comprar alimentos más baratos, aunque tal vez estamos comiendo mal y podríamos enfermar a largo plazo. Decidir qué hacer con mis pequeños ingresos es lo que obsesiona mi mente y lo que no me deja descansar por las noches.

Trabajo como auxiliar administrativa en una empresa. Eso es lo que pone en mi contrato, pero en realidad hago de todo, desde limpiar baños hasta hacer de mensajera llevando paquetes por toda la ciudad. No hago horas extras como el resto de mis compañeros, porque saben que me rijo por los horarios de mi hijo. A cambio, mi contrato es solo de 6 meses y cuando se me acaba, suelen tardar 2 ó 3 meses en renovarme, por lo que tengo que ir ahorrando para esos meses de sequía.

“Tengo que alquilar esa habitación que me sobra”. Esa frase retumba en mi cabeza cada cinco minutos. Pero tengo miedo. Meter a un extraño en mi casa me asusta. Si no tuviera a mi hijo, no me lo pensaría más. ¿Cómo se lo tomará él? Seguro que surgen conflictos de convivencia y no quiero meter problemas en mi casa. Lo mejor será borrar al niño del judo. Otra carta del banco… como si no supiera bien lo que les debo.

El despertador suena cada día

Cuando abro los ojos, se acaba la paz en mi mente. Me levanto de un brinco y voy directa a darle un beso a mi angelito. “Cariño, hay que levantarse”. Luego, me arreglo, me visto, preparo el desayuno y vuelvo para terminar de despertarlo, vestirlo y llevarlo a la cocina en brazos, bailando para que termine de despertarse. Aborrezco que me metan prisas comiendo y más aún tener que ser yo la que meta prisa, pero no hay alternativa. “¡Venga cariño! Termina la tostada, que nos vamos”. Todas las mañanas igual.

Debería despertarlo 10 minutos antes, pero quiero que duerma más. Debería acostarlo 20 minutos antes, pero lo mejor del día es cuando llega la noche y ambos nos sentamos en el sofá, juntos a leer o jugar. No vemos la televisión, porque no tenemos. Pagar el teléfono mío con Internet es el único gasto en telecomunicaciones que me puedo permitir. Ni siquiera tengo wifi en casa, pero en algunas habitaciones llega el wifi de un vecino, que nos ha dejado su clave. La gente es encantadora.

Pero volvamos al desayuno. La mitad de los días, mi niño se lleva media tostada que se la come por el camino, manchándose las manos, la cara, la ropa… y ahí tengo que ir yo pendiente para intentar evitarlo o resolver el entuerto. Él va con su tostada en una mano y con su madre tirando de la otra, andando deprisa con sus cortas piernecitas. Nos metemos en la escalera del metro y ahí siempre lo cojo en brazos, aunque me duela la espalda. Cuido mucho de no mancharme. Ya me ha pasado antes. Al llegar abajo lo suelto en el suelo y resoplo. No se me olvida nunca resoplar y mirar bien si me he manchado. Luego, le cojo la mano, respiro hondo y otra vez a correr entre la muchedumbre. Todos corren siempre más que nosotros y no tienen reparos en empujar o darte un codazo para apartarte. Con suerte, escuchas un “lo siento” entre dientes y sin mirarte a la cara.

En medio del pasillo del metro está el músico de siempre con su guitarra roída y sus pies sucios y descalzos. Yo creo que es un inmigrante marroquí, por sus facciones y su piel oscura. Lo he visto dormir allí muchas veces. También he visto cómo se lo llevaba la policía, pero luego vuelve. El pasillo del metro es su hogar y lo mantiene limpio, pues he visto que recogía las botellas que otros habían tirado al suelo.

Al llegar a la altura del músico, mi hijo siempre pesa más. Intenta pararse a mirar cómo toca, pero yo le pego un tirón del brazo para que no se pare. La mirada del músico me asusta. Yo intento hacer como que no lo veo. Ni siquiera toca bien. “¡Vamos!”, es lo que siempre repito y repito.

Al llegar a la estación, respiro por fin. En cuanto llega el metro, todos a empujarse para entrar. Yo aprieto bien fuerte la mano de mi hijo y lo llevo a una barra para que se agarre. Ahí tengo unos quince minutos para mirarme en el reflejo de las ventanas y ver si me he despeinado mucho.

Cuando llega nuestra parada, otra vez a correr, pero ahora las escaleras son para arriba y subir con el peso de mi hijo es una tarea sobrehumana. Casi siempre tengo que hacer un descanso a la mitad.

Cuando llego a su cole, lo normal es que estén cerrando la puerta. Algunos días la puerta ya está cerrada, por lo que pierdo más tiempo aún llamando para que me abran. Luego, tengo que coger un autobús para llegar a mi trabajo. Del estrés en el trabajo os hablo otro día.

Cuando salgo del trabajo, sigo corriendo. Coger el bus para recoger al niño, comer cualquier cosa que haya yo preparado o un bocadillo y luego llevarlo al judo, o a la academia, según el día que sea. Mientras él está en clase yo suelo aprovechar para llevar algunos paquetes que no me haya dado tiempo por la mañana y que deba entregarlos por la zona. Me organizo para apartar esas entregas para hacerlas por la tarde.

La vuelta a casa es más tranquila, a pesar de las infinitas ganas de llegar y quitarme los zapatos. Me compré unos zapatos incómodos. Sabía que eran incómodos pero en la tienda no me importó. Ahora no los soporto, pero no tengo otros y tengo que apurarlos hasta que se rompan y no se puedan arreglar.

El metro de vuelta va más vacío, sin apreturas y hasta solemos ir sentados. Él me cuenta algo del cole y yo le entretengo con cualquier cuento o aventura que me invento. Me encanta cuando apoya su cabecita sobre mi brazo. Es un cielo… un cielo cansado. Cuando llega nuestra parada, nos bajamos y vamos cantando o haciendo pedorretas con la boca. Luego veo al músico del pasillo y me entra miedo, así que acelero el paso y tiro de su manita. Al llegar a la altura del músico, de nuevo noto que su manita tira para atrás, pero yo no me paro y repito: “¡Vamos!”.

Luego llega la escalera y ya le dejo que suba andando. Yo soy incapaz de cogerlo en brazos a estas horas del día. Cuando llegamos arriba, los dos resoplamos y yo le pregunto: “¿Quieres ir al parque?”. Siempre dice que sí aunque esté muy cansado. Allí juega con otros niños o conmigo y se lo pasa bien. Es muy bueno y nunca se pelea.

Cuando llegamos a casa, cenamos lo de siempre: macarrones con tomate y manzana o naranja. Y tras cenar y recoger la mesa llega lo mejor del día para mí. Por fin puedo relajarme físicamente junto a mi niño. La mente sigue pensando en la factura que acaba de llegar, en cómo pagarla o en si alquilar o no esa habitación que la uso como cuarto de plancha y de juguetes.

Ocurrió un día

Aquel día era miércoles. Un día normal. Todo pasó como os lo he descrito antes, como siempre, hasta que salté al metro y las puertas se cerraron. Entonces noté mi mano vacía. Miré hacia abajo para coger la mano a mi hijo pero él no estaba allí. Miré alrededor entre la gente y no pude verlo. Entonces lo llamé primero suave: “¡Daniel!” y luego gritando “¡¡Danieeel!!”.

—¿Han visto a un niño pequeño? Tiene que estar por aquí…

—¡Tranquilícese señora! —me dice el hombre de al lado, como si decirme eso fuera un buen argumento para tranquilizarme.

—He perdido a mi hijo, tiene siete años. ¡Tiene que haber un niño pequeño por ahí! —grito sin medir mi volumen.

Nadie parece inmutarse, hasta que rompo a llorar y me tiro al suelo para mirar entre las piernas de la gente. Por fin, alguien se mueve:

—¡A ver! ¿Alguien ve un niño pequeño por ahí? —oigo que pregunta alguien.

—No. No hay niños por aquí. —escucho mientras busco desesperada.

—¡Por aquí tampoco! —exclama alguien desde el fondo.

Yo me arrastro a cuatro patas entre la gente y parece que nadie me entiende:

—¡Señora por favor… que me tira al suelo! —me dice un hombre con corbata.

—¡Dani! ¡Dani! —yo sigo gritando sin mirar a la cara al de la corbata.

Voy avanzando a cuatro patas buscando a mi hijo en un bosque tupido de piernas y paraguas. De repente, casi choco con una cara de un hombre también a cuatro patas y gritando también el nombre de mi hijo. Cuando se da cuenta de que me ha gritado en mi cara, levanta las cejas de sorpresa y me susurra mientras nos levantamos:

—No parece que haya ningún niño en el vagón… ¿se habrá ido a otro vagón?

Yo dudo en si se deben llamar vagones o coches, pero dejo pasar ese detalle y contesto con contundencia y rapidez:

—No. Seguro que no… él no lo haría. Entre tanta gente debió de quedarse en la parada anterior… ¡Vaya madre!

—Tranquilícese, ¿quiere que llame a la policía? —me pregunta con voz pausada mientras se sacude sus rodillas con ambas manos.

El tren empieza a frenar y casi nos chocamos.

—Gracias, es Vd. muy amable. Tengo que volver a la otra estación y, si no está, llamaré yo a la policía. Gracias.

—¿Quiere que la acompañe? —me pregunta el hombre, con una sonrisa, mientras yo me alejo empujando a la gente buscando ponerme junto a la puerta.

—No, gracias, es Vd. muy amable —le repito gritando mientras me salto al andén a toda prisa—, pero no es necesario.

Metro saliendo de un túnelLo primero es quitarme los zapatos para correr mejor. Lo segundo subir las escaleras a toda velocidad. Al llegar arriba miro las indicaciones y con los nervios no veo la indicación correcta. Hay varios pasillos. Doy dos vueltas, me llevo las manos a la cabeza y, por fin me oriento. Vuelvo a correr y a bajar las escaleras corriendo. El andén está vacío. Los de la vía de enfrente parecen mirarme con curiosidad. “¿Tardará mucho el metro?”, me pregunto sin parar. “¡Venga! ¡venga! ¡venga!”, repito de tres en tres como si eso fuera a acelerar la llegada del metro. Me tapo los ojos con las manos y noto la humedad de mis lágrimas. Al bajar las manos veo la luz del metro por el túnel. Se me hace eterno ver cómo el tren se aproxima cada vez más sin llegar a salir del túnel.

Todo parece a cámara lenta mientras yo corro en dirección contraria. Por fin el tren sale del túnel pero no parece que avance. Me dan ganas de empujarle, cuando pasa por delante de mí sin detenerse aún. Veo pasar el convoy mientras siento que ese metro no va a parar. Pasando cerca de mi cara. Siento el aire que mueve al pasar y lo noto demasiado deprisa. Repentinamente, el metro se ralentiza y se detiene. Corro hacia una puerta y le doy al botón de apertura. La puerta no se abre. Vuelvo a pulsar, una, dos, tres, cuatro veces, hasta que oigo un ruido en la puerta. La puerta también me parece que se mueve de forma retardada. Sin prisa, con lentitud extrema, la puerta se abre y yo me cuelo dentro en cuanto quepo por la ranura.

Solo hay una persona que me mira como si viera un fantasma. Noto que mira mis zapatos en mis manos y luego mis pies descalzos. Entonces me doy cuenta de que llevo unos de los calcetines con agujeros de los que tengo. Aunque tienen agujeros en el talón y en un dedo, yo me los pongo al revés: el agujero del talón queda en el empeine. Yo ando cómoda y aprovecho mejor los calcetines, que es lo importante. Yo pienso que ahorro dinero a mi bolsillo y contaminación al planeta.

La puerta del metro no se cierra. Yo miro al hombre como queriéndole preguntar por qué no se cierra, pero el mundo sigue estando ralentizado. No lo soporto. Se me escapa un manotazo contra una barra. Me duele. Soy estúpida. No entiendo cómo puedo haber perdido a mi hijo. Pensando todo esto, por fin, la puerta empieza a cerrarse, pero sin prisa. Cuando va por la mitad, pongo la palma de mi mano en el cristal de la puerta y le empujo para que se cierre. El cristal está frío. Percibo, perfectamente, que la puerta no avanza más deprisa a pesar de mi fuerza. La puerta se cierra y el metro sigue inmóvil. No lo entiendo.

Tras unos desesperantes segundos, el tren urbano arranca lentamente, como si tuviera sobrepeso. Apoyo mi frente en la ventanilla de la puerta y observo como la luz se oscurece conforme vamos entrando en el túnel. Con la respiración entrecortada y dando pequeños golpecitos con el puño en la puerta, observo los cables pegados a la pared del túnel y sus ondulantes movimientos. Siento como si cada vez fuéramos más lentos y no lo entiendo. Me doy la vuelta y el otro pasajero sigue mirando los zapatos en mi mano. Pienso si serán demasiado feos para él y, justo en ese momento, noto un levísimo frenazo. Empezamos a ir más lento aún, pero ahora me alegro.

Cuando el tren para, le doy al botón de apertura de puertas repetidas veces, hasta que quieren abrirse. Salto al andén y grito el nombre de mi pequeño repetidas veces mientras miro de izquierda a derecha. Parece una estación abandonada, llena de papeles y de botellas. Pienso en la poca educación que tiene la gente, mientras arranco a correr por el pasillo. Me clavo en el pie un tapón que alguien tiró sin pensar en mí y sin pensar en nadie.

A lo lejos veo al músico de la guitarra sentado en el suelo, como de costumbre. Conforme me voy acercando veo que hay un niño sentado junto a él. La guitarra la sostiene el niño. Poco a poco, voy reduciendo mi carrera, al darme cuenta que aquel niño es el mío.

—Dani —susurro casi sin aliento.

—¡Hola Mamá! —exclama con naturalidad dándole la guitarra al músico y saltando sobre mi cuello como una leona sobre su presa.

—Te estaba buscando… ¡No vuelvas a perderte!

—Lo siento mamá, no volveré a hacerlo, pero es que saliste corriendo y la puerta del metro se cerró.

Noto más lágrimas en mis mejillas. No puedes enfadarte con quien te dice que lo siente de corazón. Atención niños del mundo. Cuando vuestros papás os vayan a regañar, decid “lo siento” con un fuerte abrazo. Es magia. Nota: también funciona con los adultos (casi siempre). En todo caso, yo me sentía más culpable que él.

Alegría es encontrar lo que has perdido

Cuando Dani me soltó el cuello, me erguí y miré los pies descalzos del músico. Él también miró mis pies descalzos y mis calcetines con agujeros.

—Rachid me estaba enseñando a tocar la guitarra —me dijo Dani con sus ojos llenos de emoción.

—Gracias por cuidarlo —dije con la voz entrecortada mientras me limpiaba los pómulos—. Yo… es que… nos separamos entre la gente y… bueno… soy un poco desastre, ¿sabes?

—Fue un placer. Dani es un niño muy bueno —afirmó el músico con acento posiblemente árabe.

—No sé cómo agradecérselo.

—No es necesario.

—¿Quiere cenar con nosotros esta noche?

—No es necesario —repitió.

—En serio, insisto. ¿Le gustan los macarrones con tomate? Siempre cenamos eso.

—No quiero molestar. Gracias.

—Nos molestaremos si no acepta nuestra invitación —dije con seriedad mientras me ponía los zapatos.

—Vale, será un placer —consiguió decir tras unos balbuceos ininteligibles.

Nos despedimos y quedamos en volver a pasar por allí por la tarde, como de costumbre. Dani y yo recorrimos el pasillo tranquilamente en dirección al metro. Pensé que, tendría que pagar de nuevo por el trayecto y que hoy llegaríamos muy tarde al colegio y a mi trabajo. Saqué mi teléfono y busqué el teléfono de mi jefe para avisarle del retraso.

Alegría es saber que haces lo correcto

Por la tarde, volvíamos en el metro y yo no dejaba de apretar la mano de Dani. “Me haces daño”, me dijo. “Lo siento”, contesté. Era un acto reflejo. No quería volver a perderlo.

Pensaba en Rachid y en si había hecho bien invitándolo a cenar. No lo conocíamos de nada. Era un indigente, un extranjero, un inmigrante, posiblemente ilegal y posiblemente un delincuente. Yo ni siquiera le había dicho mi nombre. Si nos pasara algo todo el mundo diría, con razón, que a nadie se le ocurre invitarlo a cenar, a solas, sin invitar a nadie más. Desde luego que no iba a invitar a mis amigas ni a mis padres… sencillamente porque no lo entenderían. Y menos invitarles a macarrones con tomate. Al menos, el tomate lo hago yo con los tomates y las cebollas más baratas del supermercado. Y creo que está rico.

Cuando llegamos a nuestra parada y nos encaminamos por el pasillo, noté que mis piernas flaquearon. No estaba cómoda. Lo mejor sería decirle que no podía invitarlo ese día, le daría diez euros y fin de la historia. Eso era lo mejor. Al fondo del pasillo ya veía a Rachid con su guitarra, mientras ensayaba en voz baja lo que le iba a decir.

—Perdona Rachid, resulta que hoy no puedo invitarte porque mi padre ha enfermado. Lo siento pero es que… Me tienes que perdonar pero… Oye, mira es que… Tengo que decirte que…

—¿Qué dices, mamá? —preguntó mi hijo levantando la mirada con ojos de extrañeza.

Cuando llegamos a donde estaba Rachid, él no paró de tocar la guitarra mientras se levantaba. La letra decía algo de “Daniel y su mamá” pero yo no estaba escuchando. Quería acabar con aquello cuanto antes. Me puse seria y le interrumpí su canción:

—Oye mira, es que…

Pero él siguió cantando como si nada. Entonces esperé a que terminara. No tardó. Daniel se puso a aplaudir y Rachid hizo una reverencia. Me miró a los ojos y me dijo:

—Agradezco mucho su invitación, pero prefiero no ir.

Me pilló en fuera de juego. Yo podría haber dicho que lo sentía, pero que tendría que ser otro día, o cualquier cosa similar, despedirme e irme, y problema resuelto. Pero no, no sé actuar y dije lo primero que se me pasó por la cabeza, medio tartamudeando:

—Pe… pero… ¿no te gustan los macarrones? Pu… pu… puedo hacer otra cosa.

—Me encantan los macarrones, pero no puedo ir. Gracias.

—¿Por qué no? —interrogué como si me sentara mal su actitud.

—No sé. Yo… yo… no estoy presentable. No es adecuado.

—¡Insisto en que te vengas! —exclamé con voz de general.

Él abrió sus ojos negros y fui consciente de que mi tono no era el adecuado, pero no suelo llevar bien que me lleven la contraria. Entonces, moderando mi voz le dije:

—Escucha, ambos queremos agradecerte lo que hiciste.

—Yo no hice nada —dijo interrumpiéndome.

—Bueno… queremos agradecerte que no hicieras nada.

Él empezó a reírse, pero paró en seco y con voz triste afirmó:

—Estoy sucio y poco presentable.

Yo me quedé unos segundos titubeando y Dani se adelantó a lo que yo misma iba a decir:

—Te puedes duchar en casa, ¿a que sí mamá? Mi mamá siempre me obliga a ducharme después del judo.

—¡Claro! Es una idea excelente… ¿vale? —añadí yo.

—No. Creo que no es buena idea —repuso Rachid.

Al final lo convencimos. Reconozco que estaba muy asustada al principio, pero cuando fue él mismo el que se negó a aceptar nuestra invitación, entonces me quedé más tranquila y entendí que ya no podía echarme atrás. Tenía que cumplir con mi invitación.

Al llegar a casa le enseñé las habitaciones dejando el servicio para el final. Le dije que se duchara allí si quería y le pedí que tirara su ropa al pasillo para lavarla. Puso algunas objeciones, pero lo convencí diciéndole que buscaría algo de ropa que pudiera ponerse. Así lo hizo, pero lo cierto es que yo solo encontré una sudadera, mi albornoz y un pantalón de pijama un poco viejo, y rosa, que guardaba solo para los días más fríos:

—¡Te dejo la ropa en la puerta colgada! ¿Vale? —le grité pegando mi boca a la puerta del servicio.

—Gracias —escuché con el sonido amortiguado por la puerta y el agua de la ducha.

Al rato, salió él vestido con unas pintas extrañas. No lo reconocía y creo que él tampoco se reconocía a sí mismo.

—Lo siento. No he encontrado otra ropa que pueda servirte —me disculpé.

Daniel y yo estábamos esperándolo para comer, con la mesa ya puesta en la cocina. Él miró los platos, sonrió, miró alrededor de la cocina, como explorando el lugar y luego dijo:

—Un momento, por favor.

Entonces se fue al pasillo y de la funda de su guitarra sacó una ramita verde de alguna planta. Luego, la lavó en el fregadero, peló un ajo pequeñito y, tomando un cuchillo y la tabla de partir, lo troceó todo en minúsculos trocitos y a una velocidad de vértigo. Daniel y yo nos mirábamos y no sabíamos si empezar a comer o esperar. Cuando terminó de partirlo todo, paseó la tabla por encima de los platos dejando caer un polvo verdiblanco en el centro de cada plato. En su plató se echó más, pero reservó un poco en la tabla:

—Probad y si les gusta aquí hay más —dijo mirando la tabla y señalándola con el cuchillo.

—¿Qué es? —pregunté con curiosidad—. Me refiero a la planta esa.

—¡Ah! es romero. Lo cogí en el campo, no en los parques, por si le ponen insecticidas.

Rachid nos contó que trabajó de cocinero en Alhucemas (Marruecos) y que participó en unas revueltas contra el gobierno. Entonces tuvo que huir a España. Aquí pidió asilo alegando persecución por las protestas del Rif. Ahora está esperando respuesta, pero todo parece indicar que no le darán el asilo y tendrá que volver a su país, donde seguramente será encarcelado, solo por protestar.

Cuando terminamos de cenar, Rachid pidió su ropa para irse pero yo le dije que no estaba seca. Él me preguntó si podía llevarse las prendas que le había prestado y que me las devolvería mañana. Se miró con el pantalón rosa y se puso a reír, contagiándonos la risa también a nosotros dos.

—Mira Rachid —le dije poniéndome seria—, es tarde y resulta que tengo una habitación vacía, con una cama. Quiero alquilarla, pero aún no lo he hecho. Así que quédate a dormir ahí y mañana ya hablaremos.

Inicialmente no quiso, pero cuando recordó el frío de la calle y la ropa que llevaba, aceptó nuestra invitación. Yo no sabía si estaba haciendo lo correcto, pero me sentía feliz por ayudar y eso es siempre bueno.

Por si acaso, le dije a Daniel que ese día dormiríamos los dos en mi cuarto y eché el cerrojo por dentro.

—¿Por qué lo haces mamá? —preguntó el niño desde la cama.

—Rachid parece bueno, pero no lo conocemos de nada y no quiero que entre aquí mientras dormimos. Duérmete cielo.

Desayuno con diamantes

A la mañana siguiente también sonó el despertador pero hubo cambios en mi rutina. El primer cambio es que no tuve que levantarme para despertar al pequeño Dani, pues estaba junto a mí. El segundo es que al ir al servicio, estaba ocupado. El tercero es que Rachid había preparado el desayuno. Un batido extraño pero que le gustó mucho a Daniel, con unos sandwiches tostados con rebanadas de tomate natural con aceite y algo más.

Nosotros desayunamos mientras Rachid terminaba de secar su ropa con la plancha.

—¿Cómo has hecho el batido? No quedaba leche porque aún no he cobrado este mes —pregunté intrigada.

—No es leche. Yo no tomo leche. Yo lo llamo leche de arroz. Espero que no te enfades por haber usado tu arroz. Hoy compraré arroz con lo que gane.

—No. No te preocupes. Está bien. Mira a Dani: mi paella no le gusta, pero tu arroz le encanta.

—¿Por qué no bebes leche, Rachid? —preguntó Dani intrigado.

—En mi país no se come cerdo. Dicen que es un animal impuro. Cuando me enteré que en la India no comen vaca porque es un animal sagrado, entendí que el cerdo también podía ser sagrado. Es mejor que algo sea sagrado que impuro. Y si el cerdo podía ser sagrado, ¿por qué los demás animales no? Corderos, gallinas… todos son sagrados para mí y no quiero hacerles daño.

—Pero… con la leche no se hace daño a los animales, ¿no? —dije yo, con tono de intriga.

—Yo creo que para obtener leche comercial sí se maltratan a los animales —contestó él con brevedad.

—Nosotros no comemos mucha carne —añadí como si quisiera disculparme—. La carne barata es muy mala: contaminada con antibióticos y cuando la echas en la sartén se convierte en agua. ¡Tenemos que irnos!

Rachid cogió su guitarra, salimos de la casa y cerré la puerta. Por el camino, Dani me dijo que quería aprender a tocar la guitarra. Rachid le dijo que él podría enseñarle. “Ya veremos”, susurré. Al llegar al lugar donde tocaba Rachid, nos despedimos.

Pensando

Pasé todo el día pensando en Rachid. ¿Estará pasando frío? ¿Cómo habría sido su viaje a España? ¿Llegaría en patera? ¿Será verdad que es un refugiado? ¿Y si lo devuelven a Marruecos? ¿Lo meterán en la cárcel solo por protestar? No podía concentrarme, pero por fortuna ese día teníamos menos trabajo que de costumbre.

Recogí a Dani del colegio y nos fuimos a un parque a comer. En una botella había puesto un poco de la bebida de arroz que sobró del desayuno. Al verlo, el pequeño exclamó: “¡El arroz que se bebe de Rachid!”. Yo me puse pensativa y quise interrogar a mi hijo:

—Dani… he estado pensando sobre Rachid.

—¿Qué has pensado, mami?

—¿Tú quieres que te enseñe a tocar la guitarra?

—¡Sí! ¡Porfi! ¡Mami! ¡Sí quiero! —exclamó en cadena.

—Bueno, pues podría darte clases, pero no tenemos dinero para pagarle, ¿sabes? Así que… he pensado que… se puede quedar en el cuarto de los juguetes. Sería algo temporal, mientras encuentra otro sitio donde dormir, y eso sí, tienes que recoger todas tus cosas. ¿Te parece bien?

El chaval se quedó un poco perplejo. Supongo que no se lo esperaba. Solo dos días antes, yo también hubiera dicho que era imposible que yo propusiera algo así, pero la vida te va cambiando a pequeños o grandes saltos. Me había imaginado que a Dani le iba a parecer bien mi ocurrencia, pero la verdad fue que el niño lo pensó con más calma que yo. Él parecía más sensato que yo misma. Era una locura.

—Es una locura, ¿verdad? —le pregunté.

—No sé —contestó.

—Yo tampoco lo sé, pero Rachid necesita un lugar donde dormir, y nosotros tenemos una habitación libre que no me animo a alquilar. Parece buena persona. Te dará clases y cuando encuentre algo mejor, se irá. Él necesita ayuda y nosotros podemos ayudarle. Es simple, ¿no?

Dani asintió con la cabeza. Parecía un poco confundido. No era extraño. Yo también estaba nerviosa. Dani se fue a jugar a los columpios y yo me dí un rato para pensarlo tranquilamente. Saqué un ticket del supermercado y por detrás empecé a anotar las cosas a favor y en contra. Las cosas a favor eran pocas. Solo pude escribir “ayudar”. Está claro que “ayudar” es algo positivo. En la columna de cosas negativas anoté más cosas: podría ser peligroso, generaría más gastos, perderíamos una habitación, perderíamos la posibilidad de alquilar esa habitación, podría haber problemas de convivencia, dificultades para echarlo si llegábamos a querer hacerlo… y más cosas que ahora no recuerdo. El papel se quedó pequeño.

Cuando tengo que tomar una decisión difícil, me gusta hacer listas con las cosas positivas y negativas, pero al final siempre hago lo que mi intuición me dice desde el principio. Siempre coincide con la opción con más cosas negativas, porque cuando mi intuición se decanta por la opción con más cosas positivas, no hago listas. Las listas solo me sirven para comprobar que soy un ser irracional.

En el metro de vuelta a casa le dije a Dani que le propondríamos a Rachid que viviera con nosotros dos meses, y que luego ya veríamos. Le pondría de excusa que ya había alquilado la habitación para dentro de dos meses.

Al abrirse las puertas de nuestra parada, el corazón me empezó a latir más rápido. ¿Sería una buena decisión? Al final del pasillo ya se veía la figura de Rachid sentado en el suelo. Al vernos, dejó de tocar la guitarra.

—¡Hola! Les he comprado un kilo de arroz —dijo extendiendo la mano con el kilo.

Yo acerqué mis manos, cogí el kilo rozando sus dedos sin quererlo y no le di ni las gracias. Me puse frente a él y le dije.

—¿Te gustaría cocinar para nosotros esta noche? Estamos cansados de cenar macarrones.

—Pues… será un placer —dijo con un semblante que dejaba claro que no se lo esperaba.

En diez segundos, Rachid se levantó, recogió sus cosas y las tres monedas sobre la funda de la guitarra.

—¿Vamos? ¿Os gusta el arroz al curry? ¿Tienes curry y frutos secos? —preguntó él.

—Rachid, tengo que proponerte algo.

♥ ¿FIN? Si quieres una segunda parte de esta historia deja un comentario y si hay muchas peticiones, se escribirá.

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