La reflexión del frutero: ¿Abusar o Ayudar?

Manzanas del frutero filósofoCierto día un profesor fue a comprar a una frutería. Tras pedir manzanas, tomates y un melón, pagó rápidamente y se fue porque llegaba tarde al colegio. Por el camino se dio cuenta de que el frutero le había engañado. Le había puesto la peor fruta, y encima le había dado de vuelta menos dinero del que debía. El profesor estaba enfadado pero no tenía tiempo de volver para quejarse.

Al llegar a clase regañó con mucha furia a uno de los niños que hablaba con su compañero. El niño se enfadó tanto que en el recreo se peleó con varios niños y hasta llegó a pegar a uno de ellos, el cual, disgustado, se puso a romper todas las flores del jardín del colegio. El jardinero del colegio lo vio por casualidad, y le pareció algo terrible, lo sintió como un ataque a su trabajo y a su persona. Su irritación fue inmensa, hasta el punto que contactó con la dirección del colegio para que castigara duramente a este alumno.

Al llegar a su casa el jardinero seguía sintiéndose ofendido y, como su hijo estaba haciendo algo de ruido le gritó y lo castigó. Como era de esperar, su hijo no se lo tomó bien, pero lo que no era esperable es que pegara un portazo al salir de la habitación. La madre se enfureció con él porque le sentaba muy mal que se cerraran las puertas bruscamente. Gritó y gritó, y gritando no se calmó.

No pasó mucho tiempo cuando la madre volvió y le dio un abrazo a su hijo. Así, cambió suavemente su enfado por calma y alegría. Fue entonces cuando salió a jugar a la calle, donde ayudó a unos niños más pequeños cuyo balón se había quedado en lo alto de un árbol. Esos niños, siguieron jugando muy contentos y ayudaron a una mujer que estaba recogiendo unas monedas que se le habían caído. La mujer vio que un mendigo estaba tirado en el suelo y le dio todas esas monedas de limosna. El mendigo fue rápido a comprar fruta.

Al entrar en la frutería, el frutero estaba cargando con unas pesadas cajas de frutas y miró al mendigo con recelo. Pero pronto pensó que sería fácil engañarle cobrándole más dinero o dándole la peor fruta. El frutero sentía que si había conseguido engañar a un profesor, más fácil sería engañar a un mendigo. Pero el mendigo estaba eufórico con sus monedas y su cara expresaba alegría. Saludó al frutero y empezó a ayudarle a mover esas pesadas cajas.

El frutero, agradecido, no quiso cobrarle nada al mendigo, pero lo más importante es que reflexionó en que, a veces, nos portamos mal con alguien que, antes o después, puede ayudarnos. La ayuda del mendigo abrió los ojos al hombre que imaginó que las implicaciones de nuestros actos podrían llegar más allá de nuestra vista. Decidió no engañar a nadie nunca más, y meditó:

«Lo que sentimos es lo que somos. Es lo que transmitimos con nuestros actos y con nuestra mirada. Lo que sentimos, puede ser contagiado a los que nos rodean y ellos podrán contagiar a otros… ¿Acaso no es la felicidad lo mejor que podemos contagiar?».

¿Fin del Cuento? No, el cuento sigue en tu vida… y en este inspirador vídeo musical:

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