¿Qué sientes cuando te miras a un espejo prodigioso?

Un espejo muestra lo bueno y lo malo... ¿en qué te quieres fijar hoy?Margarita era profesora en un colegio de un barrio modesto, de clase trabajadora. Estaba divorciada y tenía dos hijos de cinco y siete años, a los que amaba con locura. Estaba precisamente inmersa en un proceso judicial porque el padre de los niños había pedido obtener la custodia compartida. Ella estaba convencida de que ganaría el juicio, ya que su ex marido tendría difícil demostrar que era un buen padre. Margarita ya había hablado con gente para que testificara en el juicio si era preciso.

Margarita tenía muy claro que ella era una buena madre, una buena profesional y una buena persona, comprometida con sus alumnos, con los más desfavorecidos, con su ciudad y con el planeta, pues ella no solo reciclaba sus botellas y latas, sino que también apagaba las luces y, a veces, decidía comer menos carne “por el planeta y por los animales” según ella decía a sus hijos y a sus amigas.

Una de sus debilidades era la ropa (no cualquier ropa, sino solo la de ciertas marcas de prestigio). Otra eran los muebles. Le encantaba pasearse por las tiendas de muebles y comprar pequeños detalles, principalmente de decoración o para la cocina (aunque ella apenas cocinaba). Por desgracia para ella, no podía comprar tantas cosas como hubiera deseado. Su casa ya estaba bastante llena de cuadros, muebles, objetos de decoración, libros que no leía, o macetas que se le secaban por falta de riego.

En una de sus visitas a una tienda de muebles y decoración donde ya la conocían, se quedó prendada de un espejo que le pareció realmente maravilloso. Era un espejo de cuerpo entero, con un marco de madera tallada y policromada, que le pareció una antigüedad realmente exquisita. “Arte árabe”, pensó. Cuando preguntó su antigüedad y estilo, la respuesta le sorprendió:

—Realmente… no sabemos exactamente su edad —afirmó el dependiente—, pero podemos asegurar que no es una antigüedad. Sus maderas y su estado de conservación indican que procede de mediados del siglo pasado. A nosotros nos lo vendió un marchante indio, y él nos aseguró que lo había recibido como herencia de su familia, en la India. El estilo árabe, al parecer es una imitación del artista, pero hay detalles propios del arte hindú.

—¿Arte hindú? —preguntó ella con tono de incredulidad.Siva Nataraja, el danzarín

—Sí, fíjese en esta esquina —contestó el dependiente con celeridad—. Se ve claramente una pequeña talla de Sivá Nataraja, el dios danzarín que baila para destruir el universo. Este es un dios hindú. Fíjese que tiene cuatro brazos y baila dentro de un círculo de llamas sobre un enano.

—¿Sobre un enano?

—Sí, el enano simboliza la ignorancia humana… Y hay más elementos que evocan el hinduísmo. Por ejemplo, la forma del espejo recuerda una sikhara, una forma típica de los templos del norte de la India.

—Es fantástico —musitó ella.

—Es, sin duda, una obra única, artesanal y maravillosa. Más que única, es una obra maestra. Una pieza de museo. Su precio es elevado, por supuesto, pero no es excesivo teniendo en cuenta el auténtico valor artístico de esta joya. El anterior propietario nos repitió que era necesario una semana para entender el valor real del espejo. El marco está sin duda plagado de detalles exquisitos. Observe este símbolo del yin y en yang. Es un símbolo taoísta para representar la dualidad que hay en todo. Tal vez ya lo sabía.

Margarita dio la vuelta a la etiqueta para ver el precio y sus ojos se abrieron repentinamente. El dependiente notó rápidamente el significado de esa expresión y se apresuró a aclarar:

—Ya le dije que su precio no es una ganga, pero si tiene en cuenta la obra en su conjunto, entenderá que el precio no es excesivo. El anterior dueño nos aseguró que en su país lo hubiera podido vender por el doble, pero él no quería que la obra permaneciera en su país y tenía prisa por venderla. Según nos contó, allí le atribuyen poderes mágicos por estar fabricado en Mayong, y él no quería que esas supercherías y supersticiones enmarañaran la vida de la India.

Margarita acarició el marco del espejo y sintió algo especial, un impulso irracional por el cual no pudo evitar comprarlo. Al salir de la tienda, ella sabía que se había gastado demasiado y que se había excedido. Las siguientes vacaciones con sus hijos tendrían que ser más modestas que de costumbre. Ella se justificó pensando que a cambio, les dejaría a sus hijos como herencia una obra única.

Colocó el espejo a los pies de su cama tras desplazar la cómoda y llevar una silla al salón. Lo miró y posó en pijama delante del espejo. Estaba encantada con el espejo y ansiosa por enseñárselo a sus amigas, hasta el punto que le costó conciliar el sueño. Desde su cama, miraba el espejo y veía el reflejo de la ventana mientras sus ojos iban cayendo vencidos por el cansancio.

A media noche, un ruido la despertó. Le había parecido que alguien tosía. ¿Sería alguno de sus hijos que estaba mal de la garganta? Quedó unos segundos a la escucha y se volvió a dormir. Durante los siguientes días también fue despertada por toses y susurros, de los que ella siempre culpaba a sus hijos. ¿Qué otra cosa podía ser?

Justo a la semana de comprar el espejo ocurrió algo sorprendente, tan imposible de creer que Margarita decidió no contárselo a nadie. Ella estaba poniéndose el pijama cuando el espejo le habló y le preguntó qué tal le había ido el día. Ella gritó y luego llamó a sus hijos para regañarles por haber puesto algo en el espejo. Pero allí no había nada. Ella revisó el espejo y cuando sus hijos se habían ido enfadados por la inmerecida regañina, fue ella la que decidió dirigir la palabra al espejo:

—Espejo… ¿has hablado tú?

—Sí. Te he preguntado por tu día, pero no me has contestado —dijo el espejo con voz ronca y tranquila.

—¡Un espejo que habla! ¡Cómo el de Blancanieves! —exclamó ella medio gritando.

—No soy un espejo cualquiera. Soy un espejo ayurvédico, confeccionado y bendecido en la aldea mágica de Mayong, en la orilla del Brahmaputra.

Margarita estaba tan estupefacta que estaba petrificada. Finalmente, preguntó lo primero que se le ocurrió:

—¿Qué sabes del Brahmaputra? —preguntó ella poniéndose en el papel de profesora, como si el espejo fuera uno de sus alumnos.

—Es un río sagrado en India, que da la vida a los prudentes y la muerte a los imprudentes.

—¿Cómo sabes eso?

—Solo sé lo que he oído y percibido. Eso fue pensado por un brujo de la aldea de Mayong.

—¿Lees los pensamientos? —interrogó Margarita sin salir de su asombro.

—No leo los pensamientos, sino los sentimientos, lo cual es mucho más profundo. Percibo las ondas cerebrales. Luego, interpreto todo, junto con lo que veo y escucho.

—¿Y qué lees ahora de mis sentimientos?

—Percibo que estas enfadada con uno de tus alumnos. Pero tú sabes que él no tenía razón. Era un insolente y merecía ser castigado. Debe aprender modales.

—¡Es cierto! —exclamó—. El niño quería convencerme de que yo no había mandado ese ejercicio… ¿puedes creerlo?

—No. Es increíble —contestó sucintamente el espejo.

—¡Sí! ¡Es increíble! Los niños de hoy no tienen educación.

—Además, el alumno pretendía que el resto de la clase le diera la razón.

—¿Cómo lo sabes? —indagó ella con curiosidad y asombro.

—Lo percibo. Solo sé lo que percibo a través de tus ondas cerebrales.

—Y los alumnos se olvidan de estudiar, y luego se ponen a llorar cuando reparto las notas. Hoy han llorado cinco alumnos… otros días es peor.

—Si estudiaran y atendieran en clase no se lamentarían —pronosticó el espejo—. Todo lo que preguntaste en el examen viene en el libro o lo has dicho en clase. Por tanto, no tienen motivos para quejarse.

Margarita quedó maravillada y complacida, aunque estaba también llena de dudas. Tenía que reflexionar concienzudamente qué hacer con ese prodigioso espejo, pero no quería perderlo por nada del mundo. Desvelar su existencia podría conllevar perderlo. Imaginó que sería algún sistema de inteligencia artificial, o tal vez brujería de la India. Investigó sobre la aldea de Mayong en la India y averiguó que allí hay muchos brujos y que ocurren muchos milagros en toda la región.

En los siguientes días, Margarita se miraba al espejo y comentaba con él las vivencias del día a día. El espejo siempre tenía las palabras precisas para complacerla, le daba justo la opinión que le hacía feliz, y ello le animaba a hablar con él siempre que podía. De forma inconsciente para ella, esas conversaciones subían su autoestima. Margarita estaba enganchándose a los diálogos con el espejo y estaba ansiosa por llegar a casa, encerrarse en su dormitorio y charlar:

—Esta mañana ha sido muy dura para mí —confesó ella—. He tenido que ir al juicio contra mi ex marido. Él quiere quitarme a los niños y no puedo permitirlo. Él no es un buen padre, es manipulador, desorganizado y solo quiere a los niños para hacerme daño y para sentirse él feliz. No piensa en los niños. Solo piensa en sí mismo y en atacarme. Solo quiere ahorrarse el dinero que me paga por ellos.

—No se puede entender que haya padres así —contestó comprensivo el espejo—. Hay personas que no merecen tener hijos. Usar a los hijos para intereses personales es despreciable.

—¡Exacto! —exclamó ella—. Eso mismo pienso yo.

—Luego he ido a llevar ropa usada a una ONG —continuó hablando ella—. Tengo demasiada ropa que no uso y prefiero donarla a tirarla.

—Eres una persona muy generosa —apuntó el espejo.

—Bueno… me gusta que las cosas no se tiren. Y la fabricación de ropa contamina mucho. El planeta necesita gente que lo cuide. Por eso yo reciclo todo lo que puedo. Bueno… cuando me viene bien, porque muchas veces en la calle no hay contenedores de reciclaje. Entonces, claro, tiro cosas a las papeleras.

El espejo parecía estar procesando la información, hasta que tomó la palabra para continuar la conversación:

—Reciclar es muy bueno para el medioambiente. Es algo básico en economía circular, y tienes razón también al insinuar que hay pocos contenedores de reciclaje. Las autoridades no hacen bien su trabajo respecto al reciclaje, por no mencionar las veces que los contenedores están llenos y hay que dejar las cosas en el suelo, aunque todo el mundo sabe que lo que se deja fuera del contenedor no se recicla.

—No dejo de sorprenderme la cantidad de cosas que conoces… —elogió Margarita mientras asentía con la cabeza—. No se si sabrás que por la tarde he estado con mis amigas y…

—Lo sé —interrumpió el espejo.

—¿Lo sabes? ¿Cómo puedes saberlo? —cuestionó ella sin poder salir de su asombro.

—Lo percibo en tus ondas cerebrales, ¿recuerdas?

—¡Ah! Vale… Pues habrás percibido entonces que mi amiga Sofía, la filósofa, me ha pedido dinero para su proyecto humanitario en África. Pero yo le he dicho otra vez que no puedo afrontar tantos gastos y menos ahora con lo del juicio de mi ex marido. ¡Bastante hago ya siendo socia de Amnistía Internacional! ¿no crees?

—Por supuesto. Eres una persona generosa y lo demuestras constantemente.

Margarita tomó el espejo por ambos lados para colocarlo mejor y sintió un leve pinchazo en su mano derecha:

—¡Ay! ¿Qué es esto? —masculló ella.

Se acercó y observó que había un pequeño saliente en el borde. Era como una astilla rota del marco. La cogió e intentó sacarla para poder pegarla bien con pegamento, pero no pudo. Solo podía moverla ligeramente y cada vez que la movía se oía un ruido similar al click del ratón del ordenador. ¡Click! ¡click! Lo movió varias veces pero no consiguió sacar esa pequeña astilla. Entonces, giró el espejo para mirar mejor y descubrió que detrás del espejo a la altura de la astilla había dos palabras escritas en letra minúscula y diminuta: “nice” y “free”. Se quedó contemplando la pequeña astilla moviendola… ¡click! ¡click! hasta que en voz muy baja se le escapó afirmar adivinando:

—Es un interruptor… ¿no?

—Así es —contestó el espejo dándose por aludido—. Es para elegir entre mis dos modos de funcionamiento: “nice” y “free”.

—¿Dos modos de funcionamiento? ¿Bonito y gratis? —tradujo Margarita con tono de duda.

—Es más correcto traducirlo como “amable” y “libre” —corrigió el espejo.

—Ah… pe… pero… ¿qué significa esto? —tartamudeó ella sin entender de qué se trataba.

—En modo “nice” o “amable” yo leo tus ondas cerebrales buscando lo que tú crees de ti misma y lo que tú quieres creer de ti misma. Mis palabras reflejan lo que tú quieres que reflejen y escucharás solo lo que quieres escuchar.

—¿Y el modo “free”? —preguntó rápidamente ella.

—En modo “free” o “libre” yo busco en tus ondas cerebrales quién eres realmente, no quién tú quieres ser o quién tú crees ser. Mis palabras reflejan lo que tú sientes verdaderamente, aunque no te guste, o aunque quieras esconderlo. Es un modo molesto para algunos pues en este modo probablemente escucharás cosas que no quieres escuchar, pero yo no me invento nada. Todo está en las ondas cerebrales del que me usa. Los espejos jamás mentimos. Solo reflejamos ondas.

—Y hasta ahora estabas en modo “nice”… —adivinó Margarita.

—Efectivamente.

—¿Qué modo es mejor? —curioseó ella.

—Yo no lo sé. Solo sé que cuando la gente descubre ambos modos se deshacen de mí rápidamente —lamentó el espejo con cierto tono de tristeza.

—Pero… ¿por qué?

—Yo solo soy un espejo y reflejo la realidad. Yo no me invento nada. Ningún espejo se inventa la realidad. Pero la realidad tiene muchas formas de ser evaluada. Cuando tú te miras a un espejo convencional, puedes fijarte en lo que te gusta de ti, bien sea el vestido que llevas puesto, tu color de ojos, o lo bien que te has maquillado. Pero también puedes fijarte en lo que no te gusta de ti misma: esas arrugas junto a los ojos, esos kilos que crees que te sobran, o bien, que no soportes verte sin maquillaje, por ejemplo.

—¿Con las ondas cerebrales ocurre lo mismo que con las ondas luminosas?

—Exacto —confirmó el espejo—. Yo puedo devolverte las ondas cerebrales en las que tú quieres fijarte, o puedo devolverte las ondas en las que no quieres fijarte. Ahí está la utilidad del interruptor.

—Pues lo voy a poner en modo “free” —espetó ella con tono de orgullo, mientras le daba al interruptor sonando de nuevo el ¡click!

—A mucha gente le incomoda ese modo y prefiere el otro, aunque siempre, cuando descubren los dos modos, se dan cuenta de que no les gusta ninguno de ellos. En el modo “nice” piensan que solo quiero agradar y no les gusta; en el modo “free” les incomoda que yo desvele todo lo que quieren ocultar en su corazón y les gusta menos aún.

—Pues ya está en modo “free”… ¿Qué tienes que decirme?

—Para ello tienes que pensar en algún tema —explicó el espejo.

—Por ejemplo… del juicio contra mi ex marido… ¿Qué me dices?

—No voy a desvelarte nada que tú no sepas. Otra cosa es que no quieras escucharlo o que lo tengas muy dentro de tu corazón. Tus ondas cerebrales revelan que tú piensas que el padre de tus hijos es un buen padre, que ellos lo adoran, que hace una buena tarea educativa, y que a tus hijos les vendría bien pasar más tiempo con él. Si consiguiera la custodia compartida como él pide, entonces no recibirías las dos pensiones de alimentos. Eso te obligaría a vivir gastando menos. Tú sabes que tus hijos no gastan ni siquiera todo lo que te paga su padre y a eso tienes que añadir tu parte como madre, parte que tú ahora usas para tus gastos. Los cálculos exactos los hiciste ya y los tienes guardados, pero no se los has querido enseñar a él, ni al juez. Ahora estás pensando en las personas que has buscado para que testifiquen contra el padre. Eran amigas tuyas del colegio y han testificado que él no va nunca al colegio a hablar con los profesores, pero tú sabes que él no va al colegio porque se lo pediste expresamente, porque tú trabajas en ese colegio y ves razonable que seas tú la que hable con los profesores de tus hijos. Eres consciente que deberías comunicarle a él lo que sea importante. En cambio, nunca le dices nada, ni siquiera cuando él te pregunta. Le escondes información y luego dices que es un mal padre porque no se interesa.

—¡No voy a tolerar que me digas semejantes sandeces!

—Yo no me he inventado nada. Es lo que dicen tus ondas cerebrales. Sea verdad o mentira, es eso lo que tú realmente sientes. Por tanto, no te enfades conmigo si crees que tú no estás actuando correctamente.

Margarita se sentó en el borde de la cama y miró hacia el suelo. Suspiró y, tras una breve pausa, preguntó en voz baja:

—¿Y qué me dices de mí como profesora?

—Tú reconoces que podrías ser mejor profesora. Te gusta quitar importancia a algunos detalles de cada tema, para luego preguntarlos en el examen y pillar a los alumnos por sorpresa. Si algo es importante, debes resaltarlo, para que ellos sepan que es importante, incluso avisarles que puede caer en el examen con bastante probabilidad. Es lo que hacen los buenos profesores, como tú sabes.

—¿Algo más? —preguntó ella con bastante abatimiento.

—Piensa algo y podré continuar… ¡Uhm! Siento que estás pensando en el alumno al que castigaste por insolente. Era un insolente, pero tenía razón. El día anterior se te olvidó mandar el ejercicio, por lo que casi nadie lo había hecho. Cuando el alumno te lo recriminó con malos modales, en vez de darle la razón y corregir sus modales, hiciste solo lo segundo y lo castigaste duramente.

—Es cierto… soy un fraude de profesora… —susurró temblorosa.

—No es cierto. Cuando quieres hacer las cosas bien eres excelente. Solo has de ser un poco más honesta con tus alumnos.

—También soy un fraude de persona… hasta de ecologista.

—Tú sabes que no reciclas bien, que tiras botellas a las papeleras por no llevarlas al contenedor amarillo y que gastas demasiados envases de plástico y de metal. También estás al tanto de que reciclar no es lo más ecológico, porque lo más ecológico es dejar de comprar cosas en envases de usar y tirar. Y eres consciente de que hay muchas cosas que deberías hacer para ser mejor ecologista, y que no haces. Yo no sé lo que es la Cadena Verde, pero seguro que tú sí, pues acabas de pensar en eso.

El atún en lata es el símbolo de una sociedad insostenible: Lee esto para saber porqué—Lo sé, es cierto —reconoció Margarita—. Me gusta el yogur y el agua mineral… y sólo se venden en envases de usar y tirar. ¿Qué puedo hacer?

Margarita refunfuñó un poco y estalló con determinación:

—¡Está bien! Prometo que no tomaré más yogur salvo que lo haga yo en casa, y que me acostumbraré a beber agua del grifo. Y se acabaron también todos los alimentos en lata, pues son muy contaminantes, especialmente el atún… ¡con lo que me gusta!

Pasaron unos segundos en silencio y ella continuó confesándose:

—¿Y de la ropa que dono? ¿Qué me dices? No soy muy generosa… ¿verdad?

—Tú regalas la ropa pero no con generosidad por varios motivos. Primero porque esperas reconocimiento y agradecimiento. Esperas que tus amigas y el resto de la gente reconozcan tu acto como un acto de generosidad. La persona generosa no espera nada a cambio. Además, tú das la ropa porque te estorba, porque ya no la quieres y porque así puedes comprarte más. No lo haces por reducir daños ambientales sino que, de hecho, comprando ropa nueva generas serios problemas ambientales y sociales como tú estás pensando.

—Ya… lo sé. Mi amiga Sofía se compra ropa de segunda mano… la próxima vez que me lo diga, iré con ella. Ella sí que es generosa… yo me hice socia de Amnistía Internacional solo para que viera que yo no era una persona egoísta.

—Y cuando recibes la revista de socios no la lees, porque en realidad, las injusticias del mundo no están entre tus prioridades —machacó el espejo sin comprender el daño que hacían sus palabras en Margarita.

—Es verdad… tengo que reconocerlo… Soy una hipócrita, una traidora, una falsa…

—No exageres. Ahora estás criticándote duramente para conseguir unas buenas palabras por mi parte. Pero yo ahora no estoy en modo “nice”, sino en modo “free”, así que reflejo lo que hay, y no solo lo “amable” o lo “desagradable”. Eres una persona encantadora, pero tienes muchas cosas que cambiar si quieres ser feliz.Es muy importante ser coherente en la vida entre lo que sientes, lo que piensas y lo que haces

—¡Claro que quiero ser feliz! ¡Qué tendrá eso que ver! —vociferó bastante indignada.

Ser coherente contigo misma a veces cuesta, pero es la única forma de ser feliz. Tienes que razonar lo que sientes y ver si es coherente con lo que piensas. Finalmente, debes actuar coherentemente conforme a lo que piensas y sientes.

—Yo no sé hacer eso —reconoció ella con humildad.

—¡Claro que sabes! —exclamó el espejo haciendo vibrar el marco—. Todo el mundo sabe ser coherente consigo mismo. De hecho, es más fácil ser coherente que incoherente. Lo que ocurre es que a veces tenemos intereses, más o menos ocultos, que nos lo impiden.

—¿Qué intereses?

—Pueden ser intereses económicos, como los que tú tienes cuando pides la custodia completa de tus hijos, o intereses políticos como por ejemplo cuando… —el espejo hizo una pausa para esperar que ella pensara algo y captar sus ondas cerebrales—… ¡exacto! como cuando te opones a que vengan inmigrantes a tu ciudad. Tú sabes que hay gente pasándolo muy mal. Piensas que están en su derecho de buscar un futuro mejor, sientes lástima y crees que debes ayudarles pero, en cambio actúas en su contra (opinando contra ellos o votando a los partidos que se oponen a ellos). ¿Por qué? Porque te sientes amenazada y piensas que siendo incoherente te sentirás protegida y feliz. Y puede que te sientas más protegida, pero siendo incoherente no serás jamás feliz.

—Ser incoherente es muy fácil y muy cómodo

Ser incoherente es tan fácil como ser coherente. Puede que pierdas dinero o seguridad, pero ganarás felicidad. Tú eliges.

Hubo unos segundos de silencio y Margarita sentenció:

—Elijo hacer lo correcto y ser feliz: llamaré al padre de mis hijos para decirle que acepto la custodia compartida. Me compraré menos ropa y ahorraré dinero que puedo donar para el proyecto humanitario de Sofía en África, y me haré socia de Ecologistas en Acción, para aprender a ser mejor ecologista.

—Estas aumentando tu coherencia muy rápido. No todo el mundo reconoce sus incoherencias.

—A partir de ahora atenderé más a mis sentimientos y menos a mis intereses. Jamás pensé que me saldría tan caro un espejo, pero… ¡eres genial! —exclamó carcajeando.

—Gracias, es la primera vez que me dicen algo agradable estando en modo “free”.

 

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